Economía

¿Será hora de instaurar un impuesto mundial al capital?

A pesar de ser un asunto meramente económico, los impuestos siempre han sido un tema politizado. En tiempos modernos, no hay elecciones en las que cada candidato exponga su posición al respecto al escrutinio público. Y ahora, con el tema de la desigualdad en el corazón del debate político, los impuestos se han convertido en un tema aún más […]

A pesar de ser un asunto meramente económico, los impuestos siempre han sido un tema politizado. En tiempos modernos, no hay elecciones en las que cada candidato exponga su posición al respecto al escrutinio público. Y ahora, con el tema de la desigualdad en el corazón del debate político, los impuestos se han convertido en un tema aún más polarizante.

En gran parte, esto se debe al best-seller del economista francés Thomas Piketty, El Capital en el siglo XXI. Después de analizar una colección sin precedentes de datos históricos sobre la renta y la riqueza en Europa y América del Norte, Piketty argumenta que es hora de pensar en un impuesto mundial sobre el patrimonio con el fin de ‘salvar a la democracia de los ricos’.

En lugar de simplemente gravar los resultados de las políticas, sociales y económicas que generan la desigualdad, tenemos que mirar a las propias políticas, muchas de las cuales están respaldadas por gobiernos con intereses privados.

La conclusión de Piketty es cruda. La concentración de la riqueza en las economías más desarrolladas está creando un mundo en el que el 1% más rico de la sociedad gana más por lo que poseen – herencia, propiedades, intereses de la renta – que de lo que nadie puede ganar trabajando. Así, de acuerdo a la Segunda Ley del Capitalismo frecuentemente citada por Piketty, cada vez hay una mayor concentración de la riqueza en menos manos.

De acuerdo con Piketty, en un mundo así, “los países … descubren que son demasiado pequeños para imponer y hacer cumplir las normas sobre [este nuevo] capitalismo globalizado patrimonial.”

La única salida, argumenta, es un conjunto de impuestos sobre la riqueza coordinados a nivel mundial – el 80 por ciento en los ingresos de más de $ 500 mil dólares al año, y del 50 al 60 de los ingresos de más de $ 200,000 dólares al año. El fin último de una medida de este tipo no sería elevar los ingresos del gobierno ni eliminar la desigualdad a través de la redistribución, sino penalizar la existencia de la riqueza “excesiva” en sí misma y evitar que se produzca.

El año pasado el premio nobel de economía, Paul Krugman, llamó al trabajo de Piketty “el libro de economía más importante del año – tal vez la década”. Y a pesar de cuestionar sus hallazgos, el economista estadounidense, Lawrence Summers, no pudo negar que el libro constituye “una contribución digna del Premio Nobel” al debate sobre la desigualdad.

Estos señalamientos hacen notables que el desafío más serio a la insterpretación de los datos de Piketty haya llegado el mes pasado del estudiante 26 años de edad graduado del MIT, Mateo Rognlie.

¿Cuál es el desacuerdo? Supongamos que eres un capitalista del siglo 19 durante la Revolución Industrial. Tu “capital” en este ejemplo consta de un terreno, un par de fábricas, y varias máquinas industriales y gozas de un ingreso alto y constante por dos razones. En primer lugar, te resulta relativamente fácil reemplazar a los humanos que trabajan en tus tierras y fábricas por más máquinas – en otras palabras, más capital – y por lo tanto mantienes un mayor porcentaje de las ganancias para ti. En segundo lugar, las máquinas tienen una vida útil relativamente larga, por lo que necesitas reinvertir sólo una pequeña parte del dinero que ganas en su reparación y reemplazo.

Sin embargo, la economía neoclásica dice que con el tiempo no se puede simplemente seguir añadiendo más capital a la mezcla y esperar que tus ingresos crezcan a la misma velocidad. Llega un punto en que ese tractor adicional no agrega tanto valor a su operación como lo hizo el primer par de máquinas a la vez que se más difícil el reemplazar a las personas con máquinas.

