Opinión

¿LIBRE ALBEDRÍO?

Una amiga me reclama que solo escribo desde la perspectiva femenina de las cosas. He estado poniendo atención y sí, es cierto.  A lo mejor pudiera pensar en todos los hombres que tienen que escapar de un mal matrimonio y para quienes también el divorcio es una bendición. Cuando hablo de educación tendría que tomar en cuenta un poco más la […]

Una amiga me reclama que solo escribo desde la perspectiva femenina de las cosas. He estado poniendo atención y sí, es cierto. 

A lo mejor pudiera pensar en todos los hombres que tienen que escapar de un mal matrimonio y para quienes también el divorcio es una bendición. Cuando hablo de educación tendría que tomar en cuenta un poco más la perspectiva desde la complejidad de ser padre de familia. Cuando critico lo poco que hemos avanzado las mujeres en mi país y que a pesar de estar en el siglo XXI a veces seguimos pareciendo del siglo XI, tampoco menciono a los hombres que se someten a cirugías plásticas para mejorar su aspecto físico y han entrado al negocio de la vanidad con fuerza femenina. Pero me pregunto, ¿cómo podría hablar de algo que no soy?

Por más que me guste mi libre albedrío, a veces me pregunto si mi condición sociocultural me deja tomar decisiones verdaderamente propias.

Jamás me atrevería a dar una opinión desde un lugar que desconozco, no soy hombre, ni soy madre, ni soy muchas cosas. Mi experiencia se limita a la de una de mujer sinaloense, culichi para ser exacta, que nació en cierto tipo de familia, que creció en un entorno católico liberal, se educó en escuelas privadas, convivió con cierto tipo de personas y lee un tipo de literatura. Estoy condicionada por muchos factores, por más que me guste creer y presumir, que soy dueña de mi vida y de mis decisiones, en realidad soy producto de una época y de una realidad, que por pequeña que sea es la única que conozco.

A veces decimos que nos hubiera gustado crecer en tal o cual situación diferente a la propia, o se antoja saber qué se siente haber tenido otra nacionalidad.

Me intriga escuchar hablar a personas que tienen un bagaje cultural diferente al mío y me pregunto qué tanto puedo ser independiente del propio. Algún esfuerzo puedo hacer, sobre todo para ser empático, pero creo que en la realidad maduramos lento y nos desarrollamos con mucho esfuerzo para lograr una independencia intelectual, pero solo un poco.

Para mí estuvo perfecto crecer en un estado laico, donde he tenido la libertad de elegir no profesar religión alguna y creer en lo que me da mi gana. En donde no tuve que pedir permiso a nadie para divorciarme, donde puedo contar con mi pasaporte como adulto independiente y viajar tan lejos como me alcance con mi sueldo. Votar por quien yo elijo, o pensar seriamente si quiero seguir jugando a la democracia con la sospecha de que soy un peón de fuerzas mayores a mí.

Por más que me guste mi libre albedrío, a veces me pregunto si mi condición sociocultural me deja tomar decisiones verdaderamente propias. ¿Qué tanto elegimos cuando elegimos?

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