Crónica | Que nadie te hable de una ciudad en paz

Crónica | Que nadie te hable de una ciudad en paz

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 Ves culebrear el humo y manotear el fuego que consume el esqueleto de la patrulla. Hay luz de día aunque nadie se fija en el atardecer de este jueves de locos.

No los ves pero escuchas sus armas allá a lo lejos. Ahí están, son ellos. No los ves pero los sientes en la garganta, por el miedo.

Ahí están, son ellos. Desde hace tres horas se oye el galimatías de sus fusiles, el rodar de las blindadas.

Apenas pasan de las 6 de la tarde y en la batalla de Culiacán se abre una especie de tregua entre los bandos confrontados.

En el Centro la gente sale de los comercios donde permanecía resguardada. Espera camiones pero el transporte público suspendió el servicio. Llama taxis, le habla al Uber, al hermano, al esposo, a un amigo.

No se ve ni una patrulla, ni un policía. Ni educadoras viales ni Tránsitos.

Por la Álvaro Obregón, la avenida principal de la capital sinaloense, pasan en sentido contrario tres hummers de soldados y una ambulancia militar. Van a toda la velocidad. Son refuerzos. Se dirigen rumbo al norte, hacia el Desarrollo Urbano Tres Ríos, el sector más peligroso de la ciudad.

Sobre la Aquiles Serdán los pocos carros no esperan el verde de los semáforos. Los ocupantes llevan prisa. Pero sobre todo llevan miedo a quedar en el fuego cruzado. Le temen a las balas perdidas.

A esta hora el Facebook es una locura. Los videos de la batalla de Culiacán invaden los celulares. El WhatsApp es un aparador donde se ventilan todo tipo de versiones acerca de lo que ocurre.

Las redes sociales dan el pulso de la violencia de este jueves al que le sobrarán adjetivos.

Aunque Quirino Ordaz Coppel, el gobernador de Sinaloa, acaba de decirle a un medio nacional que muchos son videos no actuales, de otros lugares, que son para crear psicosis en la sociedad. Horas después, la realidad le derrumbará el argumento.

Aunque ahora no los ves ni los escuchas sabes que son ellos. Que por ahí están, al acecho, moviéndose. En cualquier calle. En cualquier esquina.

Son ellos, con los que convives. Los del “gobierno aledaño”. Los del poder de facto. Son ellos, con los que has crecido, con los que esta ciudad de 488 años ha recorrido cuatro, cinco décadas o más.

Solo que ahora, este jueves, están enrabiados. Dicen que les han detenido a uno de los suyos. Y el operativo de rescate está en marcha.

A sangre y fuego. Y contra quien se ponga enfrente.

“Cómo vas a querer el baile…”, dice un sicario a un soldado en una conversación por la radio intervenida.

El Cartel no juega.

Ábranse putos.

Frenas sobre la avenida Universitarios. Ves culebrear el humo que se desprende del esqueleto de la patrulla calcinada.

Hay luz de día. Nadie se fija en el atardecer de este jueves de locos. De tanquetas militares y convoyes de esbirros. De ráfaga, metralla, pánico, caos.

De helicópteros sobrevolando el Desarrollo Urbano Tres Ríos, del “50” tratando de derribarlo. De hecho, un día después, el secretario de la Defensa Nacional, Luis Cresencio Sandoval, reportará un helicóptero dañado por impactos de arma de fuego.

Y este vehículo humeante y este silencio y esta soledad atípicos te avisan que Culiacán está patas arriba.

El gobierno ha emitido un comunicado: Que nadie salga a las calles… No ha explicado por qué. Pero a todas luces es un toque de queda maquillado.

¿Cómo entender que en este momento casi un millón de habitantes están en sus casas, en sus centros de trabajo, bajo llave, escondidos tras los muros? ¿Cómo han podido hacerlo?

Que nadie venga a hablarte de estado de derecho, de aplicación de la ley convencional. Que nadie te hable de una ciudad en paz.

Avanzas hacia la avenida Álvaro Obregón. En el cruce con Universitarios hay un camión blanco abandonado.

Algunos vienen a pie, apresurados. Solo hay que verles la cara para entender sus semblantes y saber que no la han pasado nada bien.

Doblas sobre la Obregón hacia el norte, hacia la colonia 6 de Enero. Pronto te topas con otro camión, este del transporte público, también abandonado.

Y sobre el carril de norte a sur, una patrulla de la Policía Estatal Preventiva (PEP), sola, con los vidrios rotos. Tiene la torreta encendida aunque no hay operativo ni comandante al mando.

Más adelante, a la altura de la estación de Bomberos, porque hasta parece que en las tragedias también tiene que estar, un camión de la Coca Cola enseña su cabina incendiada y su cuerpo saqueado.

Peatones, motociclistas, automovilistas y ciclistas sacan sus celulares y toman fotos y videos. Tienen su recuerdo.

Ya no se escuchan las ráfagas. Sobrevive la tregua agarrada quién sabe de qué pacto.

