Opinión

Cuen, ¿candidato del PRI, PAN y PAS en 2021?

  Si el primero de julio los electores asestaron un golpe demoledor al Partido Revolucionario Institucional, los días que siguieron a la elección federal fueron más devastadores. El éxodo de priístas hacia el Movimiento Regeneración Nacional, que había comenzado desde finales del 2017 y más intensamente durante la campaña electoral del 2018, se convirtió en […]

 

Si el primero de julio los electores asestaron un golpe demoledor al Partido Revolucionario Institucional, los días que siguieron a la elección federal fueron más devastadores. El éxodo de priístas hacia el Movimiento Regeneración Nacional, que había comenzado desde finales del 2017 y más intensamente durante la campaña electoral del 2018, se convirtió en desbandada después de la elección y más intensamente ante divulgación de los escandalosos actos de corrupción del gobierno de Enrique Peña Nieto.

El PRI quedó desmantelado y algo similar sucedió con el Partido Acción Nacional y en buena medida, en Sinaloa, con el Partido Sinaloense. La mitad de los promotores –obligados— de Héctor Melesio Cuen Ojeda no fueron a trabajar. Las aulas estaban semivacías. Ya no le tenían miedo. Otros tantos hacían antesala para afiliarse a Morena y otros más buscaban a Rubén Rocha Moya para ofrecerle su apoyo.

Sin embargo, hoy el agua empieza a regresar a su nivel. Los espectaculares golpes mediáticos de Andrés Manuel López Obrador, que aumentaron su popularidad en los primeros días de su gobierno, han empezado a dejar de cautivar. Algunos discursos no hallan dónde ni cómo aterrizar y otros lo están haciendo sobre pistas escabrosas y brechas escapadas. Y para colmo, algunos aliados son ya una verdadera piedra en el zapato.

El gobierno federal ha hecho mucho en muy poco tiempo, sin embargo, problemas como el de la inseguridad, el precio de la gasolina, los raquíticos incrementos salariales, la permanencia en el gobierno de los mismos operadores del gobierno de Peña Nieto y las pobres o ineficientes respuestas del gobierno federal a las demandas sociales, empiezan a dibujar un gobierno menos extraordinario de lo que se esperaba, lejos de una verdadera cuarta transformación y más cerca de la continuidad de los gobiernos anteriores. Y si a esto se le suma la ineptitud de los gobernantes morenistas locales y la sumisión de los legisladores al ejecutivo estatal (priísta), el escenario que se perfila no es nada favorable para Morena y sus aliados. La esperanza empieza a diluirse.

Las expectativas en un gobierno morenista en Sinaloa están por los suelos. Morena en Sinaloa es un movimiento que no se mueve y los gobernantes y legisladores que llegaron por esa fórmula (Juntos haremos historia) carecen de liderazgo, valor y decisión. Los diputados sólo votan cuando se les da la instrucción y su gestión la hacen por Facebook. Se han perdido en la inmediatez de las demandas sociales –muchas veces manipuladas por sus correligionarios que buscan sacar raja–, eludiendo los problemas torales del estado y evitando al máximo tocar al gobernador y su gabinete, a pesar de las evidencias de graves irregularidades, mientras que algunos de los más altos funcionarios morenistas locales cargan sobre sus espaldas señalamientos de corrupción. De recibir jugosos sobornos, hasta de 600 mil pesos mensuales, del gobierno estatal y la venta de atractivos puestos, como la JAPAC, en el gobierno municipal.

Morena no tiene liderazgos a la altura de los requerimientos. Sus líderes no saben sumar ni multiplicar –sólo multiplican conflictos–, solamente saben restar y dividir.  Sus liderazgos son pequeños, de grupos, algunos de los cuales no ven más que sus propios intereses. Nadie piensa en el estado y sus problemas. Sus conflictos internos se han vuelto irreconciliables porque giran en torno a posiciones y no a proyectos. Tanto así, que después de seis meses siguen sin ponerse de acuerdo para nombrar a su dirigente estatal, mientras que la pugna entre legisladores es tal que estarían por relevar, fuera de tiempo, la jefatura de la JUCOPO.

Ante este escenario local, políticamente desolador, en que el desprestigio acabó con los partidos tradicionales y en el que la ambición de los recién llegados (y la estrechez de miras) les impide articular un proyecto político sólido que le garantice su permanencia en el poder para soportar un proyecto social transformador, ningún precandidato o aspirante a relevar a Quirino Ordaz tiene posibilidades de convencer con su propuesta y su obra al electorado.

