Picar piedra, la labor del restaurador

Picar piedra, la labor del restaurador

Arturo Aguirre, restaurador encargado de los documentos, históricos y no, del Congreso del Estado, cuenta cómo es que llegó a Sinaloa y la fascinación que le causa su profesión.

Lo tenían ahí, retenido, con sus espátulas, bisturís, planchas para alisar papel, la celulosa y sus polvos de restaurador. Arturo Aguirre se veía frente a la cámara de los policías federales y pensaba en su ingenuidad.

Su error fue abrir la maleta y exponer todo lo que traía a Sinaloa. Sus polvos y bártulos alzaron la sospecha, alertaron a los agentes en la sala de abordajes del aeropuerto de la Ciudad de México.

Pero más que ropa, era su herramienta de trabajo.

Que venía a montar un narcolaboratorio, le dijeron los agentes.

Y cuando a un policía se le ocurre tal acusación, implica un esfuerzo mayor del involucrado por explicar el sinsentido. Arturo Aguirre no podía creer la escena. Había perdido el vuelo y luego, al aclararse su situación, perdería su maleta con los utensilios de labranza.

“Agarré una maleta y por tratar, ingenuamente, que no me detuvieran en el aeropuerto, quise mostrarles lo que traía. Yo todavía les decía: ‘esto se puede comer…’ Me daban a entender que venía a Sinaloa a montar un laboratorio. Mis cosas eran espátulas, bisturís, planchas para alisar el papel”.

Pero Arturo Aguirre no venía a Sinaloa a montar un narcolaboratorio. Era la persona a la que el Congreso del Estado había elegido para rescatar sus archivos tras la inundación del huracán Manuel, en septiembre de 2013.

A casi seis años de aquel trance el recuerdo aún tiene la suficiente fuerza para hacerle reír. ¿Qué haría un restaurador como él, que ha ido del dibujo al diseño, de las físico-matemáticas a la filosofía, de la Academia de San Carlos a la Complutense de Madrid, en un narcolaboratorio?

PICAR PIEDRA

Arturo Aguirre llegó al Congreso de Sinaloa y supo lo que era el desastre. Venía a rescatar el archivo del Poder Legislativo tras la inundación provocada por “Manuel”. Era octubre, casi un mes después del siniestro.

Le habían explicado lo sucedido aunque no le alcanzó para dimensionar el compromiso que se ponía sobre el hombro. No imaginó que era enfrentarse a una propagación de hongos sobre los archivos, al lodo destruyendo el papel. A “Manuel” y la calamidad tras su paso.

Es picar piedra, le dijeron. Y aceptó.

“Era desastroso. Fue una situación que yo no esperaba. Pensé que era como otro de mis proyectos: venir a arreglar. Pero tampoco me imaginaba las dimensiones. Los documentos que se mojaron fueron entre el 30, 35 por ciento del total pero al hacer un  análisis general encontramos que más del 60 por ciento estaba dañado. Había documentos que estaban en un segundo piso y tenían hongos”.

El problema no era el fango en sí, sino las condiciones creadas por la misma inundación: propicias para la generación de hongos y bacterias de todo tipo.

Algunos de los documentos a resguardar. FOTO: Rolando Carvajal/Revista ESPEJO.

Al llegar se encontró con un proceso de secado de los documentos. Alumnos voluntarios de la Facultad de Historia apoyaban, pero se necesitaba de alguien con conocimiento sobre el material.

Ahora, ya con un espacio para la curación y el resguardo de alrededor de 3 millones de archivos propiedad del Congreso de Sinaloa, sabe que el riesgo sigue. Nadie podrá quitar el río Culiacán de las espaldas del Congreso. Así el Archivo construido tenga 20 centímetros por encima del nivel del recinto parlamentario.

El Archivo del Congreso emerge luego del desastre. En él se guardan documentos históricos que datan de 1700, de 1855. Y otros miles de archivos que no son de su propiedad pero que están bajo su tutela.

Los principales enemigos de los archivos en Sinaloa, en orden de importancia, son: el hombre y el clima húmedo de la entidad.

Y explica que si en el Congreso hay un corte de energía eléctrica, se vuelven a disparar los brotes de hongos en los documentos.

Pequeños insectos afectan a los archivos del Congreso de Sinaloa. FOTO: Rolando Carvajal/Revista ESPEJO.

RESTAURADOR

Arturo Aguirre habla del papel con una especie de devoción ilimitada. Empezó haciendo dibujos y luego pasó al diseño.

“Ha sido complejo llegar a ser restaurador. Yo mismo dudaba sobre lo que estaba haciendo. Los que estamos en esto vamos sobre la marcha, aprendiendo, como en la Medicina. No puedo decir que ya no quiero aprender. Esto es estar buscando constantemente soluciones”.

La mayoría de los restauradores, abunda, se dedican a la obra de arte. Da más prestigio, da más nombre. Se nota más. A las cuestiones de archivos casi no le quieren entrar. Hay cierta resistencia. Yo me he estado especializando en papel. El papel es fascinante porque es un objeto tecnológico.

FOTO: Rolando Carvajal/Revista ESPEJO.

Y explica todo el proceso de la restauración.

Añade que al documento afectado se le aplica un proceso de estabilización física y química en busca de prolongar su vida. Y dependiendo para qué se quiera (exponer, resguardar, digitalizar o para consulta) es el tipo de sustancia que se usa.

“Nuestra principal función aquí es la custodia. Custodiamos lo que el Congreso de Sinaloa produce. Y tratamos que tenga una vida útil prolongada. Si bien lo que más llama la atención es la pieza restaurada, nuestro trabajo va más allá: es proteger toda la colección. Es tratar que la información generada por la institución le sirva a la propia institución y a la sociedad”.

FOTO: Rolando Carvajal/Revista ESPEJO.

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