Culiacán y sus historias | El Culiacán de ‘Chalano’

Culiacán y sus historias | El Culiacán de ‘Chalano’

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Cierto día después de un larguísimo juego de pool con El Chalano ahí en el billar de la colonia, y digo larguísimo porque el Chalano QEPD, era muy colmilludo para jugar, en sus tiempos llegó a ganar varios campeonatos de pool en la Costa del Pacífico y ya de viejo y con la vista un tanto recortada, bola que sabía que no iba a echar en la buchaca, la cuidaba dejándole al jugador lo que en el argot llamamos cerdo.

Como ya se había vuelto nuestra costumbre, después de jugar un partido nos sentábamos un rato a charlar, él con un jugo de naranja o un agua mineral, y yo, con mi respectiva coca cola.

Por lo general el Chalano presumía que conocía todas las calles y gentes del Culiacán de antes y para ello usaba las manos cerrando dedo por dedo cada calle que nombraba, quizás por eso fue que esa tarde le pregunté:

— Oye Chalano ¿en qué año naciste?

— Yo nací el 12 de marzo de 1914, decía mi madre que a las dos de la tarde.

— ¿En dónde naciste?

— Aquí en los Alamitos en la casa de mi padre.

— ¿Y tu papá también se llamaba Maximiliano?

— No. él se llamaba Fortino, a mí me pusieron Maximiliano porque nací el 12 de marzo, día de san Maximiliano, es que antes no era como ahora, que les ponen a los plebes como les da la gana, no, antes le ponían a uno el nombre que traía el calendario Galván, había respeto por los almanaques no que ahora  pura madre, hay andan inventándoles nombres raros que ni les quedan a los plebes ¿y pa qué, digo yo?

— Y cuando tú eras chavalo, digamos, naciste en el catorce así que, en los treinta, dime ¿cómo era Culiacán entonces y que tanto ibas para allá?

— Pues yo iba poco, porque a paso de bestia casi se hacía una hora y a pie se hacía pasadita la hora, ah, ¿y otra hora para volver?, ya eran dos horas que se perdían del día. Apenas que uno tuviera negocio para allá iba si no, no.  Porque ni a misa, si no venía el padre para acá, íbamos a la Loma, ahí siempre había y pos ahí está como quien dice, a la vuelta de la esquina. Y de cómo era pues era casi igual que el rancho, nomás que más grandote.

— ¿Cómo un rancho grandote?

— Sí, le decían ciudad, ciudad de Culiacán o nomás Culiacán, porque me acuerdo, y en la familia todavía lo usamos, ¿Pa dónde vas?, preguntamos y la otra contesta, – Pa Culiacán. Es más, con esto te digo todo, ni Tierra Blanca pertenecía a Culiacán, aunque dijeran que sí, ¿por qué te digo esto?, porque era como otro rancho o pueblo, porque estaba apartado.

— ¿Cómo va a ser eso Chalano, si está nomás pasando el puente?

—  Ahora, pero antes no, con decirte que de cuando yo me acuerdo no existía ni el Hospital Civil, todo eso era un llano a un lado y siembras al otro, sí había por ahí alguna que otra casita desperdigada pero nomás. Tierra Blanca empezaba ahí donde se acaba la cuadra del Hospital Civil, ahí empezaba y terminaba   acá en El Papalote, ahí estaba o mejor dicho todavía está, la casa grande y nosotros le decíamos El Papalote.

— ¿Por qué Papalote Chalano?,

— Pues porque ahí sacaban el agua de un pozo y tiene, no tenía, tiene todavía, uno de esos aparatos con una rueda y una cola que se mueven con el aire y sacan el agua, y a esos, la gente les llama papalote, no sé si tengan otro nombre, pero así le llamamos nosotros. Ah bueno pues esa casa entonces era una hacienda muy grande, el dueño de nombre Froilán Alvarado, era dueño de todo ese terreno que abarca desde la colonia Ignacio Allende, la Seis de enero y la Lombardo, era muy grande, muy grande y todo sembrado, decían que tenían más de cien trabajadores, y ahora mira, la mentada hacienda ya quedó en el medio de la ciudad.

