Crónica | Convierten en “show” inauguración de puente vehicular

Crónica | Convierten en “show” inauguración de puente vehicular

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La lona dispuesta a modo de telón se rompió y Quirino Ordaz Coppel salió disparado buscando las cámaras. Quería una foto, una toma de video. Polvo de colores y papelitos al viento. Daba inicio el show.

El escenario que le habían montado para que figurara le esperaba. Era todo para él. Para nadie más.

El gobernador fue internándose en el ambiente mientras su séquito le rodeaba, le seguía aplaudiéndole, palmeándole la espalda, los hombros. Saludos y sonrisas, que les viera el ‘gober’, que supiera que ahí andaban, que habían ido a apoyar.

Estaba a la altura del Parque Temático, el elefante blanco de Malova. A un kilómetro aproximadamente se elevaba el puente del bulevar Rolando Arjona, la obra que junto a la remodelación de toda esa vialidad costó 300 millones de pesos.

Selfie.

Según cálculos del gobierno de Sinaloa sobre la vialidad se congregaron más de 10 mil personas. Quirino y los demás fueron abriéndose paso, topando con “grupos musicales, bandas sinaloenses y bailables folclóricos”.

La pasarela y marcha prosperaba. ¡Sinaloa puro! Pura reverencia.

Pompa y estridencia. Polvitos de colores. Camisetas de runners con la leyenda oficial del gobierno estatal. Espuma. Una selfie. Quirino avanzaba y chocaba la mano, saludaba, sonreía.

Selfie y sonrisa, pulgar arriba o puño en lo alto. Quirino en el hábitat que le gusta al político. En el aparador que disfruta el hombre público. Otra selfie.

Se dijo que fue “una verdadera fiesta”. Una fiesta sin baile. Porque los bailes pasaron de moda en Sinaloa desde que el señor de Cubiri de La Loma abandonó el Tercer Piso de palacio de gobierno.

Selfie, una más.

Gala y crema para una obra que según el gobernador mejorará la movilidad urbana de este sector de la ciudad. “Una moderna vialidad propia de las grandes metrópolis”. Más espuma desde el camellón. Así el nuevo estilo de inaugurar obras.

Hasta que el contingente llegó a la mitad del puente. Vino la cuenta regresiva y un tímido Jesús Estrada Ferreiro no se atrevía a gritar los números. Papelitos plateados al aire. Polvitos de colores.

Quirino sonreía. Otra selfie. Ya había que desmontar la carpa.


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