Opinión

Surrealismo crudo | No es lo mismo un sismo

Pero acá también, la gente. Y los pescadores del Pacífico celebraban el término de la veda. Todavía sacaban kilos y kilos de camarones regordetes y los echaban de una panga a otra. Sonrientes, los pescadores compartían la abundancia. La regalaban el mismo día y a la misma hora en que el centro del país se […]

Pero acá también, la gente. Y los pescadores del Pacífico celebraban el término de la veda. Todavía sacaban kilos y kilos de camarones regordetes y los echaban de una panga a otra. Sonrientes, los pescadores compartían la abundancia. La regalaban el mismo día y a la misma hora en que el centro del país se sacudía.

No es lo mismo un sismo pero también el tiempo se detiene donde las placas tectónicas se baten menos. ¿Alguien más sintió el temblor?, preguntaron dos o tres culichis como para asegurarse de que no estaban locos. Dos días después del sismo del 19 de septiembre, hubo gente en Sinaloa que sintió la tierra zarandearse. Un movimiento telúrico de 5.2 grados. Nada trágico, pero al igual que Jéssica Alegría, alguien pensó en los niños. Un sismólogo declaró que sería mejor derrumbar la Escuela Secundaria Federal 2 de Culiacán antes de que un temblor más fuerte lo hiciera. Y algunos alumnos prefirieron darse de baja. Frida es la mascota que todos quisiéramos pero a nadie se le antojaría requerir de su ayuda.

Hay quienes se tatuaron las siluetas de los perros rescatistas. Y por la mano de obra, el tatuador Carlos Olvera donó lo recaudado a la gente afectada por el terremoto. Entretanto la vida caminaba con cierta normalidad en Culiacán y la gente ayudaba en la medida de sus posibilidades. Dos veces fui a la misma farmacia y las dos esperé en la fila mientras la caja registraba excesivas compras de víveres y productos de botiquín por cliente. Siempre me toca esperar detrás del que va por una recarga, el que va a depositar a una cuenta o el que se va a tardar porque así lo requiere la historia. Pero esta vez qué podía ser una impaciencia. En ocho estados de México había familias con una urgencia de verdad.

El otro Culiacán tuvo sus eventos y en cada uno hubo acopio o donativos en efectivo. Los del rock, los de las guitarras acústicas y los de la música electrónica se pusieron las pilas. Gente de la fotografía y del dibujo se instaló en Las Riberas para vender obra y ceder las ganancias. También hubo centros ciudadanos de acopio en distintos puntos y hasta una pequeña comitiva que viajó a los lugares afectados para ayudar en corto. “Vayan un día, les va a cambiar la mente”, dijo en transmisión en vivo por Facebook uno de los culichis que viajaron a los municipios afectados. Porque una cosa es la gran ciudad y otra los pueblos. Así lo vivió, por ejemplo, alguien que fue a Jojutla, Morelos.

No es lo mismo un sismo, pero acá tampoco dejamos de pensar en ello. Lo seguimos detrás de la pantalla. Solo podemos, además de ayudar en la distancia, imaginar la realidad. Este es “el primer desastre natural que se relata y se articula desde las redes”, escribe Héctor de Mauleón. Valen la pena algunos textos al respecto. Este de Iván Farías. Este otro de Élmer Mendoza. Este de Héctor Guerrero, acerca del periodismo y la manera en que el suceso fue abordado desde distintas cabezas, distintas formaciones y criterios. Lo fácil es irse con la finta y quedarse en la primera capa del asunto. Ya se dirán más cosas, se conocerán más detalles del episodio y se contarán más historias al respecto.

No será lo mismo y no habrá verdad oficial que valga. Porque ahí estará la generación de hoy, transmitiendo el relato a la siguiente. Los padres que van a contar a sus hijos y nietos cómo formaron cadenas humanas para mover escombros. Imparables, bajo la lluvia. Cómo llevaron camiones de ayuda con seguridad a su destino. Cómo la gente se volcó sobre internet para traducirlo en formas de resolver emergencias. Que hasta bajó la producción de memes durante los días más fuertes. Y pensar que la gente usa etiquetas para cada generación. Que en cada época se les encasquetan dos o tres clichés a los jóvenes. Vaya sorpresa para los que suelen creer que tanta diversidad cabe en una palabra. La gente que puso sus manos representa un gran mosaico de personalidades del cual no alcanzamos a tener idea, ni siquiera a grandes rasgos. Lo que hay en común es humanidad.

Pone las cosas en perspectiva. Uno se pregunta qué designios permiten que uno pueda comer camarones mientras hay hospitales cuyos pacientes quedaron en la calle. Que uno pueda echarse un capítulo en Netflix la misma noche que alguien pasa bajo los escombros de un edificio. Familias que duermen en algún camellón. Gente ilocalizable. Heridas irreversibles. Sirve ayudar como se pueda. Y detenerse a pensar un poco en lo que somos.

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