— Bueno, Chalano, me traes de un lado para otro, pero de Culiacán no me has dicho nada. Él volteó y me miró como si estuviera extrañado para luego soltar una sonora carcajada y decirme:

— Te estoy calando a ver qué tan vivo eres, y no eres tonto, ya me di cuenta de que no eres tonto. Bueno mira, te decía, que ni Tierra Blanca era de Culiacán porque ahí en Tierra Blanca tenían sus propias fiestas y toda la cosa, el día de san Antonio era muy mentado porque ahí está la capilla de san Antonio, si la ha visto ¿verdad?, por ahí por donde está la Ceiba enfrente, nomás caminas un poco así para abajo y ahí está; pues ahí, cada 13 de junio, se hacía fiesta con animales y verbena y todo…

— ¿Cómo que animales, Chalano?

— Sí, borregos, chivos, gallinas  y hasta burros porque ese día se bendecían los animalitos, antes, ahora ya no, ya en las casas sólo hay perros y gatos, pero yo me acuerdo que se bendecían todos los animalitos que uno llevara y había tres misas: una a las siete de la mañana, otra a las doce y la última a las seis de la tarde, y todo eso se llenaba de gente de acá de los ranchos  de ahí de Tierra Blanca y de Culiacán, y a veces, ya ves que el puente Cañedo antes era de madera, pues a veces no servía porque con la lluvia se pudrían las tablas, pues  a veces, como te digo, la gente de Culiacán  se cruzaba algunos  nadando y otros en bestias o en canoa para venirse a la fiesta.

— Pues que sí era muy grande la fiesta – le dije.

— Sí, como no – me contestó – pues no te digo que había de todo, de toditito había, ponían carpas y era una vendimia y juegos para los chiquillos y una comedera hasta decir basta; y ya de tardeada, en las casas de atrás, nomás no me preguntes en cuales, se armaban jugadas de baraja y de gallos. Al principio, me contaba mi padre, que el sacerdote Miguelito, así lo nombraba él, yo al que conocí fue al padre Santiago, pero decía que el padre Miguelito se enojaba mucho, que iba y terminaba con los juegos, que forzaba las puertas y entraba, y después de regañarlos a todos les decía que como era posible que hubieran ido a bendecir a los gallos para después ponerlos en esas cosas del diablo.

Pero todos los berrinches del padre se acabaron cuando supo que el mismo señor gobernador iba a jugar, ahí, ya los dejó en paz.

— ¿El gobernador Cañedo iba Chalano?

— Sí, claro que yo no lo vi porque cuando yo nací, él ya se había muerto como ocho años atrás, pero contaba mi padre que ese hombre se amanecía jugando a las cartas y a los gallos, sí señor.

— Órale.  Bueno y de Culiacán que me decías que era como un ranchón, ¿cómo era su ambiente?

— Muy tranquilo y menos caliente que ahora, porque entonces había más árboles y no estaban las calles pavimentadas, pero había polvo a lo desgraciado, muchas casas se veían grises de lo aterradas que estaban, y eso era  porque por ahí pasaban    vacas,  burros,  cochis,  chivas y de todos los animales, bueno, había gallinas sueltas así, por las calles y en una ciudad  no se hace eso, por eso digo que era como un ranchonón.  Carros había pocos, había más arañas y bicicletas que otra cosa, ahora ya no hay arañas, bueno sí, ahí están en el mercado unas camionetas rojas que les dicen arañas, así les dicen, pero las arañas, arañas, eran las que traen pintadas esas camionetas en las puertas, unos carretones de dos ruedas jalados por caballos. Y esas mentadas arañas, ah como eran solicitadas para todo, porque pues eran muy baratas y ahí podía uno cargar ya el mandado, el mueblecito que uno compraba o cualquier cosa, y hasta uno se subía, eran muy baratas. Ahora contratas una de esas camionetas y te quieren sacar un ojo de la cara.

