Culiacán

El Capi Cisneros, un personaje entrañable

Sin duda que hay muchas cosas que han sorprendido a Culichi, entre otras la llegada del hielo con la fábrica que puso el ingeniero mazatleco Carlos Escovar, así con “v”, ahí por la calle Zaragoza antes del Pescado o la Sirena. Simón, su fabricación en Culichi fue toda una revolución y algarabía, ya que una […]

Sin duda que hay muchas cosas que han sorprendido a Culichi, entre otras la llegada del hielo con la fábrica que puso el ingeniero mazatleco Carlos Escovar, así con “v”, ahí por la calle Zaragoza antes del Pescado o la Sirena.

Simón, su fabricación en Culichi fue toda una revolución y algarabía, ya que una gran mayoría de la raza no lo conocía, salvo algunos que tenían la oportunidad de viajar a las grandes ciudades  y quienes provenían de la sierra; pero  estos últimos  lo veían más bien como algo maligno ya que cuando se presentaba en forma de nieve era quemando sus siembras  provocándoles un frío que calaba hasta los huesos y  como granizo  destrozaba sus siembras;  fuera de ellos,  la raza desconocía total la existencia del hielo; así que su aparición fue toda una revolución sensacional, pues casi de inmediato aprendieron  sus múltiples usos y beneficios.

Los más alegres fueron los chiquillos que casi de inmediato empezaron a saborear aguas frescas y los ráscales o raspados de frutas naturales que compraban en la salida del Mercado Garmendia por la calle Hidalgo, ya que fue precisamente ahí en donde estuvieron los dos primeros vendedores de raspados, luego se puso otro por la calle Rosales en la acera del edificio de correos, y dos más por la entrada principal de este mismo edificio por  la Rubí.

Otra de las sensaciones fue el “Béisbol”.

Simón, ya que de inmediato, importado desde Gringolandia, simón que sí, el béisbol llegó a Culichi para quedarse y mandar casi de inmediato a segundo grado si no es que, al banquillo, al frontón; que era prácticamente lo único que en ese entonces se jugaba en la ciudad.

Hay quienes dicen que también se jugaba el Ulama o Hulama (la raza lo escribe de las dos maneras), pero eso era más bien un juego indígena de carácter rural, lo fuerte en culichi  había sido el frontón o rebote con su cancha ahí por la Zaragoza pasando la Morelos y fue desplazado de inmediato por el béisbol, y quien supo aprovechar al máximo las virtudes tanto del hielo como del béisbol fue nada menos que  Heriberto Cisneros Rubio, alias el “Capi” Cisneros,  quien en 1906 vio llegar al beis junto con los güeros, que venían  a construir el ferrocarril sudpacífico, sí señor, ellos, los güeros, en su tiempo libre  se ponían a jugar y el “Capi” fue de los primeros en acercarse, aprenderlo y jugarlo hasta hartarse.

“Entonces si se jugaba por la camiseta” decía constantemente El “Capi” con quien se le acercaba a platicar en los años 70, y agregaba: “Jugábamos en los llanos béisbol de verdad, no, mi amigo, no, ahora es pura mercadotecnia, valen pa pura madre esos perfumaditos que se raspan tantito y se incapacitan por semanas, jugadores los de antes… “, y se ponía y te daba toda una lista de nombres con la posición que jugaban. Y fue precisamente su pasión por este deporte lo que le granjeó el sobrenombre de El “Capi”.

Ahora bien  o mal, no sé, pero hablando del mismo Capi en el otro asunto, el del hielo y sus famosos raspados,  les diré que desde finales del siglo XIX la plazuela Rosales fue sumamente importante para los culichis, y lo fue tanto que llegó un momento en el que se convirtió en un referente obligado para todos los culichis, y todos  los que venían por lo que les diera la gana a  la capital sinaloense, simón que sí, y es que  desde entonces todos los jueves y los sábados y a veces los domingos y días de fiesta, mientras se  caminaba  alrededor de la plaza  admirando sus hermosos jardines o se descansaba en sus bancas al amparo de la sombra de los distintos árboles, ahí,   en su quiosco, se tocaba música viva haciendo con ello un delicioso paseo familiar o romántico según el caso.

