La quimera de Victorino Epitacio | “Me vine en busca de un mejor trabajo”

La quimera de Victorino Epitacio | “Me vine en busca de un mejor trabajo”

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Victorino Epitacio quiere dejar esa joda del campo para que el llegar a viejo no le pille viendo a sus hijos como él, hundidos en el surco, cortando tomate, cortando chile, cortando pepino.

Vino el día en que Victorino Epitacio quiso irse al extranjero. Vino el día en que dejar México le iluminó la mente y la esperanza.

Vino el día en que la idea de tener un trabajo digno, algo mejor para su familia, se materializó en una fila de desempleados. La ilusión cuadró todo en su cabeza, le hizo imaginar cosas. La mente es así.

Y se metió entre la fila, entre esos que al igual que él andaban en busca de empleo. Quimera o no, tomó su lugar y se vio formado entre los demás, hombres y mujeres, jóvenes y viejos.

Callado y tímido fue viendo pasar los turnos, acercándose a las mesas donde habría de responder preguntas, decir su nombre, entregar papeles. Donde habría de saber si había alguna oportunidad, algo.

Enrollaba sus papeles en una carpeta herida: su acta de nacimiento, la copia de la credencial electoral y todo eso que piden a los que buscan trabajo.

Victorino Epitacio tiene 32 años, cuatro hijos, una esposa, una casa humilde en Villa Juárez, Navolato, pero no tiene trabajo.

Catorce de esos 32 años se la ha pasado en los campos agrícolas. Lo dicen sus manos, lo dice su piel indígena de la Huasteca Potosina.

A los 18 salió de Huichihuayán, que en náhuatl significa “Lugar de viejos y tambores”. Y desde entonces ha vivido en Sinaloa.

“He trabajado en los campos. Hago nieve de diferentes sabores. He trabajado en el corte de tomate, corte de chile, de todo. Me vine en busca de un mejor trabajo”.

Victorino Epitacio todavía se acuerda de Huichihuayán, el pueblo donde nació. Catorce años lejos de su tierra son muchos, son más que los mil 279 kilómetros de distancia que marca Google entre Culiacán y Huichihuayán, allá a un costado de la Reserva de la Biósfera Sierra Gorda.

La historia que Victorino Epitacio cuenta se mide por la crueldad y la ternura. Su vida diaria se centra en la obligación básica de cómo mantener a los suyos. No hay mucho más en su horizonte.

A veces hace nieve de sabores.

“Miré a un amigo que hacía nieve cuando yo tenía ocho años. Y empecé a practicarlo solo. Ahora de grande me vino a mi pensamiento y me puse a hacerlo”, dice.

A veces confecciona piñatas. Pero casi siempre es el campo.

Y quiere dejar esa joda de cortar tomate.

De cortar chile.

De cortar pepino.

De sol a sol.

Quiere dejar esa joda para que el llegar a viejo no le pille viendo a sus hijos como él, hundidos en el surco, cortando tomate, cortando chile, cortando pepino.

Y ese día que quiso irse de México salió a las seis de la mañana de su casa. Un amigo lo invitó a buscar empleo en la obra, en la construcción.

Subieron al camión de pasajeros. Él con su carpeta y sus papales. Pero nada. No encontraron nada. Que volvieran el lunes, les dijeron. Y a ver qué…

Se fue a la central, solo. Entonces vio a la gente haciendo fila. Preguntó de qué se trataba y se encarriló. Le dijeron que había oportunidad de  trabajar en el extranjero.

“Vine a buscar trabajo en la construcción y ya de pasada vi esto y se me presentó la oportunidad. Ahorita no estoy trabajando, estoy desempleado. Por eso vine a buscar trabajo. El sueldo está por los suelos, estamos ganando 100, 50 pesos diarios; está muy por los suelos y no nos alcanza”.

Un trabajo mejor, algo que cambie el rumbo actual de la vida en familia.

Victorino Epitacio acepta seguir contando su historia.

“Sí, que publicaran mi historia para que se dé cuenta la gente de la situación que estamos viviendo”.

Dice que estudió hasta segundo de Telesecundaria, que le encanta leer historia, formación cívica. Lee periódicos, noticias, información sobre las leyes, los artículos, cuáles son sus derechos.

“Todo eso les he inculcado a mis hijos. No tuve la oportunidad (de estudiar) por falta de apoyo. Se me bajó la autoestima. Me gustaría estudiar, por qué no. No tengo libros, me gustaría tener libros de leyes, de la constitución. Yo lo hago por mis hijos. Tengo un niño que está practicando la guitarra; le he dicho que puede dar conferencias, que puede ser algo importante en la vida, que tenga un título de profesión”.

Victorino Epitacio.

El nombre se parece al de Jacinto Cenobio.

Victorino Epitacio.

Su historia se parece a la del Indio Jesús, el del cuento de Alfonso Reyes.

Hace piñatas, hace nieves de sabores.

Victorino Epitacio no tiene celular. ¿Dónde le avisarán si es que aprueba para el trabajo que ofrecen en la Feria Estatal del Empleo? Él se quiere ir a Estados Unidos. O Canadá. Pero no tiene celular donde le informen que aprobó.

Y así Victorino Epitacio pone atención a un asesor de la Feria Estatal del Empleo. Tiene humor de escuchar, de saber. Tiene esperanza ahora que tanto se usa esa palabra. Esperanza. Un trabajo mejor, otra cosa, salir de donde está.

Lo que sí es que a Victorino Epitacio no se le ven ganas de sentarse en la banqueta de la vida a verla pasar.


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