— Y se paraban por ahí afuera del mercado, me imagino.

— Sí, ahí mismo, y en todo el centro también; en la plaza, en donde quiera las veía uno, había muchas.

¿Y de mercados Chalano, qué onda, cuántos había?

— Había dos: El  mercado  grande  que se llama Garmendia, ése  ya estaba  entonces, y no había otro que fuera igual, es decir, que hubiera de todo, que fuera lo que  es un mercado, nomás ese, porque el otro que decían que era mercado  era el  Izábal, pero en ese lo que había era comida y se vendían periódicos y revistas, y sí, ahora que me acuerdo más adentro había más puestos  se veían flores pero ahí el piso era de tierra y olía a pura cochinada y nomás se veía el manchón de moscas, no sé por qué, ni  sé si lo arreglarían después, porque nosotros íbamos pero a comer. Buen caldo de pollo que vendían y menudo también. Por ahí se mencionaba a una tal Güera que vendía unas dichosas enchiladas de suelo, pero yo nunca las probé, se me figuraba que estaban llenas de tierra y a mí no, pues no, nomás nunca me llamaron la atención.

Qué más te cuento, a ver deja ver, que era muy tranquilo ya te lo dije y bueno de vez en cuando se veían alborotos que hacían los estudiantes, pero eran los únicos, con el cuento de que no les podían hacer nada porque eran estudiantes, cualquier cosita que no les gustaba lueguito armaban su alboroto. Ahí se oía que los estudiantes esto, que los estudiantes esto otro y puras de esas, sobre todo en el carnaval ah como chingaban, yo los tenía aborrecidos, porque fíjate, estaba uno  viendo tranquilo  el desfile,  ah  pos no, de repente todo era  un desmadre porque  unos cabrones estudiantes se habían subido a los carros con las muchachas y gritaban y ahí va la policía y ya se jodió el asunto, y en donde que a mí me gustaban mucho los carnavales y todo estaba en paz mientras no llegaran a alborotar esos cabrones. Espérate deja agarro resuello porque nomás de acordarme ya me dio coraje, es que, de veras, no se aguantaban. Por eso yo les dije a mis hijos nomás entraron a la preparatoria, que no quería que anduvieran de cabrones, que nomás supiera que andaban haciendo maldades y les iba a poner una pela, pero buena, y se los dije serio, porque a mí no me gustaban, ni me gustan esas fregaderas. No, no hubo necesidad de nada, me hicieron caso los cabrones, pero yo estaba nomás vigilándolos y si los hubiera agarrado en algo, espalda les iba a faltar por ésta, que me los acabo porque pos qué es eso de andar nomás haciendo maldades, incomodando a la gente.  Que se pongan a estudiar a eso van a prepararse, no van a otra cosa.

— ¿Y alguna otra cosa que alborotara a la gente Chalano? – pregunté – y él, después de mirarme se agarró y talló varias veces la inexistente barba para luego decirme:

— Pues así, así como el arguende que armaban los estudiantes, no. Por ahí las campañas políticas, porque pues esas siempre han sido la misma gata, nomás en las elecciones ahí lo juntaban a uno para prometerle cosas, después ni los volvíamos a ver. ¡Ahh la fiesta de catedral! ¡Esa sí, pa que veas! Esa sí que nos alborotaba a todos, porque la fiesta era o es no sé ahora,  pero entonces era el 29 de septiembre, día de san Miguel, y pues no vas a creer que desde una semana  antes la gente  ya estaba de fiesta, ponían puestos desde entonces y los hoteles se llenaban porque  iba gente de todas partes y el mero, mero día, ahí afuera era una chulada, unos cuetones que tronaban en la tarde y en la noche  que hasta acá  se oían…

— ¡No, no digas eso Chalano! ¿Cómo se iban a oír hasta acá?

