Camino Rojo: Crónica de un encuentro esperanzador (Parte 1)

Camino Rojo: Crónica de un encuentro esperanzador (Parte 1)

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A manera de preámbulo a la segunda edición del encuentro de colectivos en resistencia, El Camino Rojo, publicamos a continuación una crónica en partes de lo que fue la primera edición de este encuentro ciudadano de activistas contada por Rulo Zetaka, uno de los participantes que acudieron al evento desde la península de Yucatán.

Preludio al Camino Rojo

La noche es oscura, huracanada. Una fuerte tempestad amenaza a la tierra. Los relámpagos, los rayos y los truenos hacen una circunstancia primigenia. La lluvia empieza a caer intermitente y gruesa.

— Oscar Liera. Primer acto de El Camino Rojo a Sabaiba.

Nunca mejor dicho. Un 17 de octubre de luna luminosa cae la tormenta en mí ciudad, el sueño simplemente no me alcanza, rojos corazones latiendo en una latitud distante y yo buscándoles entre sueños, abrazándoles a mis recuerdos. Persiguiendo a Morfeo pero todo en mi vista se nubla de rojo, de Rojo, de ROJO.

Por la mañana del 18 la resaca de la realidad no ayuda, la carga de trabajo infinita, las voces radiofónicas familiares, las mordaces palabras en los encabezados de Río Doce y la sonrisa que se destaca de la ilustración que hace de portada del libro que durmió bajo mi hamaca en la cual se distinguen, además de ella se pueden apreciar unas gafas, un sombrero característico y unas letras en rojo sangre.

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El texto me llama, me encuentro en el preludio como un eterno epílogo, como cualquier esfuerzo de escritura, siempre posterior, siempre en el futuro del pasado, narrando las emociones que sucedieron al menos hace un segundo, o en este caso, al menos hace unos meses.

El Camino Rojo.

“El contar lo que somos, nos ayuda a ser”

— Eduardo Galeano.

Dice Juan Villoro que la crónica es literatura bajo presión, y creo que me hubiera encantado escucharlo entrevistar a Ryszard Kapuściński, al que cariñosamente le digo Don Ricardo cuando dialogo con él en mi cabeza, pues éste decía en alguno de sus textos que cuando estaba frente a grupos y llegaban a preguntarle cómo realizar la crónica más acertada o apropiada contestaba que lo que había que hacer era dejar pasar 10 años, porque el tiempo desgasta la memoria hasta dejar lo valioso. Como carbones que se convierten en diamantes, nuestras emociones se abrazan a los recuerdos y se funden para crear esta gema preciosa a la que llamamos memoria.

Pero a veces, la memoria recibe cierta carga de presión extra, igual que los carbones y empieza a turbarse y volverse un torbellino, un tornado, un huracán; reclama lo que le pertenece, una lágrima, un verso, una palabra, un susurro, un abrazo. Este escrito pretender ser un poco de ese reclamo de la revitalización en texto de un encuentro que nos hace fuertes, nos recuerda quienes somos y nos mueve. Ante tus ojos tienes la crónica de un Camino Rojo, que caminé en 3 días de marzo pasado, como unas cuantas decenas de personas más, cada quien su camino, cada quien sus piedras a la espalda o ante sus pies, saltando algunos barrancos pero siempre, hombro con hombro.

Poster de la primera edición de El Camino Rojo, Encuentro Internacional de Colectivos en Resistencia.

La osadía indómita.

Mi primer día de viaje es como esos procesos históricos que se rebelan ante cronos, y deciden iniciar unos cuantos años antes del cambio de década, o de siglo, y se extienden por todo el período que sigue. La madrugada empezó a las 9 de la noche del día anterior, en el aeropuerto con una fórmula que se me ha vuelto costumbre: la mochila al hombro, la maleta pequeña de aeropuerto con stickers, y la sudadera desgastada que nunca se usa en Mérida. Volaba vía México D.F. rumbo a Culiacán, Sinaloa. Llegaba a la conexión a las 12 de la noche, y me iba en el primer vuelo de la mañana. Así que pasé una noche que bien puede leerse en otro relato, jugando como gato con una bola de estambre enredado, y observando como los cuerpos se mueven al son que Morfeo toca, aunque ni siquiera se crea que esos seres están dormidos.

