Culiacán y sus historias | Cierto día

Culiacán y sus historias | Cierto día

Así es, cierto día de cierto mes en cierto año en cierto lugar y a cierta hora nos citamos ciertos personajes: Felipe Ayala, Reynaldo González y un servidor. Felipe y yo llegamos casi juntos y yo, pa qué es más que la verdad, ya tenía varios días con la idea dándome  vueltas en la choya de conocer algo más de la vida de mi singular amigo, y como ya saben que  dicen que la oportunidad la pintan calva, en esa ocasión de volada lo abordé, es más, aun no nos sentábamos cuando le dije, Oye Felipe, sabes qué, ya tenemos tiempo de conocernos y siempre que platicamos hablamos de cómo era antes esto y como era antes lo otro y se hizo esto y  en tal fecha se hizo aquello en tal otra  y de ti, no sé nada, sólo sé que jugabas beis bol y que vendes coronas, que participas en el radio  y nomás, párale de contar, ah no, también que te gusta  la pesca y la caza, pero  eso es todo, Pues es todo lo que hay, ¿qué más quieres?, Pues que me platiques de ti, ¡Mira qué cabrón! a ver,  platícame tú de ti. Porque de ti tampoco hablas nunca, Bueno, pero de mí tú lo sabes todo, digo, conociste el tiempo en que yo nací y sabías como era el ambiente, los lugares y todo y lo sabes mejor que yo, porque pos ya estabas grande cuando yo nací, en cambio de tus tiempos…  ¡Oye, oye espérate! ¿Qué quieres decir con eso de “tus tiempos”? ¿Qué ya me morí o que chingaos?, porque según yo, estos también son mis tiempos, ¿o ya no cuento o qué?, No, no pues sí, también es, pero tú sabes a qué me refiero, a los tiempos de cuando eras niño, Ya lo sé jajaja nomás te estoy vacilando a ver que decías. ¿Oye y el Chachito no te dijo si va a venir o no?, No, no va a venir, le dije, ¿Y eso por qué?, dijo extrañado, ¿Si quedamos muy formales y él es muy formal?, No va a venir, porque ya está aquí, ¡Mira qué cabrón, ya te la cobraste!, exclamó alegre. Y es que así era el buen Felipe, un hombre excepcional, alegre y pícaro bromista, muy sano y con voz de locutor, además de lúcido y bien documentado.

El profe Reynaldo llegó y nos saludó. Por cierto, de cierto era hasta cierto punto extraño el tratamiento entre nosotros, verán, el profe Reynaldo nos hablaba de usted a los dos, Felipe nos hablaba de tú, a los dos y yo le hablaba de tú a Felipe y de usted al profe Reynaldo. Así se ve fácil, pero a la hora de una opinión era la bronca. Usted que opina y tú y tú y tú y tú y usted, y usted y usted, uf apenas nosotros nos entendíamos.  El caso es que puse en antecedentes al profe de cómo estaba la bronca y estuvo de acuerdo y a Felipe no le quedó otra que hablar de él.

