Los propios maestros harán los programas de Escuelas Normales | El análisis de Alejandro Luna

Los propios maestros harán los programas de Escuelas Normales | El análisis de Alejandro Luna

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En la reforma educativa de Enrique Peña Nieto, que decía buscar una educación de calidad, no se necesitaba ser profesor para dar clases en educación básica. Cualquiera que tuviera un título profesional podía concursar y ganar una plaza docente. Es decir se privilegiaba al conocimiento (y las competencias) por encima del desarrollo humano del estudiante.

Se pretendía estandarizar la formación de los niños para satisfacer la demanda del mercado internacional del trabajo, pero a costa de suprimir su identidad cultural, su historia, su diversidad que lo hace humano y con ello su potencialidad. Y lo más grave, se pretendía hacerlo por la vía de la amenaza, la imposición y el acoso al magisterio, con el consentimiento y la complicidad de la burocracia sindical.

Desde esa mirada, el conocimiento que el alumno tenía que aprender era lo más importante y no la formación del niño como ser humano. De ahí que la formación pedagógica de los profesores era irrelevante y estaba enfocada, exclusivamente, en la formación de competencias. Es decir, se buscaba estandarizar a los maestros de las escuelas normales y a cualquiera que estuviera dispuesto a “chutarse” su concepción para aprobar el examen de ingreso al servicio docente, para ser parte del ejército que iría a estandarizar a los niños en las escuelas de educación básica. Se les olvidó que esa lógica y ese modelo, con otro nombre, ya había fracasado en México en los años 70s proveniente de Estados Unidos. Tecnología Educativa, se llamaba entonces.

En vez de reforzar la formación de profesores –en procesos complejos de formación humana—para formar niños con un alto nivel educativo integral (cognitivo y humanista), se pretendía meter a cualquiera que demostrara tener el conocimiento y las habilidades para la aplicación de programas estandarizantes. La autonomía curricular (clubes) y la educación socioemocional eran pura simulación para disminuir la intensidad de la crítica.

¿Cómo se pide a los maestros formar niños felices si los maestros no son felices? ¿Cómo lidiar con las emociones de los niños si los maestros no son capaces (no fueron formados) para manejar adecuadamente sus propias emociones? Para trabajar con emociones –mucho más complejas que los conocimientos— no basta con cursos de actualización o capacitación. Es necesario formar a los maestros en largos y complejos procesos que integren aspectos teóricos y vivenciales hasta su maduración. Sin embargo, ello implica un cambio de visión y de paradigma educativo que no es compatible con el paradigma conductista (de las competencias).

En suma, la reforma educativa de Peña Nieto, desligada de la cultura y la identidad nacional, apoyada en un modelo educativo extranjero estandarizante, enfrentada con los maestros, centrada en el conocimiento (competencias) y despectiva del valor de la pedagogía para la formación humana de las nuevas generaciones, estaba condenada al fracaso.

O acaso ¿podría elevarse la calidad de la construcción de los puentes, las carreteras, las presas, los grandes edificios rascacielos, llamando a concursar las obras a personas de cualquier profesión (abogados, filósofos, psicólogos, médicos) con la única condición de que aprueben un examen de conocimientos básicos de matemáticas?

Seguramente muchos aprobarían el examen con resultados sobresalientes pero no podrían construir esas grandes obras de infraestructura que son tarea exclusiva de los ingenieros y arquitectos. Resulta difícil imaginar a médicos construyendo edificios rascacielos, o a psicólogos construyendo Freeways, bajo el argumento de que esas obras las deben construir los mejores, no solo los ingenieros y arquitectos.

Frente a esta lógica, de más interés que sustento, la nueva reforma educativa –y con ella el discurso de la Nueva Escuela Mexicana—está colocando al niño en el centro del proceso educativo. El niño en toda su complejidad, no solo sus conocimientos y habilidades, sino su cultura –sus lenguas—, su identidad, su historia, sus costumbres, su contexto y realidades, con una perspectiva incluyente y participativa, democrática, dialógica, en que el niño-hombre-sociedad se construya en el diálogo y la reflexión colectiva. Una educación con una mirada intercultural, que recoja la diversidad como su principal potencial para la construcción de realidad.

Que construya su destino haciendo surgir lo mejor que cada uno trae dentro y compartiéndolo con los demás, y no a partir de suprimir lo propio para imitar modelos construidos en otras realidades y con otras cosmovisiones.