Viendolo de manera global, con el tiempo las oportunidades de inversión en capital (maquinaría y equipo) tenderán a reducirse, lo que hace que la mano de obra más calificada – y por tanto mejor pagada – sea de nuevo un factor importante para la economía. Esta es la causa mediante la cual el capitalismo ha sacado a millones de la pobreza desde la revolución industrial y continúa haciéndolo.

Pero a pesar de esto, Piketty sugiere que las reglas han cambiado para las economías modernas intensivas en el uso de tecnología. La razón es que  la capacidad de sustituir el trabajo empleado por maquinaría y equipo productivo seguirá siendo alta y disminuirá mucho más lento de lo que la teoría económica sugiere. Como consecuencia de esta situación los ingresos obtenidos de la propiedad de capital crecen a mayor velocidad que los ingresos generados por la mano de obra. Por lo que para Piketty el futuro empieza a parecerse cada vez más al pasado.

Pero Matheo Rognlie está en desacuerdo y utiliza el software como ejemplo. Aunque la productividad de los programas computacionales siguen generando un gran fajo de dinero para las empresas que lo utilizan, su vida productiva es mucho más corta de lo que, por ejemplo, era una desmotadora de algodón en el siglo 19. Al contrario, el software tiene que ser reemplazado con mayor frecuencia por ingenieros computacionales altamente pagados – que por cierto aún no son fácilmente sustituibles por las máquinas y por lo tanto sus salarios siguen siendo altos. Así, el beneficio para el propietario de un negocio después de pagar a los frikis del software para obtener la última actualización – en otras palabras, por una rápida depreciación del capital – es más pequeño que el beneficio de mantener una desmotadora de algodón del siglo 19, que eran más baratas de mantener y con trabajadores mas fáciles de reemplazar.

Posteriormente Rognlie deconstruye los datos de Piketty para examinar que hay detrás de los rendimientos del capital que parecen estár trayendo de vuelta la época victoriana y encuentra que esta tendencia puede ser explicada por el incremento en los precios de la vivienda. Esto debido a que el rendimiento del capital no residencial termina siendo bajo durante el periodo en el que Piketty ve el resurgimiento de los patrones de riqueza de la edad dorada.

Así, los hallazgos de Rognlie sugieren una muy diferente política de impuestos que las propugnadas por Piketty. En lugar de buscar una complicada y costosa coordinación para el cobro de impuestos globales sobre la riqueza, las autoridades podrían empezar de forma más local buscando los factores que inflan precios de la vivienda.

Por ejemplo, las regulaciones sobre la planificación y uso del suelo que inhiben la construcción de nuevas viviendas. O la falta de una infraestructura de transporte regional y nacional que alivie la presión sobre los precios de las casas urbanas al permitir que la gente viva más lejos fuera de las grandes ciudades poniendo a su disposición sistemas de transporte más baratos.

Igual de sorprendente como la obra de Piketty fue la reacción del público a la misma. Al llegar inmediatamente después de la crisis financiera del 2008 y el movimiento Ocuppy, el libro de Piketty se ha querido mostrar como una verdad incontrovertible, sin hacer distinción entre su notable trabajo de recopilación de datos históricos y las recomendaciones de política que concluye a partir de estos.

Los partidarios de Piketty aparentemente consideran la centralización política y económica internacional que sería necesaria para vigilar un enorme sistema de impuesto global como menos amenazante para la democracia que la gente rica que este sistema regularía. Cosa que parece muy ingenua – sobre todo cuando se tiene en cuenta que es el secuestro del gobierno y las instituciones públicas por intereses privados (corrupción) los que en primer lugar hacen de la concentración de la riqueza un problema para la democracia.

En lugar de simplemente gravar los resultados de las políticas, sociales y económicas que generan la desigualdad, tenemos que mirar a las propias políticas, muchas de las cuales están respaldadas por gobiernos con intereses privados. Tal vez la lección más grande de la refutación de Rognlie es que la última cosa que el mundo necesita en un clima tan polarizado es la idea de que existen soluciones infalibles a cuestiones tan complejas como la desigualdad.

Vía: Vice.

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