Al estar en el avión, grabé un mensaje de audio que construyó un diálogo de meses, que aún no concluye, con una amiga que vive más allá de la frontera norte, le conté a donde iba, que implicaba para mí, y lo nervioso que me pone estar frente a grupos nuevos de emociones y realidades desconocidas, sobre todo luego de llevar tanto tiempo sin salir de la península. Aterrizando por la mañana, y con los mensajes enviándose, me tocó esperar a mi primera compañera de viaje, o bueno, a un par. Ella llegó con la maternidad gestándose, una sonrisa gigante y con una preocupación similar a la mía. Esperamos algunos minutos en lo que nos poníamos al día, no pasan en balde 3 años sin encontrarnos.

Aunque esperábamos a quien nos invitó al evento, nos abordó un felino trashumante de anteojos del que pronto descubrimos que le gustaban mucho más los lentes, aquellos que documentan la realidad en fotogramas y sonido. Él nos llevó a desayunar a un lugar impresionante. Las placas en la puerta nos reciben junto con los carteles de obras adentro del lugar, nos anticipó que era su espacio de trabajo, que como buen cubil felino se activaba mayormente por la noche pero que además de hacer funciones de teatro y música era también un punto de reunión.

Poster de convocatoria de El Camino Rojo capítulo II. Click para más información.

Café Teatro Cúcara Mácara lleva a Oscar Liera por todos lados y yo aún sin conocerlo sentí cierta fuerza, pero al seguir preguntando entendí todo. Mientras volvía a la vida bocado a bocado le preguntamos la razón de que el evento llevara por nombre Camino Rojo y nos dijo que – Estábamos en la mesa de ahí sentados, y el compa volteó a ver uno de los carteles y dijo ¿y si lo llamamos Camino Rojo?– para un estado como Sinaloa, no hay otra forma de construir colectivamente esperanza, más que a través de la osadía indómita y ellas y ellos, decidieron llevar ese nombre.

Con las panzas satisfechas salimos con rumbo al taller Juan Panadero, donde se estaba encontrando la gente para organizar el transporte hacia el destino final donde nos agremiaríamos por tres días. Ahí ante una pared amarilla me recibió Dante con la carcajada, el abrazo y la energía que siempre compartimos y me presentó a algunas personas con el famoso saludo de los desconocidos, sabes que están ahí, y que eventualmente cruzarás unas palabras, pero por el momento te desconozco y lo único que puedo resguardar en la mente es una de tus adscripciones, ya sea tu nombre, de dónde vienes, el primer comentario que me hiciste o el gesto con el que nos conocimos, pero nunca todas las anteriores  así que a excepción de la Lola, una singular cánida a la que no le caí muy bien que digamos, seguí fiel a mi costumbre y no me aprendí ningún nombre.

Un par de horas después, y con el suéter olvidado en el taller, nos dirigimos con rumbo medio desconocido, en el coche reconozco brevemente las historias de dos de las personas que lo habitan junto conmigo, Coizta hace video, viaja por el país buscando historias que narrar, su nombre es de una lengua indígena del norte del país que no logro memorizar y me habla con una familiaridad que me desconcierta, al parecer hemos cruzado caminos en otro momento aunque no hayamos cruzado palabra.

La otra persona que toma la palabra dentro del vehículo es Mafalda quien vive en Culiacán, tiene un tesoro perdido de tiempo atrás, trae unas gafas de pasta negra y una colección ya no tan reciente de arrugas en el rostro, sonríe con el cansancio de las andanzas y habla con soltura de su familia. La busco en los recuerdos y solo aparece con su uniforme de las Sabuesos, ella también es de la jauría que convoca, que aúlla por las noches a la luna, que busca por las madrugadas, y que desgarra la tierra con las garras. Ella mira, observa, analiza. Cuando no está interactuando se mantiene en calma, pensando, con una parte aquí y otra en algún lugar, esperando, vigilante.

