Zona chilanga | Crónicas del Metro en su 50 aniversario

Zona chilanga | Crónicas del Metro en su 50 aniversario

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Compró un boleto y atravesó el torniquete. Recordó las primeras recomendaciones “cuidado con la cartera”; salió y su cartera intacta. Echó abajo las leyendas temerosas que había escuchado sobre las terribles entrañas chilangas. Una vez más comprobó que la verdad de los pasajeros del metro es distinta a la de quienes transitan sobre la capa de asfalto.

Tropezó con un transeúnte y salió de sus cavilaciones; verificó la dirección y tomó la ruta Indios Verdes: decidió caminar por el Centro Histórico. Quiso olvidar encierros y oficinas, perderse entre los cientos de personas y ser uno más de los seres sin asunto. Atravesó las puertas del vagón y se dejó guiar por el flujo de la gente. Apenas había espacio para su cuerpo. Vio rostros indiferentes, cabezas recargadas perdidas en el sueño. El único descanso.

¿Cuántas horas-hombre se gastaban en los traslados diarios? Slim no tardará en equipar los vagones con realidad virtual para hacer más llevadero el viaje de los usuarios: “Aún en el túnel, tu territorio es Telcel. No faltará mucho para que la Sociedad Protectora de Animales consiga el permiso para viajar con los perrijos. Ellos también son seres vivos y merecen un trato digno.

Los vendedores  seguían ofertando las baratijas chinas y ensordeciendo el ambiente con las rolas de moda. Ni una méndiga limosna. Todos juntos conviviendo como una gran familia. Abel recordaba pasajes en cada abrir y cerrar de puertas. El sonido de los rieles le evocaba una historia de zombis deambulando por las tripas de un gusano gigante.

Las puertas se abrieron de nuevo y, a como pudo, se subió un tipo con una guitarra; empezó a cantar: “es el amor, es el amor…”, en eso alguien lo avienta y el mango de su guitarra le da en la cabeza a un señor que se incendió como mecha. Empiezan los forcejeos y las mentadas. Una señora tira un manotazo pues alguien le mete mano. Se hace el desmadre y todos ponen cara de chilangos huleros. Qué tiempos cuando él y sus amigos vendían libros y pronunciaban a los autores clásicos con una perfecta dicción; lo tomaban como práctica para repasar sus clases de idiomas y de literatura. Ahora sólo veía degradación.

El metro se detuvo y llegaron los policías. La música de fondo no paró. Abel abandonó el vagón y entre el alboroto se escuchó la canción del Gallo Elizalde: “como me duele, como me duele, como me duele que te saquen a bailar…”, alguien más seguía mostrando videos y otros hacían su comercial de usbs con 200 canciones de moda.

Se alejó y todo se perdió en un eco confuso. Caminó sin asombro y vio a los tímidos indígenas descalzos esperando la siguiente parada. Éstos seguían mostrando un papelito mal escrito donde daban a saber su lamentable situación; apelaban a la caridad para comerse un taco. Sacó una moneda y se la dio al niño. El pequeño lo miró a los ojos, Abel sintió ganas de abrazarlo. Se contuvo y continuó el transbordo.

Apenas unos pasos y el panorama ya era otro. Las vitrinas exhibían una propuesta de instrumentos musicales, fotografías de los músicos de antaño y los vestuarios que lucieron en sus momentos de gloria. Esfuerzos culturales inútiles, la gente camina apresurada e indiferente sin percatarse de nada. Antes de salir vio dispuesto un karaoke; un tumulto esperaba su turno y admiraba en silencio al interprete del momento, quien apretaba el micrófono y cantaba poseído: “por tu maldito amooooor, quisiera reventarme hasta las venas…” Lo que me faltaba.

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