Zona chilanga | Cincuenteando III

Zona chilanga | Cincuenteando III

Todo parecía no haber cambiado: los perros se estiraban igual, el impudor seguía reinando y ella, seguro, ya no era la misma.

Todos se fueron, pero ella se quedó dormida en la arena. La despertó un caliente rayo de sol. Se encontraba allí, sentada, viendo un desenfadado horizonte fálico. Penes caídos, vigorosos, pares de tetas al aire sin que nadie se diera color; excepto la propia piel. Metros de carne humana expuesta al sol, kilómetros de loción bronceadora extendida sobre kilos y kilos de carne caliente. Zipolite seguía siendo la misma. Jóvenes y ancianos ventilando bolas, curvas y cueros, nada más liberador que le reafirmara eso que otros no quieren aceptar: todo pasa y nada queda.

Sentada frente al Sal y pimienta, se tomaba un coco con popotillo de metal. Sentía que la arena ya le atravesaba los pliegues, lamentaba que su derrière estuviera tan hecho a las sillas acolchonadas, en cambio el perro que la rondaba husmeaba sin recato en busca de lo que fuera. El pobre perro del vecino, encerrado en cuatro frías paredes, llorando sin cesar en espera de su dueño para una ralo paseíto de 10 minutos. El lugar seguía siendo eco friendly, la gentrificación estaba lejos y hasta los peludos parecían huir de ella. Sorbía el agua fría, veía a los paseantes y pensaba en esa primera vez que llegó a Zipolite, fue a media noche sin reservación previa. Lo más que encontró fueron unas hamacas deshilachadas y la promesa de conseguir una cabañita de lo más rústica para descansar a sus anchas. Aquella vez, también el sol la despertó con el cuerpo aquebrantado; el viaje había sido largo y atropellado entre camiones y raites, pero el desenfado era el mismo. Todo parecía no haber cambiado: los perros se estiraban igual, el impudor seguía reinando y ella, seguro, ya no era la misma. Seguro era el aire, ese que su madre le dijo que tenía en la cabeza.

La imagen del pastel dorado que le habían propuesto por el próximo cincuentón le aterraba. El discurso obligado repleto de éxitos, ¿?, ella sólo había conseguido mantenerse en el camino. Las frases de que la vida apenas comienza, que a los veinte una es engreída y caprichosa, pero que a esta edad ya hay claridad de lo que se quiere y una avanza sin escuchar a nadie más que asimismo. ¿Que no sabían que ella nunca había escuchado a nadie?

Sentía que se insolaba. Caminó a su cabaña y ni rastro del hormiguero. Subió por la escalera de caracol. No había nadie. Tomó el cuaderno y empezó a escribir. Lo que pasa es que tienen mucho aire en la cabeza.  ¿Cómo que te quieres ir a La Patagonia?, no sabes ni dónde queda?, en efecto no tenía ni idea de cómo llegar, pero sabía que quería caminar, correr sobre el hielo. Estudiando podía lograrlo, pero las becas no eran lo suyo, pese a que su vecino había conseguido hasta la de Chabelo, sabía que ella no era muy avispada y que su camino era más zen, ese en el que su madre no tenía nada de esperanza: locos y vagos, eso es lo que son. Su madre era injusta, si apenas se hubiera dado un tiempo de relajarse y ver el cielo, habría amado esa playa, la habría acompañado en aquel primer viaje y habrían visto juntas la niebla y la puesta en Punta Cometa. Pero su madre no estaba allí, sólo estaba ella, como la primera vez, entre jóvenes que eternizaban la noche.

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