Zona chilanga | ¿Malverde chilango?

Zona chilanga | ¿Malverde chilango?

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“Aquí no hay Guacamaya, pero sí tienen a Malverde”, me dijo un sinaloense refiriéndose a la salsa y al santo patrono. Se quejaba de haber visitado un restaurant de mariscos en la ciudad de México donde no conocían la famosa salsa. “No saben comer mariscos”, les había dicho. Los meseros, aunque ignoraron el desplante, temieron que se tratara de uno de los que recurrían a Malverde; ellos ya habían escuchado algunas historias y esos personajes tenían mala fama. Visité el citado restaurante, no tanto para verificar el desconocimiento de la salsa sino más bien para indagar más sobre la devoción a Malverde.

“Aquí vienen muchas personas de todo tipo, pero el día de las misas es cuando los seguidores de ‘El jefe de jefes’ llenan la calle. Uno de los clientes me dijo que nada se compara con los agradecidos que lo visitan en la capilla de Culiacán. Dice que le llevan hasta música de banda y le dejan dólares y otro tipo de obsequios para agradecerle al santo su ayuda. No sé cómo sea en su tierra, pero aquí lo pusieron en la banqueta en una vitrina de cristal y al poco tiempo lo acompañaron de la santa muerte; esa calaca que visten de blanco y que ha ganado muchos devotos. Les hacen misa los 13 y 17 de cada mes y siempre tienen veladoras y flores. ¿Es cierto que este es el santo de los narcos?”, remató el hombre de la fonda, una vez entrados en confianza.

La pregunta me dejó cavilando. ¿Quiénes visitan a Malverde y qué hay de todas las leyendas que circulan en torno suyo? Además de escuchar las versiones de dominio popular, de haber visto la película “El jinete de la divina providencia” de Óscar Blancarte y leer La maldición de Malverde de Leónidas Alfaro, recordé mi visita —en diciembre— a la famosa capilla en Culiacán. Ese día, el ambiente que predominó fue el de pobreza y la desolación. No fui testigo de caravanas musicales ni de la presencia de hombres armados ni enjoyados. En su lugar vi un grupo de jornaleros que llevaban a sus hijos a una posada organizada por los cuidadores de la capilla.

Ropas humildes, huaraches de plástico, cabellos empolvados y disparejos, rostros con manchas blancas —claro signo de malnutrición—, una actitud de timidez —propia de quien se siente relegado y menospreciado—. Pese a las carencias había algo común: sonrisa y alegría. La mayoría de los niños tenía una bolsa de dulces, otros además pelotas y juguetes de plástico. Les pregunté de dónde eran, unos respondieron que de Oaxaca —jornaleros temporales de los campos agrícolas— otros de aquí mismo, de Sinaloa. Terminó el festejo y cruzaron la avenida para tomar un camión urbano.

Entré a la capilla —compuesta de varios pasadizos— y en la principal, supongo, había un señor de sombrero acompañado por un par de chirrines que tocaban música norteña. Me detuve a escuchar. El solitario hombre, sin notar mi presencia, transpiraba tristeza y abandono. Seguí avanzando y en las paredes había dólares pegados, cartas y fotografías. Veladoras, pintas y flores rodeaban el busto de Malverde. Antes de abandonar el lugar hice lo propio: tomé un sobre blanco y deposité un billete; quise pensar que serviría para la posada del siguiente año.

¿Qué respuesta le daría al hombre de la fonda? ¿Que detrás de todo ídolo hay historias de todo tipo? ¿Que Malverde es el santo de los pobres y los delincuentes? ¿Qué podría responderle cuando he visto a un grupo de niños felices y un hombre apartado en comunión con su santo? Leyendas rurales que trascienden cualquier creencia para instalarse en la ciudad de los grandes edificios y de torres que resisten temblores de 9 grados Richter. Íconos religiosos que igual se adoptan en colonias bravas y marginadas de la gran ciudad, donde los habitantes, al paso de los curiosos, dejan bien claro quién es el santo que los protege y al que ellos semanalmente veneran.

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