Zona chilanga | Alegría distante

Zona chilanga | Alegría distante

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En plena fiebre futbolera, Pablo tomó el metrobús. Aunque no iba repleto, ya no alcanzó asiento y quedó parado en medio del gran vagón.

El chofer retomó la marcha y él se percató de un grupo de jóvenes que portaban camisetas y banderas tricolores. Recordó que ese día había jugado México, por la algarabía seguro había ganado. Justo unos instantes de silencio y luego ¡eeeeeeeee, puto, puto!!, gritaron los de la porra. Otro grupo de pasajeros se unió a la celebración y correspondió con un puto más fuerte. Su ánimo andaba por los suelos y contrario a lo que pensó al salir de su departamento, los gritos no le molestaron.

Se recargó en el respaldo de un asiento y empezó a observar las caras de los muchachos, ¿cuántos años tendrán? Gritaban y se carcajeaba. Seguro decían algún chiste machista que él no alcanzaba a escuchar. Los pasajeros simpatizaron con los estudiantes. Todos parecían contagiarse y en cuestión de minutos nadie era ajeno a la celebración.

Los automovilistas que avanzaban paralelos al metrobús correspondían la algarabía con el claxon de sus autos. Lo tocaban continuamente en señal del triunfo de la Selección. Otros más lo hacían con ruidosas cornetas. La euforia empezó a ser mayor y algunos de los viajeros sacaron sus banderas por las ventanillas. La ondeaban mientras el transporte se detenía. En la calle, las personas se paraban y con una sonrisa se unían a la fiesta. Los pasajeros lanzaron un segundo grito: ¡vámonos al Ángel, vámonos al Ángel! Al escucharlos, Pablo, no tuvo duda, México era el triunfador. ¿Triunfador?

Por un momento se retrajo y se vio aislado de todos los presentes. Se sintió ajeno en ese gran vagón rojo que transportaba juventud y alegría. Su mente voló unos instantes y partió a kilómetros de ahí. Sus oídos dejaron de escuchar y las caras de los pasajeros eran sólo gestos sin sonido. Le aturdió tal regocijo y en su pecho sintió un hueco muy vacío. Nubló su pensamiento y no quiso recordar. Cerró los ojos, tragó saliva y se repuso. Poco a poco sus acompañantes retomaban sentido.

Su postura se mostró más indulgente. Recuperó por completo su semblante, pero el hueco no se marchó. Sin mucho esfuerzo su rostro correspondió la sonrisa de un joven que lo miraba. Debe tener 25 años, pensó; un poco menos que Joel. Cuántas veces le había prohibido a su hijo ser parte de esas celebraciones. Cuántas veces en la mesa le había corregido sus modales. No digas malas palabras. Córtate ese pelo. Apaga la luz. Duérmete. Ya es tarde. ¿Tatuajes? Cómo que no vas a estudiar. Quieres ser un vago. Cállate. No me dejas escuchar… Todo lo pensaba sin apartar la vista del joven que también lo veía.

Que no se cortara el pelo. Que estudiara lo que quisiera. Que fuera a todas las fiestas. Que hablara sin parar. Que se tatuara. Que durmiera con la luz encendida. Que celebrara todos los triunfos de sus equipos. Que fuera el dirigente de la porra. Que bailara, cantara, se fuera al Ángel y gritara puto mil veces, pero que pudiera acariciarlo una vez más. Todo eso habría sido posible si hubiera aparecido vivo.

Esa mañana en el interior del metrobús, la vida la rodeo. En cada risa repleta de existencia él estaba presente. No podía ser de otra manera, él estaba ahí en cada rostro sin arrugas, lleno de sueños… No reparó en las continuas paradas, hasta que una nueva porra lo despejó y sin quererlo también fue a dar al Ángel. Vio descender a todos; él lo hizo hasta el final. Él que era padre soltero, ahora era un padre sin hijo.

Comentarios: majuliahl@gmail.com

 


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