Opinión

OBSERVATORIO | Madres y heroínas, el ejemplo. ¿En qué fosa murió la justicia?

Nadie pretendería describir en su exacta magnitud el suplicio de las madres que buscan a sus hijos desaparecidos, mucho menos las imágenes en las que Mirna Nereyda Medina Quiñónez se derrumba en llanto y se levanta a la vez en el enorme ejemplo de encontrar los restos de su hijo Roberto Corrales Medina. Sí se […]

Nadie pretendería describir en su exacta magnitud el suplicio de las madres que buscan a sus hijos desaparecidos, mucho menos las imágenes en las que Mirna Nereyda Medina Quiñónez se derrumba en llanto y se levanta a la vez en el enorme ejemplo de encontrar los restos de su hijo Roberto Corrales Medina.

Sí se puede, en cambio, referir cómo el Gobierno empequeñece casi al nivel de invisibilidad al abandonar al grupo de mujeres sinaloenses cuya lucha se internacionaliza. Las Rastreadoras, más allá de ser huella de la perseverancia maternal por la última luz que precede a la muerte, son el rastro de la justicia también desaparecida.

Ellas son estela de albor en medio de la negra impunidad que domina en Sinaloa. Resplandor de fe que les permite estar en paz como madres y como familia y dar descanso a las almas de sus seres queridos. Pero lo fundamental es que son la luminosidad que, aluzando en los lóbregos sótanos del poder, exhibe a autoridades e instituciones indolentes e incapaces.

Poco habló Mario López Valdez de este tema, como poco lo referencia Quirino Ordaz Coppel. Igual que el anterior y actual gobernador, los fiscales Marco Antonio Higuera Gómez y Juan José Ríos Estavillo proscribieron el tema, enseñando el talante de una procuración de justicia que en realidad procura impunidad.

Por cada cadáver localizado por las Rastreadoras, el Gobierno en sus distintos niveles se pierde en el despropósito de la indiferencia. La búsqueda soportada en la ciencia criminalística es una obligación del Estado, no el viacrucis de los deudos. Los servidores públicos debieran ser tan perspicaces para hacer valer la ley, como tenaces son las madres con hijos desaparecidos.

En un informe que entregó en mayo de 2016 a la Comisión Nacional de Derechos Humanos, la Agencia del Ministerio Público Especializada en Investigación de Desapariciones Forzada reportó el registro de 3,784 casos en Sinaloa, de 2005 a esa fecha, de los cuales dijo haber encontrado a 833 con vida y 120 muertos.

Son cifras maquilladas, por supuesto. En las listas de afectados, la entonces llamada Procuraduría General de Justicia del Estado se contradijo en enredos propios de fiscales expertos en simular e ineptos al investigar. Actualmente, en los casi ocho meses del mandato de Quirino Ordaz Coppel se tienen reportes de alrededor de 500 personas desaparecidas.

No se trata nada más del sufrimiento sin límite de madres, padres y familias completas que no tienen la posibilidad de ver el rostro del que se va y cerrar el ciclo del adiós. Se trata de los hijos de ellos, que son los hijos de todos nosotros, en la terrible incertidumbre de no saber dónde están, vivos o muertos.

Imposible la narrativa fiel de un fenómeno de tal crueldad e indolencia oficial. Mirna Medina, igual que muchas rastreadoras que por medios propios localizaron a sus hijos, tiene la evidencia de que su hijo ya no está vivo; hoy le falta la certeza de que habrá justicia, el último reducto de la barbarie sinaloense.

Entonces unámonos a las Rastreadoras para buscar entre todos a la justicia.

 

Re-verso

Son de acero sus horas,

Hurgando en escondrijos,

Son ustedes, señoras,

Madres de todos los hijos.

 

La tragó la tierra

Se llama, paradójicamente, Naciones Unidas el kínder de San Pedro, Navolato, que tiene un pupitre vacío en espera de Dayana desde que la pequeña desapareció, el 6 de junio de 2017. A 28 años de la Convención sobre los Derechos del Niño, Dayana no ha sido encontrada y quizá ni siquiera buscada por las autoridades. Esa es la realidad.

 

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