Culiacán

LA VIDA EN UN CRUCERO

   Nadie, ni la instancia municipal de inspección, sabe cuántos son o de dónde vienen. Parecen seres sincronizados con el semáforo que en cuestión de segundos ejecutan un improvisado guión de mercadotecnia. Venden lo que pueden, siempre y cuando el dueño de la esquina se los permita y acepten las reglas de un patrón que se lleva las ganancias sin darles algún tipo de prestación. […]

   Nadie, ni la instancia municipal de inspección, sabe cuántos son o de dónde vienen. Parecen seres sincronizados con el semáforo que en cuestión de segundos ejecutan un improvisado guión de mercadotecnia.

Venden lo que pueden, siempre y cuando el dueño de la esquina se los permita y acepten las reglas de un patrón que se lleva las ganancias sin darles algún tipo de prestación.

En la confluencia de Pedro Infante y Rolando Arjona, el negocio nunca se detiene. Los semáforos, en las intermitencias de verde a rojo, activan a un ejército de mercaderes que se juega la vida para ganar un cliente.

Es un pregón que compite contra la velocidad y el ruido de motores. A veces la oportunidad cuelga de un perchero y otras se posa sobre un inflable, sin que alguna autoridad sepa cuántos son ni pueda contener Edición 5-13a los vendedores de diversos productos que invaden los cruceros.

Marcos Inostroza, indígena huichol, iba de paso en un vagón del tren de carga y en abril de 2014 bajó a pedirles a los automovilistas unas monedas para comprar pan y queso. “Jamás pensé que me quedaría aquí a buscar el bocado; venía por los dólares y me conformé con cien o doscientos pesos diarios que en mi tierra no ganaba ni en sueños”.
Dejó a su esposa y tres hijos en la sierra de la confluencia entre Jalisco y Nayarit, para venir en busca del sueño dorado. “Estados Unidos que espere. De aquí saco para mandarles unos centavos a mi familia”, dice.

Con bolsas de mandarinas y cacahuates, alcancías de cerámica, o matamoscos eléctrico, capotea a los carros y esquiva al mismo tiempo los golpes de la vida. En su tierra no hay nada, ni siquiera ilusiones; aquí al menos encuentra esperanza.
El auge de la vendimia en las principales vialidades es una posibilidad económica para él y muchos. La acuarela urbana camufla entre sus prisas y desórdenes a hombres, mujeres y niños que en complicidad con los semáforos convierten las calles en mercados.

Los cláxones y los motores rugen cuando simultáneamente los vendedores tratan de colocar calabacitas, aguacates,
manzanas, guayabas y cuanta fruta les permite la temporada. Lo mismo jugos, pan o golosinas. También los cristales laterales de los automóviles son retados a abrirse ante la oferta de juguetes electrónicos, afropelucas, mesitas de madera, cargadores de teléfonos celulares o productos menonitas.

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¿CUÁNTOS SON?

Es un dato desconocido. Conforme a registros de la Dirección de Inspección y Vigilancia del Ayuntamiento de Culiacán, en 2011 se tenían censados a 150 vendedores en seis cruceros y para 2013 la cifra se había duplicado. En 2014 el fenómeno se salió de control.

A pesar de que ya están en todos los puntos de Culiacán, el Ayuntamiento se basa en seis ubicaciones para contabilizarlos: por la avenida Álvaro Obregón, en los cruces de Ciudades Hermanas, Emiliano Zapata y Universitarios; en malecón Niños Héroes y Xicoténcatl, Madero y Heroico Colegio Militar y en bulevar Pedro Infante y Rolando Arjona.

Para los minoristas, el negocio es seguro aunque con altibajos. Por ejemplo, la temporada de invierno le permite a Luis Sánchez colocar al día cinco arpías de mandarina y 50 kilos de cacahuate a través de doce vendedores, dos en cada crucero, a los que les da el 15 por ciento del total de las ventas. En un buen fin de semana o de quincena obtiene mil 200 pesos de ganancia diarios y cada uno de sus expendedores se lleva un ingreso de 200 pesos.Edición 5 (baja)-14

Luis Sánchez se aferra al comercio informal. No paga impuestos y tampoco tiene mayor obligación con sus trabajadores. Vive en el sector Humaya y con el ingreso que le dejan los cruceros lleva una vida holgada, con la rutina imperturbable de comprar mercancía barata y venderla a buen precio en las calles.

Como Luis o como Marcos, hay decenas en las principales ciudades de Sinaloa, fuera del control de las autoridades. En las grandes urbes del país la venta de artículos o productos es permitida solo en algunos cruceros que garantizan mayor seguridad a expendedores y automovilistas y supervisada mediante videovigilancia.
En Culiacán —como lo sintetiza el nayarita Marcos Inostroza— “se puede vender en cualquier esquina siempre y cuando no pierdas la vida en el intento”.

Todos hemos visto cómo el comercio ambulante en los cruceros de Culiacán y otras ciudades del estado crece de manera exponencial. ¿Pero cuáles son las reglas para hacerse de una parte del negocio? Esto es lo que dicen los auténticos expertos en el oficio:Edición 5 (baja)-13

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