Zona chilanga | Entre mujeres

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¿Seremos nuestras peores enemigas o nos hemos desgastado por querer ser las súper mujeres que nos hemos exigido ser?

Fui a la escuela de mi hijo a quejarme de la cantidad de tareas que le dejan y lo único que recibí fue un: —Señora, usted sobre proteger a su hijo. La maestra me aventó una sarta de razones por las que los niños deben de mantenerse ocupados y dominar las nuevas tecnologías. —Maestra, resulta que por las interminables tareas ahora pasé a ser la chacha y chofer de mi hijo; creo que nos estamos desconociendo. La institutriz parecía no escuchar mi lamento.

Trataba de explicarle que mi hijo llegaba agotado y malhumorado. Pero lo peor fue lo que dijo mi hijo: —La maestra nos dijo que tenemos mamás muy metiches. En ese automático momento nació un mutuo sentimiento entre la maestra y yo. Ya entradas en alegatos me dijo: —Señora, ¿sabe cuál es su problema?, que se siente culpable por trabajar tanto y no compartir tiempo con su hijo. Estos padres de ahora quieren que sus vástagos estén sonrientes y educados para presumir que son unos padres ejemplares, sin siquiera dedicarles un poco de su tiempo.

Créeme que no sabía si llorar, golpearla, gritarle o ignorar todo, olvidar el incidente y darle crédito a la maestra, quien además me había propinado que gracias a que ella sí supo educar a sus hijos ahora éstos eran unos exitosos profesionistas y hombres de bien. Mi amiga estaba tan alterada que lo único que pude decirle fue: “feliz Día de las Madres”.

Ella confundió mi todo. Hubo dos segundos de silencio y me dijo: “No mam$%#^^”. Sólo eso me faltaba”. Qué tenía de malo, si es lo propio, desear buenas cosas para este día. Pasa que mi amiga no la tiene fácil y justo ese no fue su mejor día; lo menos que ella esperaba era un poco de solidaridad de otra fémina.

La actitud de la maestra sólo me hizo pensar en frases escuchadas: “¿Pero quién se cree?, si tiene ese puesto por coscolina”. “Por algo está sola, ¿no crees?”. “No le importa su familia, trabaja todo el día como desquiciada”. “No se da cuenta lo mal que le queda ese vestido”. “Es una ridícula, cómo que anda con ese chamaco”. “Pobre de su marido, tan buen tipo”. “Si yo tuviera una suegra como la de ella”…

Recordé la gran angustia de mi amiga lamentándose por ser la peor de las madres, la más mediocre de las profesionistas y la más indiferente de las esposas. ¿Seremos nuestras peores enemigas o nos hemos desgastado por querer ser las súper mujeres que nos hemos exigido ser?, habría que leer Tsunami (Sexto Piso, 2018) y ver las nuevas miradas que ahora tienen las de nuestro género. “Recuperar la vulnerabilidad y hacer a un lado la pedagogía de la crueldad”, es uno de los ecos que suenan en Tsunami.

Me dejé de buenos deseos y le sugerí a mi amiga esa lectura; en particular la de …, apenas lo leas hablamos, le dije. Sentada espero, sé que pronto me llamará, quizá más confundida, quizá sólo más serenada. La verdad estoy en ascuas, pues quiero verla después de Tsunami; auguro que algo cambiará en ella.

 

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