Tema de la semana | Halloween y el jueves negro: ¿a qué estamos jugando?

Tema de la semana | Halloween y el jueves negro: ¿a qué estamos jugando?

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Cuando no termina el Gobierno Federal de explicar y convencer sobre lo que ocurrió en Culiacán el llamado “jueves negro”, y a las horas de que la sociedad se manifestó en contra del dominio que los grupos violentos ejercen sobre las instituciones y ciudadanos, la noche de Halloween sacó a relucir el culto a la delincuencia como si no bastara el estigma que marca a una ciudad cuyo distintivo no puede ni debe ser el salvajismo.

Adultos y niños disfrazados de Ovidio Guzmán, parodias de máscaras de políticos conviviendo con capos del narcotráfico, recreación de las camionetas artilladas que se utilizaron en el ataque de la delincuencia organizada del 17-10-19 y parafernalia desbordada en torno al estilo buchón, generaron una nueva polémica respecto a la actitud de los sinaloenses frente a la inseguridad desbordada que afectó a la capital del estado.

Llamó la atención sobre todo otra estampa estremecedora que redunda en la irracionalidad esta vez no expuesta por el crimen sino por los ciudadanos. Una mujer paseó al interior de un centro comercial a un niño disfrazado de sicario del narcotráfico, con la pistola fajada a la cintura y arrastrando un bulto simulando un cadáver “embolsado”.

Esa parte enferma de la sociedad culiacanense exhibe el delirio último de querer ser como nuestros verdugos, dando por aceptado que ni desde el gobierno ni desde la familia se ha podido derrotar al enemigo y como último reducto de la desesperación habría que unirnos a él, al menos replicando sus barbaridades con el juego de antifaces o dramatización de los absurdos.

¿Qué nos está pasando? De pronto el terror desquicia la convivencia de la población pacífica, altera el orden legal y pone de cabeza a las instancias gubernamentales, y a los pocos días una parte significativa de la población, jóvenes en su mayoría, le dan impulso a la adoración al narcopoder, tal vez como burla o quizá para fundirse con un modo de vida del que muchos no quieren ser ajenos.

Es divertido para audiencias ávidas de replicar los antivalores, aunque la realidad de eso que se imita indignó de manera generalizada a ciudadanos de paz cuya integridad personal y familiar se halló en peligro por el infierno que trastornó a Culiacán y refrendó la vulnerabilidad de los habitantes que nada tienen que ver con los ajustes de cuentas entre delincuentes y también sin culpa en las erráticas acciones del gobierno para combatir al gran hampa.

Los niños y jóvenes son necesariamente una calca de las condiciones de vida que les estamos ofreciendo. La incomprensible idolatría a los bárbaros, al grado de personificarlos en la actual coyuntura que más amenazas evidencia contra los sinaloenses, podría ser hasta más espeluznante que el recién vivido jueves negro. Estamos condenando a las nuevas y futuras generaciones a caminar en el suelo resbaladizo donde lo malo parece bueno y lo bueno, malo.

Lejos de inmovilizarnos en el pasmo como sociedad, tenemos que entender la realidad y construir las enmiendas y correctivos de aquello que nos estremece en una noche de Halloween que nos aporta el espejo donde nos vemos tal cual somos. ¿A qué estamos jugando? Si se tratase solamente de un entretenimiento que ninguna afectación le causa a la parte pacífica, entonces habrá que aceptarlo como parte intrínseca de nuestras desgracias comunes.

Pero si este comportamiento lúdico conlleva en riesgo de perder de vista lo fundamental, que son la civilidad y convivencia legítima, será necesario trabajar muchas jornadas, programas e acciones de gobierno antes de que lleguemos al punto sin retorno de la narcocultura avasallándolo todo.

Es de vida o muerte, así literalmente, ser autocríticos. ¿Hemos renunciado a la obligación de educar, no solo en la escuela sino en la familia, a nuestros hijos para la paz y los principios primordiales? ¿En qué momento dejamos del lado el respeto como base de la civilidad? ¿Seremos capaces de rescatar a los niños y jóvenes que se nos escapan en el tobogán de lo irracional? ¿Dejamos de querernos nosotros mismos para adorar a los que nos destruyen? Todavía estamos a tiempo de, al menos, reflexionar.


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