Historias de histeria | Ciudad tomada

Historias de histeria | Ciudad tomada

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En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En historias de histeria hacemos un recuento de aquellos sucesos que nos hablan de la necesidad de emprender acciones para devolver la paz y tranquilidad a todos los culichis.

-¡Tírate al suelo, tírate al suelo ya!- Me gritó desesperada, pero yo estaba paralizado.

El sonido de los cristales rotos del local de al lado y las balas, fueron el inicio del día de guerra, al menos para mí. Lo que parecía una tarde tranquila después de una mañana de lluvia en Culiacán, se convirtió en el peor día que recuerdo haber vivido en la ciudad.

Arturo me tacleó y me llevó al piso, para después arrastrarnos hasta las escaleras y subir de prisa a la bodega, Mariana se asomada por un hueco entre los ladrillos para ver cómo la gente corría despavorida allá afuera, donde cada camioneta que pasaba era el enemigo.

Mi celular comenzó empezó a llenarse de mensajes de Whatsapp, en los que me pedían que no saliera de la oficina, había 5 balaceras simultáneas y el lugar de mi trabajo parecía estar en el corazón del tiroteo, pero yo ya estaba afuera, buscando materiales para elaborar mi disfraz de Halloween.

La balacera me agarró en la tienda de telas, fue ahí cuando comencé a comprender la magnitud de aquél suceso, no era como en 2011, sino el climax de esta narcoserie que se ha vuelto rutina. “Le mataron un hijo al Chapo” gritó Arturo con miedo y un nudo en la garganta. Mariana se arrastró hasta nosotros llorando y comenzó a reproducir audios que se contradecían y parecían narrar desde el exterior el infierno que se estaba viviendo en City Club, la Chapule, Las Quintas y la Obregón.

Estaba ahí, encerrado con dos desconocidos, pero no podía quedarme, así que en cuanto todo se medio calmó decidí salir corriendo de ese lugar tan vulnerable y me acerqué al Paseo del Ángel, entré rápidamente a uno de los bares donde tenían puestas las noticias para saber que pasaba realmente, ya que en redes sociales los escenarios eran en extremo fatalistas.

Lo habían capturado y pobres de nosotros, nadie daba la cara por las personas, por los que teníamos miedo, por los que estábamos confundidos, atrapados en centros comerciales, corriendo como locos por las calles, esperando sin fortuna el autobús, un Uber o llamando desesperadamente a nuestros familiares y amigos, el infierno después del infierno.

Me llené de valor y me regresé a la oficina, regresar a mi casa ya sería imposible y ese parecía el único lugar seguro, cuando iba en el camino recibí una llamada que respondí refugiándome en un callejoncito, Fidel, uno de mis primos que trabaja en el ayuntamiento me dijo que se estaban fugando de la Peni y asaltando a todo mundo, que me encerrara en donde pudiera.

Agarré fuerzas y me fui corriendo hasta la oficina sin parar siquiera para tomar aire. Ahí estaban otros 3 compañeros que no alcanzaron a irse a sus casas, me refugié ahí otra hora, esperando saber qué pasaba con Culiacán, porque la información era escasa y todo parecía una historia de ciudad Gótica.

Mis compañeros decidieron irse, después de todo la oficina seguía siendo un blanco fácil en el recorrido de los tiroteos, así que uno de mis compañeros me ofreció irme a su departamento, llegamos rápido, encendimos la radio, la televisión y estuvimos pendientes de las redes, pero nadie decía nada, nadie se animaba, no había ley, mucho menos gobierno.

-¿Te das cuentas que estamos secuestrados? Toda la ciudad está secuestrada- Murmuré.

No sé si me escuchó, porque estaba concentrado en localizar a su hermana, salió un momento y yo me quedé buscando en los medios en los que confío, pero nada era oficial, todo era una relato construido sobre audios de Whatsapp, videos capturados con pánico y suposiciones que ya no parecían descabelladas.

“A las 7 va a haber toque de queda, va a comenzar lo más feo”, “Van por las familias de los militares”, “Van a quemar la ciudad si no lo liberan”, “Vienen sicarios de todas partes a rescatarlo”, “Están dándole 30 mil pesos a los pistoleros para que se jalen a Culiacán”, “Van a arrasar con todo”.

Me comuniqué con todas las personas que quería y todos decíamos estar seguros, pero… ¿podría alguien realmente estar seguro en Culiacán?

Regresé a las redes solo para encontrarme más videos y ahora memes, al parecer a las personas de otros lugares les causaba gracia lo que pasaba en Culiacán y veían la explosión del narco como un calvario merecido para los culichis, por adorar a estos dioses de balas y bazucas.

Como a eso de las 10 de la noche alguien alzó la voz, no era alguien de la policía, mucho menos del gobierno ausente, el abogado de los Guzmán anunciaba de manera tranquila que las balas iban a calmarse. “Gracias a Dios Ovidio está bien” les dijo a los de Milenio y algo en mí se sintió un poco más sereno.

De ahí en adelantes la lluvia de declaraciones, posicionamientos, críticas, ahora sí todos tenían algo que decir, pero ya no me quedaban ganas de escucharlos, apagamos la televisión y luego la radio. Nos fuimos a dormir, aun con miedo, pero ya no tanto.

A la mañana siguiente me levanté temprano, agarré mis cosas y salí del departamento de Ernesto mi compañero, me fui al centro que lucía desolado y casi sin vida, alcancé a ver un Campiña a lo lejos, mi ruta de autobuses sí estaba funcionando. Me subí de prisa y me senté en uno de los primeros lugares.

Adelante se subieron varias personas, entre ellas una señora que se miraba cansada, con uniforme de la Ley, me recorrí hacia la ventana, se sentó conmigo y en lugar de saludarme, solo me dijo; “la libramos”, yo solo le sonreí.

 


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