Un llamado de luz.

Llegamos a un lugar fuera del tiempo y aparentemente del espacio, somos el primer vehículo en arribar, al abrir la reja notamos las dimensiones del lugar, un jardín grande y rincones para platicar por horas, un par de edificaciones y un quisco pequeño. Un terreno difícil de nombrar porque en mi contexto le llamaríamos quinta pero aquí no sé qué nombre tiene: el verdor es diferente, las plantas me parecen prácticamente todas irreconocibles, tal vez vislumbro una bugambilia pero aún me siento con poca certeza. Lo que si reconozco enseguida son los zumbidos, tendremos una población bastante numerosa de mosquitos diminutos, acá les llaman jejenes y en mi tierra probablemente los reconozcamos como chaquistes, aunque desconozco si están emparentados.

Recorro el espacio edificado, aún vacío, tomo algunas fotografías en soledad que no podrán ser replicadas porque a los pocos minutos empiezan a llegar personas como caravana y cambia el silencio por una actitud de fiesta, la gente empieza a buscar donde instalarse, a poner las casas de campaña, a compartir palabras, ideas y risas. Se cargan muchas cosas, quienes convocan se ven profundamente alertas organizando todo, sillas, mesas, lugares. Todo parece ir quedando en su lugar, al menos las cosas y los espacios, para nuestros lugares como seres faltará aún reconocernos y mirarnos a los ojos.

La inauguración del evento estuvo a cargo de las Sabuesos Guerreras quienes nos llamaron pidiendo que nos colocáramos en torno a un altar que se había colocado al centro del espacio. Siete veladoras, rodeadas por pétalos de flores al centro y alrededor fotos enmicadas con nombres y números de teléfono. Observo las caras serias y también algunas sonrientes de los fotografiados, se encuentran lejos de casa y de los corazones de sus familias desde hace semanas, meses o años. Ellas, las Sabuesos, escarban con sus garras muchas veces por semana, desgarrando Sinaloa centímetro a centímetro, buscan a parte de su familia que fue desaparecida por la vorágine de violencia que vive Culiacán, Sinaloa y México.

En los primeros días de cada mes, se reúnen frente al mural que pintaron colectivamente en Culiacán a ponerle luz a los rostros de sus familiares que están lejos de casa, pidiendo que llegue hasta ellos para alumbrarles el regreso, que sepan que se les abraza a la distancia y que sus pasos, ya sea que estén en este plano o el otro, encuentren el camino que les de paz, recordando que sus corazones palpitan en sintonía con quienes les buscan hasta el último aliento.

De la mano, en torno a esas siete luces en el pasto, nos reunimos todas las personas que llegamos a andar el Camino Rojo, y de la mano decidimos caminar el resto del tiempo, no solamente escuchamos las palabras que le dedicamos a la luz que llama a los perdidos, sino que nos presentamos y dijimos de donde veníamos con la emoción a flor de piel de ser y de escuchar a otros seres maravillosos en otros puntos del círculo. Es ante esta luz que decidimos también escuchar el llamado que nos convocaba, y poner todo de nosotras y nosotros para aprendernos, compartirnos, abrazarnos y cuidarnos.

(Final de primera parte)

Rulo Zetaka (1988) Nacido yucateco, de corazón trashumante. Escribe crónica y
relato por convicción y por sanación desde hace 4 años. Participa de distintas
colectividades en la promoción y defensa de derechos humanos, creación artística
y literaria, así como de trabajo con, en y para comunidades y grupos indígenas.
Aprendió desde chiquito a escribir con la zurda por lo que traza siempre los
encuentros desde el lado del corazón. Siempre que se siente perdido recuerda
que hay que dar el primer paso con el pie izquierdo.

Texto: Rulo Zetaka (RZK). Fotografía: Iliana Mexía.

 


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