Culiacán

Historias de histeria | “No se pasen de lanza, este güey no es”

En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En historias de histeria hacemos un […]

En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En historias de histeria hacemos un recuento de aquellos sucesos que nos hablan de la necesidad de emprender acciones para devolver la paz y tranquilidad a todos los culichis.

Marco había agarrado la fiesta desde temprano. Aunque no suele propasarse con la bebida ese sábado ya se había tomado un “ochito platicador” en el departamento con su roomie antes de que sus amigos de la uni pasaran por el para ir un rato a un conocido bar ubicado en el malecón de la ciudad.

Ya pasaban de las once cuando llegó Daniel, su mejor amigo y después de tomarse un bote a las afueras del depa de Marco, se lo llevó con dirección al bar donde pretendían pasar un buen rato. Ya estando en el local, le siguieron con la cerveza y uno que otro shot de tequila “quedando bien” con unas amigas a las que también habían invitado. Así se les fueron las horas entre bromas, bailes y tragos hasta que una de las chicas parecía algo harta del lugar.

—Ya se está poniendo aburrido aquí… un amigo tiene un after en la Chapule, ‘amos o qué’ —dijo con un rostro muy sugerente para Daniel, con quien estaba coqueteando desde un inicio.

El “conductor designado” no tardó en convencer a los demás de asistir a la fiesta de los amigos de Lucía. Después de otra ronda de shots salieron del lugar con rumbo a la colonia Chapultepec.

Fue cuando llegaron a la enorme casa donde se llevaba a cabo la continuación de lo que parecía una graduación cuando los amigos se comenzaron a sentir incómodos, no parecía una fiesta de culichis promedio, la gran cantidad de autos de lujo al interior de la cochera que parecía un salón de eventos era solo la entrada al edén que parecía el jardín donde se encontraban festejando los amigos de Lucía.

Aunque les dio un mal presentimiento, ya estaban ahí y entraron bajo el trato de que solo sería por un rato para ver si a Daniel se le hacía con Lucía. Al entrar los recibieron muy amablemente y Lucía procedió a presentar al grupo de amigos entre sí. Fue cuando presentó a Marco que algo pasó; los otros chavos de la fiesta comenzaron a verse entre sí y a hacerse señas muy raras entre ellos. Luego se apartaron.

Los amigos se quedaron ahí con un bote en la mano, cortesía de los invitados y con algo de miedo, mientras Daniel y Lucía se apartaban un poco para platicar. Entonces el grupo de amigos se acercaron enfurecidamente y se llevaron a Marco sin preguntar.

Ven güey, no te va a pasar nada —le dijeron mientras se lo llevaban a un cuarto del otro lado de la casa.

Ya a solas, el grupo de amigos le dieron “una calentadita”, y hablaban de la llegada de un tal Rafa con quien Marco tendría que saldar cuentas, aunque Marco no sabía nada de ese alboroto. Después de 30 minutos de pura angustia tocaron a la puerta de la habitación y Marco sintió la necesidad de gritar, pero fue sorprendido por una bofetada.

La puerta se abrió lentamente y entró el tan esperado Rafa mientras todos los amigos sacaban los celulares para grabar el espectáculo. Fue entonces que Rafa, de baja estatura, pero muy bien parecido, entró y la cara se le llenó de decepción.

—No se pasen de lanza, este güey no es

Les pegó una regañada a todo el grupo de amigos y se fue no solo de la habitación sino también de la fiesta.

Los mismos anfitriones se encargaron de sacar a Marco de la habitación y llevarlo al jardín de nuevo, donde lo esperaban todos sus amigos con mucha incertidumbre. Al encontrarse de nuevo los dos grupos, todos se rieron, algunos de ironía y otros de pánico. Para romper el hielo, el que parecía el dueño de la casa abrazó a Marco y le dijo: No se agüite mi compa, tómese un bote

Se quedaron ahí por otros 20 minutos para despistar y después se fueron sin voltear a atrás, nunca supieron lo que pasó realmente.

¿Será que la constante exposición a hechos de violencia, narcotráfico, corrupción e impunidad y muchos otros más que ocurren constantemente en Culiacán y Sinaloa empiezan a afectar el correcto funcionamiento de la psiqué de los sinaloenses?

Comentarios

Reflexiones

Ver todas

Especiales

Ver todas

    Reporte Espejo