Culiacán

Historias de Uber | “Vamos a hacer unos mandados”

En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En ‘Historias de Uber’ hacemos un recuento […]

En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En ‘Historias de Uber’ hacemos un recuento de sucesos que, contados por sus conductores, nos hablan de la necesidad de emprender acciones para devolver la paz y tranquilidad a todos los culichis.

Es fin de semana y, para los conductores de Uber, la vida nocturna de Culiacán amerita el conducir toda la noche, algunas veces hasta el amanecer.

Ramiro, conductor desde hace ya algunos meses, ha vivido todo tipo de situaciones a bordo de su vehículo, pero ninguna como la de aquella noche.

Ya muy pasada la medianoche, luego de dejar en su hogar a unos jóvenes después de una larga juerga, Ramiro se encuentra en el sector Barrancos, desde donde solicitan de nueva cuenta sus servicios.

Esta vez se dirige a las instalaciones de la Feria Ganadera, expecíficamente al Oxxo ubicado en la esquina del bulevar Jesús Kumate y la calle Paseo de los Ganaderos. Ahí, entre las penumbras, lo espera un hombre malencachado y con radio a la cintura que al subir al auto le avisa: “Vamos a hacer unos mandados”.

Al escuchar esto sabe que es uno de esos viajes a los que no se puede negar y que más vale no retar el temperamento de su pasajero nocturno. Con frases como: “Vete por allá”, “Métete por esta calle”, “Espérame aquí, orita vengo”, aquel hombre fue guiando a Ramiro por las calles y andadores del sector.

Luego de recoger un grueso fajo de billetes, se dirigió tan solo unas cuantas calles a recoger un arma, luego a comprar algunas bolsitas de polvo blanco y por último pasó por cerveza en bastante cantidad, posiblemente para que su pasajero y sus amigos pudieran seguir la fiesta toda la noche y hasta muy entrada la mañana.

Ahí, sin salir de la zona, el conductor fue descubriendo un Culiacán desconocido para él, donde, para su admiración, podías conseguir armas y drogas, recoger dinero y comprar alcohol de manera ilegal, todo sin que las autoridades de seguridad estorbaran su camino.

En total fueron 4 vueltas que, en no más de media hora, mantuvieron a Ramiro en jaque, recordando todo lo que no debía hacer en su complicada situación: no voltear de más, no hace preguntas innecesarias, no expresar miedo, pero sobre todo, no negarse a las peticiones de su pasajero.

Al final del viaje, volvió al punto de encuentro y ya desde abajo de su vehículo, antes de cerrar la puerta que lo pondría una vez más a salvo, el cliente aventó algunos billetes al interior y con falsa amabilidad y hasta un poco de malicia le dijo: “Ten, ahí te va por el susto”.

Esta es solo una de las muchas anécdotas de culichis que como Ramiro se han enfrentado a situaciones incómodas producidas por la actitud de algunos alterados que viven su vida como una narcoserie y se sienten reyes de una ciudad como Culiacán, que no dista mucho de esa fantasía y en ocasiones aplaude este tipo de escenarios.

¿Será que la constante exposición a hechos de violencia, narcotráfico, corrupción e impunidad y muchos otros más que ocurren constantemente en Culiacán y Sinaloa empiezan a afectar el correcto funcionamiento de la psiqué de los sinaloenses?

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