— ¡Pues por Dios y María santísima que me están viendo y oyendo que hasta acá se oían!, y hasta se veían en la noche, para que más te guste; no me voy a acordar. No, si con decirte que, en ese tiempo hasta acá escuchábamos el pito del tren, y sé que tampoco me lo vas a creer, pero Dios sabe que no miento, todos los días a las seis de la mañana lo escuchábamos y ya sabíamos que eran las seis, era exactito.

— ¿Y cuál tren era Chalano?

— Era el Sudpacífico, así se llamaba el Ferrocarril, Sudpacífico, porque había otro, ese se llamaba el “Tacuarinero”, pero ese iba nada más a Navolato y al   puerto   de Altata.

—Y de carreteras Chalano, ¿cuáles había?

— No, no había ninguna, puros caminos de terracería y caminos reales. Para México o para cualquier otra parte se iba uno en el tren o a caballo o a pie, no había más.

— Oye Chalano, entonces ¿para acá para el norte, Culiacán se acababa en el puente?

— Pues decían que llegaba hasta Tierra Blanca, pero ya te platiqué que eso no era cierto; ahora sí, llega hasta la Loma y creo que hasta más allá, pero en ese entonces era como te digo. Tampoco la Lomita estaba en Culiacán, porque para allá para el sur Culiacán se acababa ahí en donde estaba la estación del “Tacuarinero”.

— ¿Y dónde estaba?

— Ahí por el      bulevar Gabriel Leyva Solano, enfrentito de donde ahora está la Cruz Roja, y no había más, nomás adelante, pero por la Obregón, estaba la casa de Teodorón, nunca lo conocí, pero ha de haber sido un hombre grande o viejo o sabrá Dios, así decían, que la casa que se veía allá lejos por toda la Obregón era de Teodorón, y eso era todo, lo demás, puro monte. Y para el oriente, llegaba, se puede decir, hasta donde está el pitón de la “fábrica mentada esa que quemaron. Mira, para que no haya pierde, llegaba más o menos hasta donde ahora está el parque ese de los animales. Y pal otro lado hasta la Vaquita, así nomás de las oficinas de la Electricidad, para allá. Como te digo, estaba chico, por eso yo me sabía todas las calles y si quieres te las digo.

— Ya me las dijiste el otro día, mejor dime como cuántos habitantes tenía entonces,

— ¡Huy, sabrá Dios!,  yo creo que  como unos  treinta mil o más,  eso no lo sé, para que veas, eran muchos, pero sabes qué, todos se conocían, porque yo veía  que pasaban señoras y señores  y a todos saludaban y los saludaban  por el nombre, no creas que nomás así, por el nombre, y es que es como te digo, ahora uno no conoce ni quien vive en seguida de tu casa, pero antes sí, la gente era más acomedida; que se hacía una fiesta, todos iban, que un velorio, todos iban y cooperaban y no nomás al velorio, también al novenario ¿y sabes qué?, ahí, en un velorio conocí a mi mujer, porque ya desde chiquilla  ella decía los novenarios y ahí la conocí, en un novenario y la enganché, y sigue, ya casi no puede la pobre, tiene la vista más recortada que yo, pero de todos modos así va, nomás le hablan y va y dice los novenarios, de memoria. Lleva el librito nomás por nomás, pero no lo ocupa se lo sabe toditito.

— Oye, pero qué onda, con los caminos de   terracería, Chalano, ¿qué pasaba cuando llovía?

— Pues qué iba a pasar, que nomás nadie viajaba para ningún lado, ni llegaban tampoco, entonces se ponía pelona la cosa, porque … mira, una vez duró lloviendo seguido como unos veintidós días a chipi y chipi a diario, entonces se escasearon varias cosas, pero lo que más nos dolía ¿qué crees que era?

