Opinión

En la opinión de Jorge Aragón | Cáncer de mama

Desde hace años, el mes de octubre ha sido el mes de la lucha contra el cáncer de mama. No sé desde cuándo quedó instituida la fecha, pero es evidente la necesidad ante el incremento de la incidencia de la enfermedad. De hecho, más de una amiga personal en este momento está cursando por ella, y en algunos casos la batalla está […]

Desde hace años, el mes de octubre ha sido el mes de la lucha contra el cáncer de mama. No sé desde cuándo quedó instituida la fecha, pero es evidente la necesidad ante el incremento de la incidencia de la enfermedad.

De hecho, más de una amiga personal en este momento está cursando por ella, y en algunos casos la batalla está perdida, es decir, en fase terminal. Cuestión de días, dicen los médicos.

Aquí en Sinaloa fueron demolidas una o dos casas por presentar altos niveles de radioactividad.

Es imposible no apoyar toda iniciativa encaminada a enfrentar el cáncer en todas sus modalidades; por lo mismo es imperativo retomar asuntos ocurridos hace décadas y que, para variar, no fueron ni atendidos ni resueltos pese a las advertencias no solo de los especialistas, sin odel mero sentido común, en el sentido de que, de no resolverse a cabalidad, para estos tiempos estaríamos sufriendo un incremento en todas las variedades de cáncer. Nos lo avisaron y los responsables no hicieron nada o, en el mejor de los casos, hicieron muy poco.

Primeramente, en los ochenta, en el estado de Chihuahua, una clínica especializada en tratamientos con radiación, descontinuó una bomba de cobalto “a la mexicana”, es decir, montó una nueva y la vieja la vendió como chatarra. De ese tamaño. El núcleo radioactivo fue fundido con el resto y utilizado para producir varilla de acero para la construcción, que fue distribuida en el norte del país. De hecho, aquí en Sinaloa fueron demolidas una o dos casas por presentar altos niveles de radioactividad. Una o dos. Es todo lo que se supo. Al modo.

El segundo caso fue en los noventa, cuando Raúl Salinas introdujo a México leche en polvo irlandesa contaminada por la radioactividad de Chernobyl.

El segundo caso fue en los noventa, cuando Raúl Salinas introdujo a México leche en polvo irlandesa contaminada por la radioactividad de Chernobyl; del hecho nos enteramos después de ocurrido, o sea, después de que la habíamos consumido. Como supuestamente ya no podía hacerse nada, “todo mundo” volteó para otro lado y se hizo como si la Virgen les hablara. Total, faltaban años para que los efectos se manifestaran.

Vuelvo a mencionarlo: gente cercana a mí ha muerto recientemente de cáncer, otras están en ese proceso y unas pocas han corrido con la buena fortuna de triunfar, aunque sea momentáneamente, sobre la enfermedad. Por respeto a ellos, exijo una explicación, porque aún es tiempo, porque de confirmarse mis justificados temores, falta mucho por ver en las secuelas que seguirán surgiendo por culpa de aquellas barrabasadas, fruto, para variar, de la corrupción de nuestro Gobierno que en aquellos tiempos no era tan corrupto como ahora (menos mal). Y acoto: esas son dos de las que nos enteramos, faltan las que no supimos, faltan las que han de estar haciendo ahorita. Igual que antes, yo nomás les aviso.

 

Nos lo avisaron y los responsables no hicieron nada o, en el mejor de los casos, hicieron muy poco.

 

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