Culiacán

Historias de histeria | Al cliente lo que pida

Enojada y ya muy alterada, comenzó a gritarle mil majaderías al joven que entró en pánico por la apariencia de la mujer.

En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En ‘Historias de histeria’ hacemos un recuento de aquellos sucesos que nos hablan de la necesidad de emprender acciones para devolver la paz y tranquilidad a todos los culichis.

A Alfonso lo traen cortito. En la tienda de accesorios telefónicos en la que trabaja, todos los días le exigen que venda más y más. Su compañero, un técnico que revisa y repara algunos equipos, se encuentra escondido al fondo y solo sale cuando tiene que mostrarle al cliente cómo quedó su celular o de plano confirmarle que el mismo ya no tiene arreglo.

Ese día parecía infernal: la lluvia de la mañana solo provocó que el sol de mediodía se pusiera más intenso que de costumbre, casi con intenciones de derretir Culiacán. Alfonso se encontraba todo sudado al interior del puesto, mientras veía ir y venir a los transeúntes por la calle Juan Carrasco, enfadado y  preocupado porque luego del trabajo tenía que ir a la escuela oliendo a sudor.

Fue entonces que se acercó una mujer al puesto de Telcel en el que Alfonso aguardaba muy desanimado…

—Vengo por mi teléfono —exclamó la mujer muy desafiante mientras entregaba la nota al encargado.

Alfonso revisó el documento y luego pasó con César, el técnico, por el equipo en cuestión, mismo que había sido recibido por Ana, la otra empleada del local que trabaja a destiempo de nuestro protagonista.

—No sirvió, dile que no tiene arreglo —le dijo el técnico mientras le entregaba el iPhone a Alfonso, que ya se imaginaba la cara de la clienta cuando se lo devolviera.

Tomó el equipo y salió a entregarlo. La cara de la mujer se desencajó más de lo que el mismo Alfonso hubiera imaginado, mientras su rostro blanco y enojado se ponía rojo y la mirada parecía tener las intenciones de quemar el puesto de Telcel.

—¡Qué cabrones!, ¡una semana con el iPhone para nada, mínimo hubieran avisado, si es cosa de nada lo que tiene, nada más se me cayó! —renegaba la mujer mientras sacaba otro celular de su bolsa.

Alfonso le explicó lo que el técnico le dijo pero la mujer seguía molesta. Le pidió los 200 pesos que ya les había pagado por revisarlo, pero no se los podían devolver, ya que ese es el cobro por realizar la valoración.

Enojada y ya muy alterada, comenzó a gritarle mil majaderías al joven que entró en pánico por la apariencia de la mujer.

—Le voy a hablar a mi marido para que veas cómo te va a ir… en cuanto baje de la sierra a ver cómo te va…

Todo eso mientras adornaba sus amenazas con una que otra mentada y adjetivos coloquiales.

Entonces se fue y Carlos descansó un poco, ya que ese tipo de escenas suceden a menudo cuando atiendes un comercio. Al cabo de un rato, la mujer volvió con un hombre de apariencia muy rara e imponente. Se le acercaron al joven que ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar y el hombre le dijo: “¿Le vas a dar el dinero a mi prima o qué?”, a la par que sacaba una navaja y jugaba con el filo ante lo ojos dilatados del chico Telcel.

Inmediatamente Alfonso sacó de la caja los 200 pesos y los regresó, mientras la mujer sonreía cínicamente y le decía: “¿Ves?, por las buenas todos salimos contentos”. Luego se fue escoltada por el hombre.

Alfonso se quedó muy incómodo con la situación, luego se compró una Coca-Cola para bajarse el susto mientras le contaba lo sucedido a la chica del puesto de enseguida que llegó unos instantes después.

¿Será que la constante exposición a hechos de violencia, narcotráfico, corrupción e impunidad y muchos otros más que ocurren constantemente en Culiacán y Sinaloa empiezan a afectar el correcto funcionamiento de la psiqué de los sinaloenses?

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