Esa primera mitad del siglo XX y todavía más de una década después, digamos hasta los sesenta y tantos, fue una etapa en que se hizo común encontrar en ella a todos los personajes importantes de la ciudad, sí, sin duda alguna entonces era más visitada la plazuela Rosales que la plaza de armas, (hoy Obregón).

Bueno pues el caso es que si ya de por sí, la plazuela era bastante concurrida, pues a partir de 1935 lo fue más, y ya no solo los jueves y los sábados sino todos los días y a todas horas había raza en la plazuela disfrutando de lo lindo porque resulta que a partir de ese año el Capi Cisneros logró nada menos que poner ahí, a un ladito del quiosco con vista hacia la calle Rosales, su refresquería.

Simón, ya vendía raspados desde dos años, pero por la calle Rosales, en donde si bien es cierto ya sus ráscales o raspados tenían éxito, eso no fue nada comparado con el que adquirieron a partir de que el ayuntamiento le otorgó el permiso para ponerse en la plazuela en donde pronto, dado el carisma del Capi para relacionarse con toda la raza, convirtió a su negocio en un hervidero de gente.

Simón que sí. Ahí concurría, además de los contertulianos de los jueves y los sábados, la raza de la Vaquita, ya que la plazuela les quedaba  a cuarta y quemón, y todos conocían y apreciaban al Capi, ya que fue precisamente en los llanos de la Vaquita en donde se jugó por primera vez el béisbol, lo cual ocurrió más o menos entre 1907 y 1908, y le gustó tanto que no solo lo jugó sino que se volvió un fanático promotor de ese deporte, por supuesto que también concurrían en abundancia los  estudiantes y profesores de la UNI, en todos los niveles desde secundaria hasta profesional, la de los deportistas  de beis y fut (se jugaban los dos en el estadio de la UNI), así mismo todos los internos, maestros, tutores y personal del Internado del Estado, así como el público que pasaba rumbo al estadio, y ni que decir de las constantes parejitas que aderezaban sus amorosas charlas con helados besos de guayaba, tamarindo o vainilla; incluso había raza que en la época de calor iba desde donde fuera exprofeso a comprar sus ricos o mejor dicho deliciosos raspados de frutas naturales tales como la ciruela, tamarindo, mango, guayaba, piña, o los de colores conocidos como de vainilla, rosa, limón, aderezados con su respectiva leche Nestlé.

Una vez me contó, ya hace años, Jesús Mazo Najar, El último “mavari”, y nativo de la Vaquita, en una de las tantísimas charlas que tuvimos cuando él era velador de la Escuela de Letras y yo apenas un estudiante de la misma, que el primer vendedor de raspados que hubo en la plazuela Rosales no fue el Capi, sino un tío suyo llamado: Fortunato Najar.

“Ese tío, me dijo, era “mudo”, y así le decían: el “Mudo” Najar; y en la misma familia así le decíamos. Él vivía ahí cerca, a tres casas de con nosotros en la Vaquita. Cuando vendía raspados ya estaba casado y tenía dos hijos, y él se mantenía muy bien ahí de su puesto de ráscales, pero en 1933 ¿qué crees? que así mudo como era, enamoró a una chamaquita de 17 años que estudiaba la preparatoria y se la llevó. Abandonó familia y negocio que no era más que una carretilla en la que llevaba el hielo y las cosas que ocupaba y se llevó a la plebe, unos decían que, a los Mochis, otros que no que a Tijuana.

