Opinión

EL ALMACÉN DE LOS DÍAS

Jalisco y Sinaloa, a pesar de algunos lazos históricos y culturales, son vecinos distantes. Ahora, gracias a las comunicaciones (carreteras, aeropuertos, puentes) se han acortado los trayectos, pero una especie de extrañamiento mutuo prevalece. Por razones diversas, he pasado casi mitad y mitad de mi vida entre ambos estados, alternando mi residencia en las capitales.  Mis primeros contactos con los sinaloenses fueron en […]

Jalisco y Sinaloa, a pesar de algunos lazos históricos y culturales, son vecinos distantes. Ahora, gracias a las comunicaciones (carreteras, aeropuertos, puentes) se han acortado los trayectos, pero una especie de extrañamiento mutuo prevalece. Por razones diversas, he pasado casi mitad y mitad de mi vida entre ambos estados, alternando mi residencia en las capitales. 

Mis primeros contactos con los sinaloenses fueron en Guadalajara, a mediados de los setenta, gracias a un restaurante que estaba en los bajos de la escuela donde daba clases. Anunciaban “menudo sinaloense” y servían lo que para mí era un híbrido entre el menudo blanco y el pozole; lo acompañaban con tortilla de harina, que sin ser tan grande como la sobaquera sonorense o el matamaridos del sureste, sí se imponía en el centro de la mesa. Atendía la fonda una señora sinaloense por ahí en sus treinta, blanca, guapísima y muy amable. Y como además las porciones eran vastas, como que le agarré cariño a la visita.

En Guadalajara, los ríos corren por la ciudad ocultos o encajonados en ataúdes de concreto; aquí afloran a la mera mitad, con álamos centinelas, sauces narcisistas, pirules lastimosos y tabachines coloridos, bajos y humildes.

Más adelante, dando clases ya en la universidad, tuve la oportunidad de conocer más sinaloenses, que en aquellos entonces llegaban a la capital de Jalisco a cursar estudios superiores. Se distinguían por su risa abierta, sus giros lingüísticos y por hablar casi a gritos, cosa extraña en una ciudad de confesionarios, procesiones y atrios, donde el susurro era la moneda de intercambio; en una ciudad donde lo único estruendoso eran los estéreos de los carros que los júniores tapatíos traían con el ecualizador hasta el tope de agudos (ahora es el subwoofer, por alguna oculta razón psicológica que no he descubierto), el escape del transporte público —que siempre ha sido insolente, dado su parentesco y complicidad con los políticos— y los prefectos de la escuela. Bueno, y el sermón de La Merced los domingos a las doce.

Los sinaloenses resultaban ser muy buenos cuates, algunos alumnos (y alumnas, sobre todo) destacados y todos buenos para la fiesta y el desmadre. Aun así, para mí Sinaloa seguía siendo desconocida, pese a algunas crónicas de don Alonso de la Mota y Escobar, los Enrique González (Martínez y Rojo), Ramón Rubín y Alfonso L. Carrasco. Y a pesar también de que el tan jalisciense mariachi es de origen compartido entre el sur de Sinaloa y el occidente de Jalisco, ya que las primeras menciones escritas (que datan del siglo dieciocho) son de Rosamorada y Acaponeta, que si bien pertenecían al séptimo cantón de Jalisco (Tepic) eran limítrofes y culturalmente concurrentes con el estado de la pitahaya.

Fue hasta principios de los ochenta cuando me aventuré por el noroeste más allá de las costas nayaritas. Llegué a vivir a Culiacán, un mayo de hace treinta y un años, ahora en el papel de fuereño. Mi primera impresión (después del golpanazo de calor) fue de llegar a un vergel. En Guadalajara, los ríos corren por la ciudad ocultos o encajonados en ataúdes de concreto; aquí afloran a la mera mitad, con álamos centinelas, sauces narcisistas (“casi oro, casi ámbar, casi luz”, decía Tablada), pirules lastimosos y tabachines coloridos, bajos y humildes.

Yo llegué con la sensación de estar en vacaciones, con un calor y una humedad que solo había conocido en los veranos playeros. Como todo visitante del infierno del estío, tuve necesidad de virgilios, que me llevaran a recorrer desde los limbos, los infiernos y los paraísos. De mis virgilios y mis incursiones será mi próxima colaboración.

Comentarios

Reflexiones

Ver todas

Especiales

Ver todas

    Reporte Espejo