Culiacán

Historias de histeria | Vente vamos a tomar, no seas sangrona

Al subirse al Uber todavía tuvo que aguantar la mirada de desespero de su conductor, mientras por dentro recordaba la verdadera razón por la cual no le gusta tanto salir de noche.

En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En historias de histeria hacemos un recuento de aquellos sucesos que nos hablan de la necesidad de emprender acciones para devolver la paz y tranquilidad a todos los culichis.

Luego del congreso organizado por su facultad, era el turno de la tradicional fiesta en la que Nicole podría relajarse y pasar una noche agradable para convivir con sus compañeros.

Aunque no es mucho de salir de fiesta, puesto que no le cae bien el alcohol, de vez en cuando sus amigas la convencen para que las acompañe y pasar un buen rato perreando los últimos éxitos de reggaetón.

Esta fue una de esas ocasiones. Luego de regresar a casa para pedir permiso y arreglarse, su mamá la llevó a una casa en una colonia del sector centro de Culiacán que, como muchas otras, se renta para realizar fiestas privadas.

A pesar de que se trataba de una fiesta organizada por miembros de su escuela, menos de la mitad de los asistentes eran de su facultad, y la verdad que por su edad parecía que muchos de ellos ni siquiera eran estudiantes. Aunque Nicole notó este detalle, pensó que era natural que el festejo convocara a personas de otros ambientes.

Luego de varias horas de fiesta, una a una sus amigas se fueron rindiendo hasta que se quedó solo con el Sebas, un buen amigo que para esa hora ya estaba un poco pasado de copas.

Aunque la fiesta seguía en auge, Nicole decidió que era hora de quitarse las zapatillas y pedir un Uber para volver a casa.

Antes de salir a la calle para esperar su transporte, Nicole le pidió al Sebas que la acompañara, pues afuera también había varias camionetas estacionadas y alrededor de ellas diversos grupos de hombres, todos mal encachados y tomando.

Pero, a pesar de que iba acompañada, la condición del Sebas era tal que un momento estaba con ella y al próximo se perdía dejándola sola en medio de la noche y de aquellos desconocidos.

Fue en uno de esos momentos en los que uno de ellos empezó a hablarle y hacerle las preguntas y comentarios a las que segura y tristemente muchas jóvenes culichis están acostumbradas: “¿A quién esperas?”, “nosotros te llevamos”, “vámonos de aquí”, “vente, vamos a tomar, no seas sangrona”.

En ese momento Nicole sabía que no podía simplemente ignorarlos, pues nunca se sabe cómo un buchón borracho pueda reaccionar luego de ser rechazado o simplemente ignorado frente a sus amigos. Así que decidió “seguirle la cura” mientras por dentro pedía un milagro que la rescatara de esa incómoda situación.

El milagro se cumplió cuando después de unas cuantas preguntas, el Sebas notó la situación y regresó tambaleándose a abrazarla.

– “Viene conmigo, ya nos vamos”, le dijo al grupo.

– “Este morro… tú me la pelas todita”, fue su respuesta a modo de confrontación.

Ante esto, a Nicole solo se le ocurrió decirles que su mamá ya le había llamado y la estaba esperando en la esquina. Acto seguido el grupo de hombres se alejó y Nicole sintió un gran alivió.

Para esto, su teléfono celular le avisó que su Uber ya había llegado. Pero en lo que se despidió de su alcoholizado amigo, no pudo caminar más de unos cuantos pasos cuando la dominante voz de un hombre alto, gordo y con barba poblada le ordenaba acercarse.

 – Hey, vengase para acá. ¿Cómo se llama usted?, ¿a dónde va?

– No, es que ya llegaron por mi.

 – Es bien temprano, a ver ¿quién viene por ti? Aquí te vas a quedar conmigo.

Sin animarse a darle una negativa, pues este hombre era aún más atemorizante que todo el grupo anterior junto, Nicole pidió el segundo milagro de la noche, pero esta vez este no se le cumplió. Para salir de la situación, tuvo que darle su número de teléfono, pues solo así convenció a aquel tipo de dejarla ir.

Al subirse al Uber todavía tuvo que aguantar la mirada de desespero de su conductor, mientras por dentro recordaba la verdadera razón por la cual no le gusta tanto salir de noche.

“Siempre me topo con morros acosadores e intimidantes, que sarra no poder salir sin miedo”. “¿Cuántos años tendrán que pasar para que eso cambie?”, fueron algunas ideas que pasaron por su cabeza mientras regresaba sana y salva a su casa.

¿Será que la constante exposición a hechos de violencia, narcotráfico, corrupción e impunidad y muchos otros más que ocurren constantemente en Culiacán y Sinaloa empiezan a afectar el correcto funcionamiento de la psiqué de los sinaloenses?

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