Zona chilanga | Del lado de los sueños

Zona chilanga | Del lado de los sueños

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“Es mi fiesta y pongo la música que quiero”; pasada en tragos, mi amiga llegó al exabrupto —era la festejada y estábamos en su casa—, así que escuchamos sus mismas historias y canciones de siempre. Al poco rato algunos nos hartamos y abandonamos el lugar sin hacernos notar.

Vivido el incidente —de territorialidad—, recordé la cantaleta del que quiere construir el muro en su país para alejarnos por siempre —¿pensará edificar el castillo de la pureza y enloquecerse más?— Mi amiga y el tipo del muro están en su territorio y pueden hacer lo que les venga en gana, la cosa es si nos paralizarmos en el umbral fronterizo a esperar sus veredictos.

A la mañana siguiente, mientras el tipo del muro vociferaba de nuevo su grotesco discurso, un hombre humilde solicitaba los servicios de un escribano en un mostrador. Preguntó el costo de una carta. —¿Ya la trae redactada?, preguntó el joven. —¿Cómo?, respondió el acongojado señor. El joven le aclaró: —Usted debe traer su escrito y nosotros sólo lo transcribimos. Las dudas crecieron y el señor decidió abandonar el mostrador.

Se alejaba sin enviar sus razones, y alguien, en otro lugar, estaría a la espera de sus novedades. Treinta y cinco pesos por transcribirle una cartita, era el precio que le habían dado. Vi la vestimenta del solicitante y claro que segurísimo con eso mejor pagaría cinco tacos de canasta, un café y un boleto de metro.

Ante lo absurdo, cada quien atiende lo que quiere. Esa mañana de julio, decidí salir a la calle y observar qué tanto le importó al resto de los mortales el repetido discurso de un presidente tan grotesco y lejano. Los hechos están y cada quien hace la lectura que quiere: tomar distancia de la rebuscada actualidad política, desaparecer de las redes sociales, cancelar el plan-plus-ultra del smartphone, leer a Kafka, asegurarse los tacos del día o sentarse a pintar mariposas. El mundo no se detiene por lo que decidas hacer, pero sí puedes cambiar tú mundo según dónde decidas estar.

En una época de agresiones mediáticas tan hirientes, ya chole agobiarse por trending topic; ¿deveras así estamos midiendo eso que ha costado tanto? Si tenemos que vivir el día a día —en paralelo con todo lo que sucede en el mundo— no vale la pena gesticular agrado sólo para seguir en el espectáculo de degradación en el que ya estamos más que zambutidos. Así que ante el caos que grita para ser contemplado: zafo, zafo.

Esa mañana, aturdida por la vociferación, preferí hacer el mínimo de provecho. Acompañé al señor que tanto tenía que decirle a los suyos. Nos sentamos en una banqueta y procedí a escribirle su carta —acababan de robarle su teléfono y no tenía para cuando comprar otro—. Palabras más palabras menos: “Más que nada, quiero que sepas que estoy bien. No podré ir pronto, como les había prometido, el intento se pone más riesgoso y ayer me quitaron el trabajo. No sé cuánto más pararé en México, pero estaré con ustedes apenas pueda”. Llenamos dos hojas de algunas de sus peripecias; cosas que quería decirle a sus hijos y esposa que ya están en Estado Unidos. Hacía días que no me sentía tan útil; esa mañana fue posible, gracias a don Eduardo. Miré sus ojos y escuché su historia. En definitiva, tal como se lee en el muro fronterizo: “De este lado también tenemos sueños”

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