En esa misma perspectiva, se ha iniciado el diálogo nacional de profesores de escuelas normales, –formadores de maestros—, para definir los nuevos planes y procesos de formación de profesores. Ya el artículo décimo transitorio de la nueva reforma educativa establece las bases para el fortalecimiento y transformación de las escuelas normales, en el centro de la 4T, privilegiando precisamente al normalismo como la profesión exclusiva de la formación de las nuevas generaciones, partiendo de que no se trata sólo de transmitir conocimientos con un sentido instructivo, sino de poner en juego todo el complejo entramado de principios, valores, actitudes, habilidades, capacidades, prácticas, creencias, sueños y expectativas que solo es posible generar en la interacción en largos procesos de formación-maduración de docentes en las escuelas normales.

Ya no se trata de solo preparar maestros para transmitir de conocimientos. Los conocimientos se vuelven obsoletos bien pronto. Los buenos maestros son los que son capaces de despertar el amor del niño por la vida, por la naturaleza, por la humanidad. No son los que enseñan matemáticas o español, sino los que son capaces de despertar el amor y la pasión por las matemáticas o por el Español, o por cualquier otra área del conocimiento, porque si los niños le tienen amor al conocimiento, van a seguir investigando y aprendiendo toda su vida.

Se necesita –entonces—formar maestros que desarrollen las herramientas necesarias para hacer emerger lo mejor de cada uno de sus alumnos y le orienten o le conduzcan hacia la construcción de un buen ciudadano. Ese es el significado de la palabra educere –proveniente del latín–, que es la base de la actual palabra educación. No se necesitan maestros que obliguen a los alumnos a aprender conocimientos surgidos de otros contextos que quizá nunca habrán de utilizar en su vida, sino que sean capaces de construir su propio conocimiento para su crecimiento y desarrollo, para convertirse en mejores personas.

En este sentido, las escuelas normales están en posibilidad y oportunidad de fortalecerse y transformarse. De construir su propio destino, con base en su historia y tradición, aprovechando sus  potencialidades y capacidades, aspiraciones y deseos, y reconociendo sus limitaciones y posibilidades.

El primer paso ya está dado. Maestros de 255 escuelas normales de todo el país, reunidos en el Congreso Nacional (permanente) para el Fortalecimiento y Transformación de las Escuelas Normales Públicas, construyeron ya el documento base de la Estrategia Nacional que será integrada a leyes secundarias de la reforma en el mes de octubre y que deberá empezar a operar una vez que se le apruebe el presupuesto necesario, a partir del 2020.

Entre los acuerdos destaca la participación democrática de los maestros y de las escuelas normales, conjuntamente con las autoridades estatales y federales en todos proyectos y/o programas o propuestas que tengan que ver con este sector. Destacan entre las propuestas, la creación de un Sistema Nacional de Escuelas Normales Públicas; un Programa Nacional de Formación y Desarrollo para los Formadores de Docentes, como derecho laboral, vinculado a la creación de Colegios Regionales y un Colegio Nacional de Profesores.

Asimismo, la integración de una comisión con participación de maestros de las escuelas normales y autoridades de la SEP-DGESPE para elaborar o rediseñar, de manera conjunta, un reglamento general de admisión, promoción y otorgamiento de estímulos al personal de las escuelas normales a través de procesos que aseguren la transparencia y el respeto a los derechos laborales de los trabajadores.

Destaca también el acuerdo de promover una reforma constitucional para otorgar autonomía a las escuelas normales (autogobierno, autogestión, administrativo-financiero, pedagógico curricular y laboral), sin menoscabo de las condiciones y los derechos laborales de los trabajadores. Una autonomía que responda a las particularidades de los contextos locales pero que se coordine con un órgano colegiado nacional que diseñe políticas, lineamientos y programas específicos.

Asimismo, se acordó que los maestros de las escuelas normales, en coordinación con autoridades de DGESPE y expertos, elaborarán nuevos planes y programas educativos que deberán entrar en función en el 2021. Además, tomando en cuenta la diversidad contextual y cultural del país, con el propósito de responder efectivamente a las particularidades, necesidades y posibilidades de cada región, los nuevos planes deberán integrarse con un currículum marco nacional y currículums regionales y/o locales, de tal manera que recoja las grandes líneas y propósitos nacionales de la formación pero responda a las necesidades y contextos específicos de las regiones. El proceso ya está en marcha pero deberá concretarse una vez que pase por el congreso, se emitan las leyes secundarias y se autorice el presupuesto.


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