Opinión

EL ÚNICO JACOBO ZABLUDOVSKY

Debo manifestar que me sorprendió la cantidad de amigos míos que expresaron su reconocimiento a Jacobo Zabludovsky. Nunca los imaginé cargándose hacia “el lado oscuro de la fuerza”.  En realidad, no es del todo inexplicable el fenómeno; surge de la confusión entre fascinación y aprobación, como en este caso, donde la figura pública es reprobable pero lo que se adivina de la persona es fascinante. […]

Debo manifestar que me sorprendió la cantidad de amigos míos que expresaron su reconocimiento a Jacobo Zabludovsky. Nunca los imaginé cargándose hacia “el lado oscuro de la fuerza”. 

En realidad, no es del todo inexplicable el fenómeno; surge de la confusión entre fascinación y aprobación, como en este caso, donde la figura pública es reprobable pero lo que se adivina de la persona es fascinante.

No creo en esa idea de la redención de Zabludovsky, sí creo era adicto al trabajo en la medida en que es una manera de acercarse y de obtener poder.

Zabludovsky en su trato personal, nunca se distinguió por el alarde, al contrario, tenía esa sencillez no de sirvienta, sino de la que solo poseen los grandes; decimonónico hasta la exageración, era inevitable ser seducido por sus encantos: diletante experto de pintura, tango, zarzuela, toros… buen conversador y entrevistador, reportero preciso… encantador, pues.

Si fuera el encargado de escribir su panegírico, creo que no cambiaría una coma al párrafo anterior, afortunadamente ese trabajo suele encargársele a algún viejo amigo, y yo no lo conocí ni traté, no puedo hablar de su lado personal; del que sí tengo mucho qué decir es del personaje público, que es de quien en realidad se ha estado hablando con motivo de su muerte.

No tengo gran cosa que reconocerle al finado, fueron muy pocos los buenos momentos que me hizo pasar y muchos, muchísimos, los malos. En ese sentido estoy mucho más agradecido con Javier Solórzano, Jorge Saldaña o Luis Spota, por mencionar algunos.

No creo en esa idea de la redención de Zabludovsky, sí creo era adicto al trabajo en la medida en que es una manera de acercarse y de obtener poder; solo fue crítico y periodista a secas, cuando fue desechado como la escoria que quedaba, con un nivel de credibilidad por debajo de cero. Su salida de Televisa no fue por desacuerdos editoriales, de interés o ideológicos, nunca abjuró de ella hasta el día que quiso heredar a su hijo un trono que pertenece a los Azcárraga, eso es lo que no supo ver: la abyección nunca es bien retribuida.

A su expulsión del Olimpo respondió con lo único bueno que sabía hacer: trabajar, porque flojo no era. Recuperó algo de respeto, pero nadie le volvió a creer.

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