Miren, nos dijo, Yo ya estaba destinado a querer mucho no nomás a Culiacán y a Sinaloa, sino a todo México, ¿Por qué?, le pregunté, Pues porque imagínate nomás yo nací un domingo veinticuatro de febrero, el mero día de la bandera nacional, así que ni pa’donde hacerme. Eso fue en 1924, y me pusieron José Felipe Ayala Medina. ¿En qué hospital naciste, en el Civil?, ¡No, qué hospital ni qué hospital! Yo nací ahí en la Vaquita, en la casa de la familia Amarillas Sánchez, ahí trabajaba mi madre como sirvienta y me crie ahí entre las calles Ángel Flores y Rafael Buelna, todos esos eran mis terrenos. Me gustaba mucho ver pasar el tren, ahí me entretenía lo que era una barbaridad y me gustaba escuchar cuando pitaba, siempre pitaba cuando iba cruzando el puente. Oiga don Felipe, dijo entonces el profe Reynaldo, Yo recuerdo que de chamaco fui a la Vaquita como unas dos veces, pero hasta ahí, sabía que era un barrio muy antiguo pero nunca supe en donde exactamente empezaba ni en donde acababa, Ah, mira Chacho, la Vaquita  se situaba desde la orilla o margen izquierdo del río hasta un poco antes de llegar al Puente Negro y tenía como límite para acá, rumbo al centro, hasta la Avenida Nicolás Bravo. ¡Ah qué chinteguas!, no era muy grande, y a mí se me hacía que era enorme entonces, Ahí si te equivocas Chacho, sí era grande, bueno, comparado con otros barrios, y no, fíjate que no era grande, sino el más grande; claro que ahora no lo sería pero en aquel tiempo sí, porque entonces Culiacán era un pueblo más o menos chico, pequeño pues, sus periferias eran de la calle Francisco Cañedo, hoy Francisco Villa, hacia el norte, hasta la vía del Ferrocarril hacia el sur, porque imagínate ahí por la Gabriel Leyva Solano nomás había unas cuantas casitas que colindaban con la pasada del tren, pero de ahí en fuera  todo era monte cerrado y solamente existía una brecha para  la Lomita, un camino de terreno blanco que parecía un desierto aislado sin nada de gente ni casas bajo el cerro de la Lomita, nada. Y la gente no crean que acudía mucho, empezó a ir en masa por allá en los cuarenta y tantos cuando empezó a ir el camión, pero antes nada o, mejor dicho, casi nada, uno que otro riquillo que tenía carro o carruaje y párale de contar.

Oye Felipe, dije entonces, ¿Ya te diste cuenta que nos enredaste?, estamos hablando de ti  y ya vamos en la Lomita, a ver, platícanos de tu mamá qué onda ¿quién fue?, Mi madre biológica se llamaba Petra Camacho Gaxiola, oriunda de Alhuey, Angostura y trabajaba  como sirvienta ahí donde les dije que nací, en la casa de la familia Amarillas Sánchez, es más, eso ya se los había dicho, lo que no les he dicho es que ella, mi mamá, Petra, fue de las Adelitas de la Revolución. Por cierto han escuchado la canción esa de “Las Tres Pelonas”, Creo que sí, le contesté. Ha bueno, pues miren, ahí se menciona a tres mujeres y una de ellas era mi mamá Petra. ¿En esa canción?, preguntó con verdadero interés el profe Reynaldo, Sí, en esa misma Chacho, en el pedazo que dice:

“Estaban las tres pelonas

sentadas en la ventana:

la Cuca, la Petra,

la loca de Soledad… ”

Pero déjenme decirles que esa es sólo una de las mejores, pues digamos… versiones, porque según mi madre, que en paz descanse, una vez platicando sobre ese asunto ahí con la patrona le oí decir que de esa pieza hay muchas versiones, con decirles que hay una arreglada para Obregón, pero la mera, mera, fue compuesta muchos años antes de que estallara la Revolución, así como lo oyen esa canción no es de la Revolución como dicen, sino de antes y también dicen que es del dominio público, pero pura madre, lo dicen porque les conviene pero yo oí a mi madre que la compuso     un señor de apellido Calderón, no me acuerdo bien del nombre me parece que era Isaías o Isaac no, no me acuerdo bien, para qué les voy a echar mentiras, porque pues yo lo escuché de ella cuando yo estaba de a tiro chiquillo, y bueno, cuando estalló la Revolución pos como la tonadita es muy pegajosa lueguito la hicieron y le acomodaron la letra a como les vino en gana, cosa que por cierto le encantó a Francisco Villa, y pues como no le iba a gustar si en una parte decía:

“Estaban las tres pelonas

sentadas en una silla

y una a otra se decían:

¡Qué viva Francisco Villa!”.

