Historias de histeria | Cuatro veces perdón

Historias de histeria | Cuatro veces perdón

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En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En historias de histeria hacemos un recuento de aquellos sucesos que nos hablan de la necesidad de emprender acciones para devolver la paz y tranquilidad a todos los culichis.

A Geovani se le había hecho tarde para su turno y en lo que llegaba me pusieron a mí a atender sus mesas, no se la hice de pedo, porque cuando yo llego tarde él también me hace el paro, aparte los miércoles está tranqui, no es como que a la gente se le antoje tanto pistear entre semana.

Ya eran como las 9 y aunque el bar estaba solo mi compañero no llegaba, así que le mandé un Whatsapp, pero no me contestó, cuando menos lo pensé escuché su risa atrás de mí, llegó y nos saludó a todos como si nada.

Aunque lo llamaron de gerencia para platicar salió como si nada y se puso a trabajar, no es como que aquí seamos muchos meseros, ni que sea el trabajo más envidiado, así que de cierta forma nos tienen que aguantar, eso a menos de que robes y te cachen, o te pases de lanza con los clientes.

El lugar se fue llenando poco a poco, una cosa rara para ser un miércoles a media quincena, pero nosotros nos pusimos a sacar los pedidos, Giovanni es muy irresponsable con las llegadas, pero siempre es el que se lleva las mejores propinas porque está carita y las morras siempre le dejan buena feria, igual se reparte entre todos pero este wey siempre le saca machín a las propinas.

Como a eso de la 11 llegaron unos morros que se miraban buchonsillos con otras dos morras muy bonitas, se sentaron al rincón y me mandaron a mí a atenderlos. Pidieron dos cubetas y una de las muchachas no se decidía porque platillo ordenar, le preguntaba a cada rato, pero no elegía.

Después de un rato me acerqué a llevarles otra cubeta y una de ellas me encargó unas papas fritas, pero la otra seguía sin elegir nada.

Regresé con su pedido y entonces la otra morra me encargó una tostada de aguachile, pero la cocina ya había cerrado, le comenté eso y como que se sacaron de pedo, se pusieron molestos, pero realmente el cocinero ya se había ido del bar y la cocina estaba ya sin funcionar para nadie.

De ahí en adelante se empezaron a portar muy mamones conmigo, tiraban botellas al suelo, me respondían de mala gana o me ignoraba cuando les preguntaba si les hacía falta algo, ya quería que se fueran, porque realmente me ponían muy incómodo.

Luego de un rato uno de ellos me pidió otra cubeta, se las llevé rápido y les avisé que ya íbamos a cerrar, como que no les pareció pero igual seguí atendiéndolos. Al momento de entregarle una de las cervezas a las morras, una de ellas metió la mano, no sé si accidentalmente, pero terminé empapando a una.

Me la hicieron de pedo de una manera muy es escandalosa y violenta pero yo me limité a pedir disculpas, incluso le hablaron a mi gerente y me tuvo que llamar la atención delante de ellos. Lo habitual cuando la cagas.

Momentos después se encendieron las luces del bar y yo me acerqué a Geovani, que empezó a hacer chistes de lo sucedido, yo solo dije que eran unos ‘pinches mamones’, sin darme cuenta de que uno de los morros me había escuchado.

Se fueron todos y luego empezamos a cerrar, me despedí de unos compas del bar y me salí a pedir el Uber para mi casa.

Cuando lo estaba esperando fumándome un cigarro una camioneta se detuvo delante de mí ahí en el estacionamiento de la plaza.

Del carro se bajaron los batos que había atendido en el bar, los del pedo de las cervezas. Se bajaron y entre risas empezaron a pegarme, yo quise defenderme, pero eran dos. En eso uno saca una pistola y yo la neta empecé a sudar frió, tenía mucho miedo.

Lentamente me la puso en la cabeza y me dijo que me hincara. Así arrodillado se bajaron las dos morras, ahí estaban los cuatro delante de mí y me hicieron que le pidiera perdón a cada uno, una de las morras me escupió en la cara.

Luego de que les pedí perdón los batos nada más se rieron y se fueron, yo me quedé ahí arrodillado otro rato hasta que la camioneta se desapareció a lo lejos.

Un rato después llego Geovani, mi compañero, que había visto todo, pero le dio miedo acercarse, me dio un abrazo y me invitó a los tacos en lo que se me bajaba el susto.

Al otro día le platicamos al gerente, pero nada más se rió y nos dijo que ‘al cliente lo que pida’.

¿Será que la constante exposición a hechos de violencia, narcotráfico, corrupción e impunidad y muchos otros más que ocurren constantemente en Culiacán y Sinaloa empiezan a afectar el correcto funcionamiento de la psiqué de los sinaloenses?


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