Culiacán

Día de Muertos | La cosa es cantar y reír, llorar y rezar

Risa y llanto, rezo y canto, esa es la mezcla de sensaciones que deja entre los deudos el Día de los fieles difuntos. Entre tumbas los vivos les hablan a los muertos. Acarician sus fotos. Limpian aquí y allá. Les lloran, les rezan. “Ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén…” […]

Risa y llanto, rezo y canto, esa es la mezcla de sensaciones que deja entre los deudos el Día de los fieles difuntos. Entre tumbas los vivos les hablan a los muertos. Acarician sus fotos. Limpian aquí y allá. Les lloran, les rezan. “Ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén…”

En el panteón Civil de Culiacán el recuerdo de los muertos va cubriendo de nostalgias las caras de los vivos.

Es 2 de noviembre, Día de los fieles difuntos. Es la extraña fiesta amarga de todos los años. La fiesta en la que a ratos se ríe y a ratos se llora. Se canta y se reza.

La mayoría de las tumbas ya están llenas de colores y flores. Hay un murmullo inusual, impropio de cementerio, alimentado por canciones y rezos, pláticas y gritos. Llantitos quedos de los más viejos.

Y las velas juegan su papel, erguidas sobre las lápidas, sobre los nombres y las fechas de nacimiento y deceso.

El panteón Civil de Culiacán tiene una calle principal que arranca de la orilla del bulevar Leyva Solano. Antes de topar en el otro extremo, se dobla hacia la izquierda y da con pared. Lo parte una “L” por donde van y vienen las familias y los camiones del Ayuntamiento que llenan de agua las piletas, que recogen la basura de las flores.

Y entre tumbas los vivos les hablan a los muertos. Acarician sus fotos. Limpian aquí y allá. Les lloran, les rezan.

“Ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén…”

“Espejo de justicia, Trono de la sabiduría, Causa de nuestra alegría, Vaso espiritual, Vaso de honor, Vaso de insigne devoción, Rosa mística, Torre de David, Torre de marfil, Casa de oro, Arca de la Alianza, Puerta del cielo, Estrella de la mañana, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores…”

Y les cantan.

“Es la historia de siempre una amor que se fue. Y yo espero mañana comenzar otra vez…”

“Que linda esta la mañana en que vengo a saludarte. Venimos todos con gusto y placer a felicitarte…”

Doña Margarita es de las que lloran quedito. A sus casi 80 años de edad no quiere dejar de venir al sepulcro de su marido. No le gusta que le digan viuda.

“Margarita Elenes de Saldaña”.

Se presenta al modo de antes. Así le gusta y así quiere que le escriban en su tumba, cuando ya todo se acabe para ella. Se lo ha dicho a sus hijos. Y también a sus nietos, por si acaso.

Hizo la “L” y como pudo, brinco sepulcros, se agarró de cruces, descansó en los pasillitos y sombras de las pingüicas y llegó con su José. Le dieron la andadera, se sentó y empezó a recordar.
“Reina de los ángeles, Reina de los patriarcas, Reina de los profetas, Reina de los apóstoles, Reina de los mártires, Reina de los confesores, Reina de las vírgenes…”

“Manela” llegó sin flores. Eso le preocupa porque siempre les trae a sus muertos. Hace 50 años murió su padre y 10 que se fue su mamá. Con ella viene su nieto, a quien ha puesto a tocar y cantar con una guitarra.

Va por unos ramos allá afuera, donde se escuchan a gritos los precios. El Leyva Solano está cerrado al tráfico vial, de poniente a oriente, por decenas de puestos ambulantes. Porque también es día de hacer negocio.

De inflar globos con mensajes tristes.

De arreglar ramos de gladiolas para revivir tumbas añejas, empolvadas.

De lavar lápidas borrosas con nombres como Eucadio o Crisóforo o Zenón, con apellidos chinos, ingleses y hasta franceses.

De jovencitos con sus azadones diciendo limpio tumbas y le llevo las flores. De niños con sus hieleritas vendiendo “súper burritos” de harina a tres por 45.

De jugar lotería y convivir un poco entre familia.

Se vende miel y cacahuates. Se ofrecen papelitos que facilitan préstamos. Y hasta en un lugar como este se venden cachitos que son los “buenos”.

Y cosa rara, en el Oxxo de la esquina atienden las tres cajas y el vigilante modera la entrada de los clientes: salen cinco, entran cinco.

Pedro es de los que han venido a hacer negocio. Tiene su guitarra reposando, recargada en una cruz. Desde ayer hizo planes y calculó que hoy le iría bien en eso de la cantada.

Les dijo a sus amigos: “todos igual, pa’ que nos vean formalitos. Y con sombrero”. Por eso el trío desconocido viene de pantalón negro y camisa blanca y la cabeza cubierta.

A mil la hora. A 500 la media. En eso está la tarifa de la cantada. Y Pedro y sus amigos ya llevan tres clientes.

“En la fila del bautizo cantaron los ruiseñores”.

Y conforme venga la tarde y luego la noche las familias saldrán de aquí, volverán a sus casas y rutina. Y el panteón Civil, si es que el viento las deja, arderá con sus veladoras hasta mañana.

 

 

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