Culiacán

Historias de Uber | No me vuelvas a tocar las piernas

En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En ‘Historias de Uber’ hacemos un recuento […]

En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En ‘Historias de Uber’ hacemos un recuento de sucesos que, contados por sus conductores o sus usuarios, nos hablan de la necesidad de emprender acciones para devolver la paz y tranquilidad a todos los culichis.

Valeria no encontraba qué ponerse entre el gran número de blusas, vestidos, pantalones y otras prendas de su armario. Le dieron las 9 de la noche viendo cómo iba a impactar a sus amigas con su atuendo, aunque las intenciones de La Vale, como la llaman sus amigas, nunca son precisamente las de llamar la atención del público masculino, siempre termina siendo la sensación de los lugares que visita por sus osados atuendos.

Ese día, al final se decidió por unos ajustados leggins color negro y un top muy llamativo con incrustaciones de pedrería que acentuaban su curvilínea pero atlética figura esculpida en las canchas de futbol, deporte que practica desde pequeña. Su apariencia se vio convertida en un pequeño homenaje a Selena Quintanilla, o al menos eso le escribió como leyenda a la selfie que le mandó a su mejor amiga para confirmarle que ya estaba lista y esperando su Uber para irse a celebrar con el resto de las chicas.

Cuando su conductor llegó a su domicilio, la joven bajó por las escaleras del departamento en la planta alta que renta cerca de Stanza Torralba. Mientras descendía, el cristal del conductor también bajaba lentamente para admirarla: lucía hermosa. Valeria es confianzuda, eso le dice y le replica siempre su madre, aunque ella piensa que son exageraciones. Ese día aprendería una importante lección de vida. Se subió adelante, ya que le gusta sacarle plática a sus choferes de esta aplicación para hacer el viaje más ameno.

Se trataba de un señor apuesto, cuando mucho tendría unos 35 años y conducía un Aveo más limpio que otros autos que le habían tocado anteriormente. La miró de reojo y le sonrió. Valeria le precisó que se dirigía al departamento de una de sus amigas cerca de Brisas del Humaya. Su chofer aseguró no conocer muy bien esa parte de la ciudad pero de igual forma iba a usar el navegador para encontrar la dirección.

Valeria tiene cierta rudeza que es encantadora, una forma de hablar muy alivianada y una sensualidad natural que ella dice desconocer. El chofer comenzó preguntándole por su día, para romper el hielo y comenzar la charla con la joven.

Entre plática y plática, conversaron de temas cotidianos y surgió la pregunta incómoda que Valeria siempre tiene que responder… ¿Y qué dice el novio?, le preguntó el chofer a la joven, quien se quedó pensativa por un momento.

 

—Yo no soy de novios —le dijo mientras sonreía.

—¿Y eso porqué?, si con todo respeto estás muy guapa —replicó el conductor.

 

Valeria guardó un silencio aún más incómodo y le dijo contundentemente:

 

—No, los novios no son de mi tipo; no sé si me entiendas.

 

Una sonrisa pícara y majadera invadió la cara del chofer al tiempo que la joven se ponía incómoda y comenzaba a morderse los labios, que llevaba teñidos de rojo, por el desespero.

 

—Yo creo que es porque no te ha llegado el tipo correcto —le dijo mientras dejaba de ver el trayecto y le buscaba la mirada.

 

La joven comenzó a sudar, aún con el aire acondicionado encendido y le indicó al chofer que se apresurara porque sus amigas ya la esperaban en la fiesta. Su voz había cambiado ahora más seria y molesta.

“Como usted diga”, le dijo el chofer mientras seguía sonriendo, sin ningún chiste aparente. Tomó la palanca de los cambios y fingió torpeza para deslizar su mano y alcanzar a rozar la pierna de la ya asustada usuaria.

 

—Perdón —le dijo fingiendo—, es que tengo trabajando desde las 3 y ando cansado.

 

Valeria estaba helada y comenzó a enviar Whatsapps al grupo de sus amigas. Estaba en problemas, pero nadie le respondía.

El chofer intentó recuperar la plática amena que tenía con la joven, sin éxito alguno, mientras ella le decía que se apresurara, que tenía que llegar “de ya” a su destino.

Fue al momento de volver a tomar la palanca que deslizó su mano hasta la pierna de la joven, pero esta vez de una forma más directa. Sin delirios de torpeza o titubeos.

Valeria reaccionó de manera agresiva y le enterró las uñas en la cara mientras le señaló contundentemente: “¡No me vuelvas a tocar las piernas, imbécil! ¡Bájame aquí!

La mirada del chofer se desorbitó, pero detuvo el auto. La joven se bajó de inmediato mientras el conductor se disculpaba y pretendía disfrazar la escena de accidente. Valeria despavorida y muy alterada le arrojó un billete de cien pesos y salió corriendo del lugar con rumbo a un Oxxo que se encontraba a más de media cuadra.

Al llegar a la tienda con el maquillaje corrido y la cara de espanto, una de las jóvenes que atendía el lugar cerró las puertas con seguro. Mientras la joven se acomodaba en uno de los bancos para los clientes de la tienda y otra empleada más se acercaba a consolarla, Valeria veía por la ventana partir al Uber que había abandonado y pensaba en que debía hacerle más caso a los consejos de su madre.

¿Será que la constante exposición a hechos de violencia, narcotráfico, corrupción e impunidad y muchos otros más que ocurren constantemente en Culiacán y Sinaloa empiezan a afectar el correcto funcionamiento de la psiqué de los sinaloenses?

 

 

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