Opinión

El análisis de Óscar Fidel González Mendívil | Ante la duda, cárcel

Cuando tu temible esplendor envuelve el mundo, de todos los pueblos de lenguas diversas, penetras los propósitos y escrutas la conducta… —Himno a Shamash, dios del sol y la justicia en Mesopotamia. Seguro paisano que cuando fuiste al museo del Louvre en París, viste el cuadro de la Mona Lisa. Si hubieras entrado a otra […]

Cuando tu temible esplendor envuelve el mundo, de todos

los pueblos de lenguas diversas, penetras los propósitos

y escrutas la conducta…

—Himno a Shamash, dios del sol y la justicia en Mesopotamia.

Seguro paisano que cuando fuiste al museo del Louvre en París, viste el cuadro de la Mona Lisa. Si hubieras entrado a otra sala, en otro espacio del mismo museo, podrías haber visto la estela de piedra que contiene el Código de Hammurabi. Muchos piensan que es la ley más antigua del mundo, pero no. La más famosa, tal vez.

¿Sabías que los babilonios también se preocupaban por los asaltantes? Las reglas 22 y 23 de dicho código decían: “Si alguno se dedica al bandolerismo y se le sorprende en flagrante delito, merece la muerte. Si escapa el bandido, la persona despojada reclamará en justicia cuanto ha perdido y se consideran obligados a restituirle la ciudad y el distrito en cuyo territorio se hubiera cometido el delito”. Y nosotros que nos creemos civilizados.

A los ladrones siempre se les ha castigado. En la Edad Media se ponía en acción lo que se conoció como hutesium et clamor, es decir, el grito que acusaba al ratero y que animaba a los vecinos a perseguir al delincuente hasta capturarlo para que enfrentara su castigo.

Según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, entre enero y julio de este año, el 36.6% de los delitos denunciados en todo el país son robos. Esto significa que el crimen que se comete con mayor frecuencia en México es el robo y que la mayor carga de trabajo para policías y fiscales son los probables ladrones.

En el sistema de justicia anterior, el presunto ratero era detenido y mostrado ante la prensa. En 48 horas se integraba su expediente y pasaba con el juez, en ocasiones sin una asistencia legal efectiva; ante el juez, la mayor parte de las veces, el peso del papel del expediente hacía las veces del peso de la justicia y el indiciado recibía el auto de encarcelamiento, para que enfrentara su proceso privado de la libertad. En resumen, el índice de éxito de la autoridad se medía en el número de personas en prisión preventiva, aunque legalmente no se hubiera decidido en juicio su culpabilidad.

En el nuevo sistema de justicia se estima que la prisión preventiva ilimitada es violatoria del principio de presunción de inocencia. La Suprema Corte de Justicia considera que una persona tiene derecho a que se le trate como si fuera inocente hasta en tanto no se le declare culpable en un juicio. Y meterte a la cárcel no es tratarte como inocente. Además, la prisión preventiva es un castigo anticipado, por eso solo se concede en casos de excepción.

Antes, se ordenaba prisión en contra de quien presuntamente hubiera cometido un hecho de los incluidos en el catálogo de los delitos graves; y cada estado definía su listado. Ahora, el Código Nacional de Procedimientos Penales regula en todo el país los ilícitos respecto de los cuales el juez debe imponer, de oficio, la prisión preventiva. El robo no es uno de ellos. Antes de que pienses que se ha traicionado a la patria, paisano, déjame explicar algo.

Una persona detenida por robo no va a recibir en automático la orden de ir a la cárcel mientras dura el juicio. Los fiscales deben solicitar esa medida en cada caso específico, justificando y probando que es necesaria porque la libertad del indiciado significa un riesgo para la víctima, testigos o la comunidad. Si los fiscales cumplen con estas reglas, los probables ladrones pueden recibir prisión preventiva.

Entonces, el cuento ese de la puerta giratoria es un discurso falso, promovido para incrementar el número de personas privadas de su libertad, como si este siguiera siendo el único indicador de eficiencia. El sistema acusatorio tiene como propósitos: esclarecer los hechos, proteger al inocente, procurar que el culpable no quede impune y reparar el daño. La cárcel sola no alcanza para cumplirlos.

Tal vez la mirada debiera centrarse en los mecanismos alternativos de solución de controversias penales. ¿Por qué son alternativos? Porque la mediación y la conciliación son herramientas, diferentes a la prisión, que buscan resolver el conflicto humano provocado por el delito. Ahí hay más posibilidades de éxito.

¿Te acuerdas paisana que el Código de Hammurabi no era la ley más antigua que conocemos? Ese honor corresponde al Código de Ur-Nammu, de hace más de cuatro mil años. ¿Sabes que decía? “Si un hombre con un arma, los huesos de… ha roto: una mina de plata deberá pagar”. Olvídate que la traducción parezca de Yoda, se imponía como reparación del daño casi medio kilo de plata.

¡Pinches sumerios, ya lo habían vivido todo!

 

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