Opinión

Un ‘junkie’ de la música | Bohemio de adicción

Twitter es un lugar al que odias o amas. Para mí es una suerte de bandeja virtual a la cual accedo a hurgar datos inútiles que me puedan ser útiles en algún momento. Así pues, fue que a partir de un tweet del compositor uruguayo ganador de un Óscar, Jorge Drexler, y un poco de […]

Twitter es un lugar al que odias o amas. Para mí es una suerte de bandeja virtual a la cual accedo a hurgar datos inútiles que me puedan ser útiles en algún momento. Así pues, fue que a partir de un tweet del compositor uruguayo ganador de un Óscar, Jorge Drexler, y un poco de ayuda de Spotify, llegué a escuchar música fresca como agua en un río con lo mismo.

Ahora, imagina meter dentro de una licuadora un diccionario, una guitarra, una voz cantista y un montón de estilos musicales, embadurnados con una voz nasal imperfecta y anómala que lo hace recordable. Ese licuado poético y surreal pertenece a Rodolfo David Aguilar Dorantes, mejor conocido como El David Aguilar.

El tocayo de quien venció a Goliath y fue esculpido por Miguel Ángel, es nativo de Culiacán, Sinaloa. En su disco homónimo del 2014, plasma una bola de disparates que la primera vez que lo escuché, irónicamente me sonó bastante familiar. Era como si un amigo hubiera tomado aquella lira recargada en la pared y le exprimiera algunas notillas a ver qué le sacaba y su primer álbum, Ventarrón, es una delicia en los metales. Espontáneas, bohemias y descuadradas, las melodías del David pueden llevarte a viajes de extraños paisajes dalinianos desolados, traerte de vuelta al claustro de tu habitación o elevarte a conversar con los árboles; todo esto en tan solo una hora.

Tengo la maniaca costumbre de desfragmentar la música mientras la escucho. Juego a separar en canales todos los instrumentos y enfocarme solo en uno para luego dar paso al ensamble.

Mientras escuchaba las rolas “del David”, me detenía por segundos para después volver a escucharlas. Me reía, asentía y trataba de deshebrar cada canción en pequeñas partes, pero al final me rendí. ¿Por qué tendría que racionalizar un proceso tan libre y humano? ¡Chingada madre, es música no física nuclear! Y no es por demeritar todo lo que se requiere para lograr algo tan hermoso como la música, sino más bien mi terquedad de querer encontrarle sentido a todos los versos sincopados de Rodolfo; era como tratar de entender a Fellini, solo déjate llevar por el idilio y no te opongas.

Para mi particular punto de vista (o mejor dicho de escucha), sus canciones podrían no ser tan románticas como lo aparentan, pero es evidente que “el Aguilar” inyecta en ellas un aire bohemio y trovador, que aunque a veces se queda a medias tintas, entrega e imprime algo especial para que cada pieza cale.

Quizá el arte naif pueda ayudarnos a entender mejor la propuesta del culichi. Esa espontaneidad e intuición que se escapa de la ortodoxia, que retrata la calle y lo cotidiano, esa es la riqueza que ofrece este compendio musical.

Hace algún tiempo, intenté escuchar “al Caloncho” sin mucho éxito, no me gustó su composición y mucho menos su forma de cantar. Se me hace pretencioso y como decimos por acá, fachoso, con swag para los millenials pues.

Aunque “el David” y “el Caloncho” hayan grabado juntos y compartan cierta proyección desenfadada y aires hípsters de buenaondez, mi David se lo lleva de corbata. Y vean que ya me apropié de él, como si fuera mi compa, mi camarada.

Muchos de los que lean esas líneas podrían decir: “Ya hombre, se la vas a arrancar”. Yo diría lo mismo de alguien que no conozco y me causa envidia. Lo puedo decir sin temor: me gustó el Rodo. Así que si quieren darse permiso de escuchar algo divertido, fresco y colorido, abran paso “al David Aguilar” y luego me dicen qué les pareció, al cabo él fue quien le puso letra a El Niño Perdido y ahora trae un ventarrón.

Comentarios

Reflexiones

Ver todas

Especiales

Ver todas

    Reporte Espejo