La gente sigue pasando a pie. Son decenas. Hombres, mujeres, jóvenes que ya no alcanzaron camiones, que bajo su propio riesgo salieron de sus centros de trabajo. Van a casa. A protegerse.

Entre ellos se cuentan historias. Se habla de muertos, de la batalla de Culiacán.

Volteas al cielo, hacia el rumbo del City Club y el estadio de los Dorados. Dos fumarolas estrían el paisaje.

Caminas de regreso hacia el cruce de Universitarios y Álvaro Obregón. Vuelves a encontrarte con la patrulla sola de la torreta encendida. Te dejas guiar por el humo de los vehículos quemados.

En el crucero tomas a la derecha por la Universitarios hacia el City Club.

Hay carros con las puertas abiertas, las llantas reventadas, dejados sobre la avenida, con los parabrisas reventados por las balas. Viene más gente asustada. Tal parece que esto ya se acabó. Van a dar las 7 de la tarde. Ya quiere oscurecer.

Los pocos carros que circulan lo hacen por los estacionamientos de las plazas comerciales. Policías municipales han acordonado la zona. La zona está poblada de militares.

“¿A dónde te diriges?“, te pregunta un soldado.

“A mi casa” .

“Por el otro lado. Retírate”.

Y allí en un centro de locales llamado Verona ves a un hombre tirado boca abajo. No está muerto. Quizás ni herido. Dos soldados lo custodian. Lo tienen detenido.

Caminas hacia el semáforo de Universitarios y Enrique Sánchez Alonso. Todo está bajo el control de las fuerzas federales. Aunque los militares se notan nerviosos y a todo mundo le gritan.

Justo en el crucero se encuentra un camión de la Guardia Nacional. Sentado en el asfalto y recargado en las llantas traseras está un cuerpo. Lo tapa una manta. Le sobresalen unas botas militares. Tal vez sea un soldado. Está muerto.

Todo el crucero se halla acordonado. Soldados hacen preguntas, se mueven, continúan guiando a gritos a automovilistas que no encuentran por dónde avanzar.

Intentas avanzar hacia el puente del río Humaya. Es sobre Rotarismo donde están los vehículos incendiados.

Un soldado te corre a gritos. Vas de regreso y ves el cenotafio de uno de ellos. Es el de Édgar Guzmán, asesinado el 8 de mayo de 2008, año en que Culiacán vivió algo similar a lo de este jueves 17 de octubre. Es el hijo muerto de Joaquín “El Chapo” Guzmán.

Los soldados caminan cerca de la cruz, gritando, con sus fusiles boca abajo.

Te sientas por ahí, en la parada del camión y miras todo aquello. Ya pasan de las 7. Ha empezado a oscurecer. Crees que ha llegado la calma.

Entonces empieza un movimiento extraño entre los soldados y policías. Mueven sus vehículos, corren, gritan. Se están yendo. Han levantado a su muerto y al detenido ya no lo ves. Han dado la orden de retirarse. Se van, despejan. Se repliegan. Son las 7:20.

Se han ido. Han dejado la zona. Al día siguiente sabrás que no recogieron otros cadáveres que quedaron en las calles.

Caminas hacia la Obregón. Y ahí vienen ellos en sus camionetas, pegadita una a la otra. Las ves y empiezas a contarlas. Una, dos, tres, cinco… Cuando te das cuenta que la fila es larga abortas la tarea. En realidad te vence el miedo.

No piensas revirar de nuevo hacia el convoy. Prefieres el cálculo en vez de la suma: unas 20, cuando menos.

Aprietas el paso.

Ellos llegan al cruce de Universitarios y Sánchez Alonso. Y vuelven a disparar. La estridencia de la ráfaga te hace correr, buscar una bardita de la gasolinera. Allá imaginas su autoridad.

Hueles el pasto. No piensas asomarte para saber si es un nuevo enfrentamiento o tiran al aire. Qué te importa eso. Es aquí donde dimensionas lo que es el fuego cruzado, lo que significa una bala perdida.

La metralla no para. Y luego un trueno sordo de lo que te parece es un Barret, el “50” como lo llaman ellos. Junto a ti hay otras personas, tiradas, con miedo. Allí permanecerás cinco, ocho minutos.

Te levantas y te refugias en uno de los locales de la zona. Allá sobre la Obregón alcanzas a distinguir el fulgor de un nuevo fuego. Es la patrulla abandonada, la de la torreta encendida. Ahora la consume la lumbre y en un momento explotará.

Sales de ahí y compruebas lo de la patrulla. Por una callecita aparece un vehículo con varios ocupantes. Son ellos.

“Pura gente del ‘Chapo’ Guzmán”, te dice.

Los ves, los escuchas y sigues caminando.

Que nadie te hable de una ciudad en paz. Lo que viene es una paz pactada. Porque ellos siguen por ahí. Ya está oscuro. Pero hace horas que Culiacán está hundido en la oscuridad.


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