Culiacán

La Lomita y el Día de la Virgen | Dos estampas de la fe Guadalupana

El 12 de diciembre reúne a miles de feligreses en La Lomita, donde también convergen un sin fin de historias. José Francisco y Jesús Silvestre subieron los escalones del templo icónico de Culiacán; cada quien con sus razones, cada cual con sus “mandas”. Y mientras sube habla de vaqueros y mulas, de arrieros de la […]

El 12 de diciembre reúne a miles de feligreses en La Lomita, donde también convergen un sin fin de historias. José Francisco y Jesús Silvestre subieron los escalones del templo icónico de Culiacán; cada quien con sus razones, cada cual con sus “mandas”.

Y mientras sube habla de vaqueros y mulas, de arrieros de la sierra Madre Occidental y manantiales de agua bendita que brotan allá cerca de su pueblo, en Durango.

Y mientras sube suda y agradece a la Madre, al Padre, se quita el sombrero y vuelve a persignarse con la mano temblorosa y tostada.

Y mientras sube empujando a como puede su andadera, cientos de fieles le abren paso y le animan a seguir y le dicen que ya casi llega aunque no lleve ni un tercio del recorrido.

“Suélteme, por favor”, le dice don José Francisco al guardia que pretende ayudarle. “Las promesas las tiene que cumplir uno solo“.

Sabe de lo que habla. Ahí lleva con él su penitencia. Ahorita es momento de sufrir, de soportar. Allá arriba está la compensación, cuando doble la rodilla y pida perdón.

Viejo duranguense de cepa, correoso, movido por una fe sin mella, va a agradecer a la Virgen de Guadalupe por su vida.

“Gracias Padre”, dice y murmura un rezo quedo, suave, y echa por delante la andadera, de cuyo armazón, amarrado de un mecate pende un suero.

“Eso vale doble…”, le dice un hombre que va hacia abajo.

Hace unos 20 minutos, don José Francisco se persignó allá abajo, antes de empezar a subir los escalones de La Lomita. Vio la ruta y sonrió. La conoce como si fuera una de las veredas de su comunidad.

Dice que desde 1991, que llegó a Culiacán, cada 12 de diciembre viene a este templo y cumple con su ritual y veneración. Antes cubría la ruta en menos tiempo, pero también antes tenía menos años. Hoy la edad le complica la faena.

Al paso que lo llevan esas piernas arqueadas por la edad, don José Francisco llegará a la cima en unos 40 minutos. Tal vez más. No le importa. Tiene toda la mañana para cumplir su “manda”.

Y mientras sube habla de apariciones. Y cuenta la historia de aquel hombre que llora a la orilla de un río porque la corriente le llevó sus animales…

Entonces se aparece San José y le pide que voltee a la otra ribera, donde las bestias, una a una, salen del agua y se enfilan por la vereda.

“Ese es el señor San José, el de la vara. El que aparta a todos los diablos de nuestros caminos…”

LA ‘MANDA’ DE JESÚS SILVESTRE

Y mientras sube Jesús Silvestre guarda silencio, se pone serio y va recapitulando las “señales” que lo han traído hasta aquí, los tres accidentes sufridos por la adrenalina patológica inherente a su cuerpo.

Y mientras sube su madre, Adelaida Meza, va a su lado, dejándolo que cumpla de rodillas, porque en 2018 estuvo al borde de la muerte. Iba a su trabajo. Empezó a rebasar y el vehículo se le descontroló. Chocó con otro carro, se volcó y fue a dar a un lote baldío. Sufrió traumatismo craneoencefálico severo. Estuvo 13 días hospitalizado. Tres meses antes ya había tenido otros dos accidentes.

Y mientras sube el rumor de la gente llena las escaleras del templo por donde la gente va y viene; desde lo alto baja la música que los fieles le han puesto a la virgen hoy en su día.

Y mientras sube recuerda cuando a la primera voltereta de la camioneta salió disparado, la velocidad, el descontrol del volante, la mañana esa en que un desconocido llegó hasta donde quedó tirado con el cráneo abierto y todavía tuvo conciencia para marcar el número de un familiar.

“Entre tus manos está mi vida, Señor…”, se oye por las bocinas.

“Haga usted de cuenta que mi muchacho volvió a nacer…”, dice su madre.

La sangre de Jesús Silvestre humedece la mezclilla de su pantalón. Tiene 20 años de edad y una cicatriz en forma de herradura escondida entre el pelo, que le quedó después del tercer accidente de carro que tuvo hace año y medio.

Le sangran las rodillas. Acaba de llegar al escalón 140 de La Lomita. El fin de su expiación, de su promesa. Pero no se detiene. Sigue andando de rodillas.

Llega la puerta principal del templo, donde cientos de feligreses de la virgen de Guadalupe presencian la enésima misa de este 12 de diciembre.

“Ya llegó”, dice su madre y se le aprieta el pecho. Quiere hablar, decir algo por su hijo que sigue callado, avanzando, pero no puede. No llora, quiere llorar.

Y mientras avanza pidiendo permiso a toda esa gente aglomerada en La Lomita, Jesús Silvestre le pide a su madre la veladora. Arriba hasta la malla y ahí se pone de pie, con las piernas temblorosas.

“Me siento muy agradecida porque Dios me lo dejó. Porque ya había tenido otro accidente con pérdida total el carro y a los tres meses vuelve a suceder lo mismo… No es normal. ¿Por qué pasa esto?, nos preguntamos. Con el tercero dijimos: algo hay”.

Jesús Silvestre mira a la virgen. No habla. Nada dice. Se recorre hacia uno de los flancos. Toma una de las tantas cajas de cerillos y enciende la veladora.

“El tercer accidente que tuve fue en el que me dije: bájale de velocidad si no, quién sabe que vaya a pasar. Fue como una señal. Ahorita me siento a gusto conmigo mismo. Eran dos mandas las que tenía que cumplir y ya las cumplí”.

Y mientras ellos se van otros llegan, otros suben, otros bajan. De rodillas, con flores, con velas. Con tantas y tantas historias de fe y dolor.

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