Opinión

Surrealismo crudo | No vuelvo a caer en barandilla

“Mañana vas a estar en barandilla”, aseguró, sin despegar la vista del papel. Pensé que podía librarla, pero la hoja de ninguna manera se llenaría en vano. Momentos antes el oficial de tránsito me había preguntado si necesitaba un favor. Nunca me lo concedió. Esa noche yo había tomado mezcal y llevaba la botella en […]

“Mañana vas a estar en barandilla”, aseguró, sin despegar la vista del papel. Pensé que podía librarla, pero la hoja de ninguna manera se llenaría en vano. Momentos antes el oficial de tránsito me había preguntado si necesitaba un favor. Nunca me lo concedió.

Esa noche yo había tomado mezcal y llevaba la botella en el asiento del carro, como si fuera un pasajero más. Tal es mi aprecio por el vino del maguey. Y no dejo de quererlo aunque me haya heredado un aliento que marcó los 0.46 grados en el alcoholímetro, apenas seis centésimas arriba del límite establecido. “Si tiene algo de valor en el vehículo, lléveselo”, se me indicó. Primero la botella. Luego el celular. “Entiende por qué lo esposamos, ¿verdad?”. Subí a la patrulla y mi carro comenzaba a encogerse a medida que yo era conducido al purgatorio.

Todo lo que involucra estar en barandilla se siente como una comedia que no cuaja. Como si en cualquier momento pudieran llegar el oficial Matute o el jefe Górgori a no dar risa. Pero hay que reírse, porque una vez ahí es fácil odiarlo todo. Los policías, los burócratas, las oficinas, el olor a miados, las paredes gruesas pintadas de un blanco que no es tan blanco, la luz amarillenta. Jamás uno va a pensar que es justo pasar la noche en ese agujero. Todos nos creemos capaces de manejar aunque hayamos ingerido la cantidad de alcohol que tumbaría a Bojack Horseman. No vale la pena amargarse por ello. “¿Quién es tu papá?”, me preguntó un policía con la quijada caída hacia el frente. No entendí. “¿Quién te trajo?”, aclaró, impaciente. Nunca lo supe. Me mandaron a una celda donde había otros cuatro tipos. Como si estuviera jugando, otro policía me pidió abrir la reja y que yo mismo la cerrara por dentro.

Platiqué con alguien que estaba en ese punto de la borrachera en que la cara se pone roja y los ojos llorosos. Eso, o lo habían arrestado mientras se atragantaba con un aguachile de San Pedro. Me enseñó su celular, entre risas. Su esposa le llenaba el whatsapp con párrafos llenos de coraje. Cuánto despecho vertido en caracteres y sin usar emojis. “¡El bichi y el pelochino!”, gritó un policía. Sacaron de la celda a los dos que más se ajustaban a esas características. Al resto nos llevaron ante una ventanilla donde entregamos las agujetas de los tenis, cinturones, teléfonos y cualquier cosa que hubiera en nuestros bolsillos. Saqué la botella de mezcal que hasta ese instante había sido un bulto que se alzaba entre mi ropa. “No le vaya a tomar”, le dije al encargado. “Nadie le está tomando”, contestó, con una indignación de tres pesos.

Nos metieron a otra celda en la que yacían dos tipos en el piso. Uno de ellos dormía como si estuviera en el puto Four Seasons. Tenía una barba crecida y llena de canas, pero no parecía tan viejo. Nada lo despertaba. El otro bato se incorporó en cuanto nos vio llegar. Dos o tres veces sacó bolsitas de cocaína de su pantalón. Aspiraba y tiraba los restos fuera de la celda. Dio dinero a un policía y le llevaron jugo y cigarros. ¿Quién podía tomarse en serio todo aquello? Luego, el de la cocaína quiso golpear a un güero que acababa de llegar. El morro traía energía y quería seguir la fiesta en los pocos metros libres que quedaban. Andaba de aquí para allá, tropezando con todos los que estábamos ahí. Y el otro solo quería dormir, a pesar de las dosis que habían pasado por su nariz. Se paró, lo empujó. Se hicieron de palabras. Llegó el policía para ver porqué tanto alboroto. “Pareces artista”, le dijo el oficial al morro. “Es Justin Bieber”, contestó alguien.

No pude dormir por más que lo intenté. Me acostaba en el piso, me sentaba. La cabeza me daba vueltas. Uno piensa tantas cosas. Claro que pensé en la tontería del asunto, comparada con la cárcel de verdad, con el secuestro y otros encierros más culeros. Salir de barandilla, pagar la multa para recuperar el carro, se antojaba todo un privilegio. Fui a la parte posterior de la celda, donde un gran charco de miados cubría el desagüe. Nadie se había preocupado por atinarle al hoyo. En el techo, en un punto imposible de alcanzar, alguien había escrito la palabra “Kelos” con aerosol negro. Toda una proeza. En la pared, muy cerca del piso, alguien había tallado una línea de cagada.

Salí al amanecer y juré no volver a ese lugar. Por supuesto, los retenes hacen que uno lo piense dos veces antes de manejar tomado. Y no solo eso. También nos motivan a evitarlos a toda costa. Revisé la botella de mezcal cuando me entregaron mis pertenencias. Alguien ahí dentro le había tomado un buen trago.

 

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