Pero originalmente no decía nada de Villa porque como les digo eso ya fue muy posterior y ese hombre que la compuso la hizo para sus hijas como veinte años atrás. No me acuerdo bien por qué se las hizo, pero si me acuerdo que fue para sus hijas, a lo mejor como diversión, vayan ustedes a saber, y a ese hombre mi madre lo conoció y platicó con él por allá en México, cuando arreglando eso de la mentada Convención de Aguascalientes. Él era, según mi amá, un tipo de unos cincuenta y tantos años pero que se veía muy amolado, mejor dicho, muy avejentado y debilucho, decía que se veía flaco, flaco y encorvado. Dirigía la orquesta de Villa y componía las marchas y la chingada, y saben qué a ese hombre que Pancho Villa, y todos los villistas admiraban, porque yo digo que le estaban agradecidos por haber compuesto “Las Tres Pelonas”,  que era como un himno para ellos y cantaban a coro por todas partes y la chingada, es más todo mundo sabe que cuando Pancho Villa quería oír esa canción, que era una de sus preferidas, le hacía señas a cualquiera de las bandas de su tropa y nomás levantaba tres dedos y lueguito se la tocaban. Y ¿qué creen?, a ese hombre los mismos villistas lo fusilaron, ¡Ah carambas, a ver a ver ¿cómo estuvo eso don Felipe?, preguntó el profe Reynaldo? Pues cómo iba a ser, unos cabrones ignorantes, villistas, pero ignorantes los pendejos que ni siquiera sabían quién era aquel hombre vestido de catrín que al fragor de la batalla salió de donde estaba con la orquesta para ir a incorporarse a las filas y lo agarró otro grupo que no lo conocían y por más que él les dijo que se equivocaban que era de ellos, no le hicieron caso confundiéndolo con uno de los de los riquillos del pueblo se burlaban de lo que decía y lo consideraban cobardía para salvarse, y mi madre que sí lo conocía porque ya hacía mucho había platicado con él, cuando vio al grupo que ya lo llevaban al paredón se acercó y les dijo que estaban mal que él era villista, pero pues no le hicieron caso porque pues con la batalla a todo lo que daba, andaban como enyerbados. Entonces mi madre viendo que no le hacían caso corrió para buscar a alguno que tuviera grado y lo conociera para salvarlo pero pues nadie hacía caso o no sé qué pasó, total que se regresó para seguir insistiendo y cuando llegó a la esquina vio que ya lo tenían en el paredón  y también vio cómo se negó a ser vendado y murió como todo un valiente. ¿En dónde ocurrió eso don Felipe en México?, no Chacho, eso ya fue en Guanajuato en un lugar no sé si sea rancho o pueblo o ciudad, pero ese lugar se llamaba o se llama Salvatierra, allá han de saber mejor del asunto. ¡Ah qué chinteguas!, exclamó el profe para luego aclarar, Pero pues sí, así suele ocurrir en mitad de las confusiones absurdas de los ahora pomposamente llamados movimientos revolucionarios que, a la postre, y perdónenme que se los diga, pero a la postre nada revolucionan. Así es Chacho, pero fíjate que yo estoy seguro que si Villa o alguno con grado, como decía mi madre, hubieran visto aquello, Jamás lo hubieran fusilado.

Bueno, dije yo, pues sí está muy interesante todo eso Felipe, pero ya nos volviste a enredar y de ti no nos dices nada, ¡Oh qué la chingada! ¡Pues así soy, así platico yo, ¿qué quieres que haga?, se me olvida hablar de mí y me enredo como tú dices! ¡Mejor ya no hablo, mejor platiquen ustedes, yo los escucho!, ¡No hombre, no se trata de eso!, es más, tú síguele como te dé la gana, ¡Ah bueno pues, voy a seguir, pero si me vuelven a joder con eso de que los enrollo les doy un cabronazo a los dos, ¿Y a mí por qué?, preguntó el profe, ¡Por solidaridad!, fue la respuesta y soltamos la risa.

Luego de un largo respiro Felipe nos preguntó:

¿En qué me quedé?

Mario Alvarado

Es escritor y cronista sinaloense. Es encargado del programa de narraciones de historias y leyendas del viejo y nuevo Culiacán el cuál tiene desarrollandose ya dos años en el Casino de la Cultura cada dos miércoles de 6:30 a 7:30 PM. Ha escrito varios libros, el último “Narraciones y Leyendas de Culiacán”, el cual reúne más de 30 de estas historias y vivencias de los culichis.


¿Tienes una denuncia? | Hazla en ESPEJO:

Si cuentas con fotografías o videos de interés público, compártelos con nuestros lectores. Envíalos al correo electrónico: [email protected]