Opinión

Desarrollo humano y pobreza en Sinaloa, reto para Quirino Ordaz

En el periodo de 2008 a 2010 Sinaloa muestra un retroceso de cuatro puntos a nivel nacional en el Índice de Desarrollo Humano (IDH) que mide tres dimensiones: salud, educación e ingreso. De acuerdo con el documento del IDH para las entidades federativas, México 2015, el mayor rezago en la entidad se ha dado en […]

En el periodo de 2008 a 2010 Sinaloa muestra un retroceso de cuatro puntos a nivel nacional en el Índice de Desarrollo Humano (IDH) que mide tres dimensiones: salud, educación e ingreso.

De acuerdo con el documento del IDH para las entidades federativas, México 2015, el mayor rezago en la entidad se ha dado en el sector salud e ingresó con una leve mejora en educación.

Aun cuando en la escala de medición Sinaloa promedia 0.757, ubicada en el rango alto, lo cierto es que la movilidad social se mantiene estancada y requeriría al menos 100 años para alcanzar el nivel de desarrollo más alto que es el de la Ciudad de México.

El estudio de referencia del IDH contrasta con mediciones de la pobreza, como el de Panorama Social de América Latina de 2015, realizado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), donde la pobreza en México aumentó de 53.3 millones en 2012 a 55.3 millones en 2014, mientras que la indigencia creció 0.6% afectando a 20.6% de la población; a la vez que dicha pobreza disminuía en la mayoría de los países latinoamericanos.

Para el caso de Sinaloa la pobreza en 2008, 2010 y 2012 pasó de 32.4 a 36.6 y 36.1 respectivamente, mientras que la pobreza extrema de 4.5 a 5.1 y 4.0, según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social.

Tal como se puede apreciar, Sinaloa en el mejor de los casos, sigue en un estancamiento en el desarrollo social y humano.

Luego entonces cabe cuestionar la estrategia de las políticas públicas implementadas por los gobernantes en turno, quienes no han sido capaces de mejorar un modo de producción primario con base en la agricultura, ganadería, pesca y otras actividades económicas, a la par que se da un impulso a las actividades secundarias (industria) y a las actividades terciarias (comercio y servicios).

Dicho escenario de estancamiento económico y social, aunado al cáncer de la corrupción y el flagelo del narcotráfico, plantean todo un desafío para Quirino Ordaz Coppel en su calidad de gobernador del Estado de Sinaloa (2017‑2021).

Con los municipios endeudados y una reducción en el gasto corriente y financiero federal, es predecible una situación poco favorable para que la entidad salga del retraso socioeconómico.

En su favor tiene el control del Poder Legislativo pero que al aprobar sus iniciativas sin enriquecerlas poco aportan al desarrollo humano y social sinaloense, algo similar ocurre con el Poder Judicial que persiste en la lentitud de impartición de justicia y la subordinación al mejor postor.

Aunado a lo anterior, las dependencias responsables del desarrollo económico y social no han podido aterrizar proyectos de inversión con un anclaje de capitales en el estado.

Por ello el pacto de unidad y de acción con diferentes sectores estratégicos de la sociedad civil, y no solo de la clase empresarial, será decisivo para la transformación que tanto esperan y merecen los sinaloenses.

El Plan Estatal de Desarrollo 2017‑2021 debe contemplar una sinergia participativa, con un sistema regional de innovación que dé respuestas a las necesidades del Sinaloa del mañana. Al tiempo, Quirino recibirá la evaluación de la ciudadanía y en buena parte de él depende la calificación que tendrá al final de su mandato.

 

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