La única ruta viable para configurar opciones electorales con posibilidades de triunfo es la de construir alianzas para hacer coaliciones electorales circunstanciales. Ya no hay ideología, todo es pura matemática, cálculo, psicología de masas y, particularmente, dinero. Cuántos votos se requieren para ganar, con que aliados se pueden lograr y cuánto cuestan (los aliados y los votos) y qué hay que decir para impactar el ánimo de las masas.

Por ahora, toda gira en torno a los restos de estructuras partidistas con capacidad de movilizar grupos y la posibilidad de comprar y articular liderazgos. En ese contexto, el menos raspado en la elección del primero de julio y que mantiene cierta capacidad de movilización, es el PAS. Cuen sigue trabajando todos los días para construir de nuevo su candidatura hacia la gubernatura. Obviamente al PAS sólo no le alcanza, ni siquiera en alianza con el PAN y el PRD, por lo que estaría fraguando integrar los restos del PRI en una coalición electoral.

Los signos son evidentes. Sergio Jacobo, el líder de los diputados pistas (operador del gobierno de Quirino), marchando en el contingente de la UAS el primero de mayo, con el discurso de defensa de la autonomía universitaria a sabiendas de que es solo un intento de golpe mediático pues –le consta que—no hay tal atentado a la autonomía en el Congreso. Pero ante el desmantelamiento de la estructura tradicional del partido, al PRI le urge base social, aunque sea prestada y Jacobo estaría jugando el papel de bisagra en la articulación PAS-PRI.

Pero no es el único signo. La UAS acaba de integrar al excandidato priísta a la gubernatura de Sinaloa, Jesús Vizcarra Calderón, en la presidencia de su Consejo de Vinculación Social. Dinero, arrastre político en el PRI y puente con el presidente López Obrador. Credenciales inmejorables para una alianza. Además, Vizcarra fue candidato de gobernador por el PRI en el 2010, al mismo tiempo que Héctor Melesio Cuen fue candidato por ese mismo partido a la presidencia municipal de Culiacán, relevando al propio Vizcarra en la alcaldía. Y aunque Vizcarra perdió la gubernatura, en Culiacán hicieron buena mancuerna.

En esta potencial alianza, convergen el poder del gobierno estatal y su ascendencia sobre el congreso morenista, el oficio político del PRI, el activismo y estructura del PAS, y el dinero y arrastre de Vizcarra en los sectores populares, a la que se agregaría el PAN, pues con todo y su desprestigio, mantiene el voto –ideológico– de un sector de la población sinaloense que encontraría aquí su mejor cobijo, a menos que por la trinchera contraria (morenista) contendiera un cuadro más auténticamente panista que Cuen, como Tatiana Clouthier. En tal caso, aún ese voto duro podría dividirse.

Estos son pasos firmes hacia la elección del 21. No son especulaciones. Se está pavimentando el camino. ¿Qué están haciendo los otros?

Esta potencial alianza dejaría en el camino a los circunstanciales aspirantes desde el gabinete estatal – Alvaro Ruelas, Carlos Gandarilla, Juan Alfonso Mejia, incluso, Sergio Torres, que se mueve en otra corriente política nacional— que, sin grandes trayectorias ni liderazgos fuertes, sin partido y sin base social –y sin dinero—, bien podrían acomodarse en posiciones menores como alcaldías y diputaciones o repetir en el gabinete y seguir haciendo carrera para el 27, al fin que todos son muy jóvenes aún. En este mismo esquema entraría el más valiente de los priístas, Jesús Valdez, que decidió cargar –y sigue cargando— la cruz de su partido a pesar de su descrédito.

¿Podrá el gobierno de la cuarta transformación unificar a los morenistas del país y de Sinaloa para seguir siendo una opción electoral ganadora? ¿Podrá mejorar su desempeño y responder eficazmente a las demandas sociales de aquí al 21 como para obtener de nuevo el voto ciudadano y consolidar el poder en todo el país? O, ¿podrá el despojo de los partidos tradicionales y corporativos articular una alianza ganadora ante la incertidumbre de la cuarta transformación, la ineficacia –¿y corrupción?—de sus funcionarios, la pasividad y sumisión de sus legisladores ante el ejecutivo estatal y los interminables conflictos internos de los grupos morenistas?

Tal parece que a AMLO no le interesa formar un partido del movimiento Morena y que toda su apuesta es que el gobierno haga bien las cosas para que “sus candidatos” obtengan de nuevo el voto ciudadano. Pero debe tener en cuenta que la mayoría de sus legisladores y sus gobernantes no estaban preparados para ganar y que su desempeño deja mucho que desear, lo cual tiende a ahuyentar el voto de esa opción electoral poniendo en grave riesgo la continuidad del ¿proyecto? de la cuarta transformación.

¿Quién se apunta para enfrentar a Cuen y su trabuco?

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