— No pues no tengo ni idea.

— Era que no hubiera sal, se escaseó de plano, al grado de no conseguir ni una sola pizca, y en la casa el que más renegaba era mi padre, por tener que comerse la comida así  y nos dijo una vez  que estábamos cenando que no, que eso no volvería a pasar, que nomás que hubiera  iba a comprar un saco completo porque así la comida le sabía a cartón, y lo mismo pasaba con otras cosas  pero la  sal, esa sí tuvo su chistecito. Porque hubo gente que se arrancaba en los caballos por ahí a los ranchos a ver si conseguían un poco. Y eso fue a causa de que no se podía pasar por los caminos.

—Bueno, Chalano – le dije – pero para eso ahí estaba el tren que ¿no?

— Pos sí, si estaba, pero era de pasajeros y que se iba a andar uno en gastar para un viaje por una pizca de sal, no, ni lo pensábamos.

—  Y tu papá qué, ¿sí cumplió lo que dijo?

– Sí, en cuanto pudo, compró sal y ya jamás faltó en la casa, el café y la sal jamás volvieron a faltar.

— Oye, pero cuéntame, cómo era, qué edificios había entonces o no había casas importantes, en fin, lo que sepas de eso.

— Pues sí, si había algunas casas  y edificios grandes y otras cosas también, pero no lucían casi, o  bueno,  como que  uno se acostumbra  y no les toma importancia; porque  pues  nosotros, es decir, mi padre y yo, cuando íbamos a Culiacán, íbamos a negocio, no a andar mirando, mucho menos fijarse, y muchas veces no llegábamos a Culiacán porque ahí, en Tierra Blanca, por la pura Obregón,  había una tienda muy grande, la de los Monárrez, ahí encontrábamos todo; sólo que no hubiera lo que buscábamos nos íbamos hasta allá.  Pero sí había edificios grandes, el puente por ejemplo lo hizo un tal Molina y creo que el teatro también.

— ¿El Apolo?

— Pues sí, nomás ese había, y el mercado, y fíjate, ahí donde ahora es el Ayuntamiento, era entonces escuela o internando, algo así. La plaza estaba muy bonita con muchas flores de muchos colores y tenía un quiosco muy viejo, pero muy bonito, ahí tocaba una banda que les decían los azulitos.

— ¿Eran policías?

— ¡No!, que policías, si eran puros plebes, decían que eran de esos que se portaban mal, y que los tenían encerrados, pero   un profesor de música los enseñó a tocar y entonces los muchachos cambiaron, y eran muy solicitados.

— ¿Qué más había de edificios Chalano?

— Pues los Portales, toda la plaza y la catedral estaban rodeados de portales, y esos si eran viejos, de allá de por los españoles yo creo, y había varios portales en varias partes, nomás que más chicos, los grandes eran esos de la plaza.

— Oye Chalano ¿y la calle Obregón ya se llamaba así?

— Sí, así se llamaba desde que yo me acuerdo, bueno, acá en el rancho no, aunque es la misma calle, pero acá le llamábamos    entonces camino real, ahora ya no, ya es la Álvaro Obregón también.

— ¿Ya había agua potable?

— Pues no sé si sería potable, a lo mejor sí, porque ahí contra esquina de donde está ahora el hotel executivo, ahí estaba un tambo rojo, enorme y muy feo, y tenía un letrero que decía “Eureka”, y ya me voy, porque ya se hizo noche, de por sí ya no veo. Ahí después le seguimos.

 

Mario Alvarado

Es escritor y cronista sinaloense. Es encargado del programa de narraciones de historias y leyendas del viejo y nuevo Culiacán el cuál tiene desarrollandose ya dos años en el Casino de la Cultura cada dos miércoles de 6:30 a 7:30 PM. Ha escrito varios libros, el último “Narraciones y Leyendas de Culiacán”, el cual reúne más de 30 de estas historias y vivencias de los culichis.


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