Muchas años después supimos que estaba viviendo en Hermosillo, ya con hijos y todo, pero ya te digo, él estuvo antes que el Capi, y cuando él se fue, fue que el Capi se puso ahí de fijo, creo que le ayudó un hermano del Ing. Juan de Dios Bátiz, al menos eso decían. Y no te creas que el Capi la tuvo fácil, batalló el hombre, porque hubo un tiempo en que lo quisieron sacar de ahí, creo que el rector de la universidad era el que quería quitarlo no sé por qué, pero pues el Capi tenía muchos amigos de la política y de seguro estos le ayudaron para que se quedara”.

Como ya señalé antes, ya había varios comercios de raspados diseminados en la ciudad, pero sin duda los del Capi eran los mejores; por eso es que ahí entre su clientela se podía contar con personajes importantes tales como:  Pedro Infante, Enrique Sánchez Alonso El Negrumo, Amparo Ochoa, Oscar Liera, José Ma. Figueroa, Juan B. Ruiz, el mazatleco Ramón Rubín, Roberto Hernández, el Chacho González, Miguel Tamayo, Gonzalo Armienta Calderón, Leopoldo Sánchez Célis, Enrique Peña Bátiz, Veneranda Bátiz, Alicia Romero, Guillermo Félix, Felipe Ayala  el “Longaniza”, como le decía el Capi  y un titipuchal más, y es que el Capi sentado ahí en su silla tipo concordia, era el rey de la plaza y de la charla, simón que sí, tenía teje y maneje para todos y a todos atendía por lo que pronto se hizo necesario que, además de sus hijos, (quienes al principio y por muchos años llevaban  la barra de hielo en una carretilla, hasta que se lo empezó a llevar una camioneta), contratar a alguien más, y ese alguien más fue: doña Vicky,  para nosotros, y la “Victoria”  como le llamaban  algunos ya mayores.

Ella, doña Vicky, era una mujer chaparrita, morenita y delgada sin llegar a flaca, hablaba poco, solo lo necesario, pero se movía a mil por hora atendiendo a los clientes.   Ella se encargaba principalmente de preparar unas riquísimas tostadas, simón, esas tostadas embarradas de frijol y una mentira de carne deshebrada con papas o de frijolitos con queso y un montón de verdura a la que solo se les ponía un poco de salsa y que acompañadas con cualquier bebida uta canuta, eran un auténtico manjar. También chambeaba con el Capí, León, el hijo de doña Vicky, a quien la raza se cotorreaba diciéndole constantemente: “Ya rugiste león”. Él estaba listo para ir hasta las bancas o sitios de la plazuela de donde le hacían una seña o un silbido, de volada se arrancaba para allá y en una libretita anotaba el pedido, y rápido volvía con lo solicitado. Esta diligente actitud le granjeaba buenas propinas, principalmente con las parejas cuyo galán quedaba bien ante su dama siendo generoso con la propina.

El caso es que con los raspados del Capi la plazuela se llenó de más vida durante varias décadas, haciéndose incluso una tradición el visitarla y pasear por sus hermosos jardines y por supuesto saborear un delicioso raspado del Capi Cisneros, tradición que perduró como ya les dije por décadas o más específico: desde 1935 hasta el 24 de diciembre de 1979, fecha en que el Capí falleció, y con la desaparición del Capi  fue desluciéndose el encanto de la romántica Plaza Rosales que tanto cantara el Negrumo. Cierto, aún hay vendedores de raspados y otras cosas en torno a ella, pero a estas alturas del partido y con el vandalismo que ha hecho presa de ella desde las estatuas, los jardines, las banca y los barandales del mismo quiosco no es ni una triste caricatura de lo que durante tanto tiempo fue.

 

Mario Alvarado

Es escritor y cronista sinaloense. Es encargado del programa de narraciones de historias y leyendas del viejo y nuevo Culiacán el cuál tiene desarrollandose ya dos años en el Casino de la Cultura cada dos miércoles de 6:30 a 7:30 PM. Ha escrito varios libros, el último “Narraciones y Leyendas de Culiacán”, el cual reúne más de 30 de estas historias y vivencias de los culichis.

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