Opinión

Feminicidios en México: un delito que comienza en casa

El camino que culmina en los feminicidios comienza con faltas de respeto hacia la mujer, adoptando una postura de superioridad con el pretexto del género, justificando el maltrato tras una fachada paternalista donde el hombre sabe lo que es mejor para la mujer y, por tanto, tiene “el derecho y la responsabilidad” de educarla.

El feminicidio, definido legalmente como el delito de privar de la vida a una mujer por motivos de género, se ha consolidado como uno de los grandes problemas del México actual. Este fenómeno violento se distingue del homicidio con un concepto básico: este último afecta por igual a ambos géneros mientras que el feminicidio es exclusivo de las mujeres.

La gravedad del feminicidio reside en su carácter cultural y estructural: es la punta del iceberg de un problema enraizado en lo profundo de la sociedad mexicana: la misoginia. El feminicidio es el epítome de la violencia de género: la culminación violenta de una relación desigual entre hombres y mujeres que se manifiesta constantemente de manera inofensiva hasta escalar a niveles irreversibles, minimizando la condición humana de la víctima.

El feminicidio es una tendencia en aumento a nivel nacional, cuya medición causa polémica debido a la discrepancia en los datos y los casos tipificados dentro de este delito incluso entre las fuentes oficiales, dado que su definición puede prestarse a la ambigüedad de criterio de quien lo clasifica: ¿cómo se puede determinar si un horroroso y sangriento crimen se justifica en motivos de desigualdad de género?

De acuerdo con cifras oficiales recientes, tan solo en enero 2020 en México fueron privadas de la vida 10 mujeres al día. De los hechos violentos en que 320 mujeres fueron asesinadas, 73 se clasificaron como feminicidios; 14 de estos fueron contra mujeres menores de edad, denotando una realidad enfermiza y peligrosa donde ni la edad nos salva a las mujeres de sufrir muertes cruentas.

Los casos extremos de violencia contra las mujeres han levantado la alarma: la violencia de género no distingue edad, clase social, nivel educativo; está presente en todos los ámbitos de la vida cotidiana alcanzando su cúspide en formas inhumanas. ¿Por qué tenemos que esperar a un caso como el de la niña Fátima o la joven Ingrid Escamilla para abrir los ojos al enemigo que tenemos en el día a día?

Las entidades federativas con más delitos de feminicidio son Veracruz, Estado de México y la Ciudad de México, siendo el caso de la capital el más mediatizado debido a su importancia económica, política y social en el país y el panorama internacional.

De las 100 localidades de México con mayores investigaciones por feminicidios, 11 se encuentran en la CDMX, por lo que se han activado las alertas de género conforme aumentan estos hechos con características cada vez más violentas. No obstante, las medidas oficiales, incluyendo el aumento en la pena máxima por el delito feminicidio, han probado ser insuficientes conforme este fenómeno continúa en aumento constante, ocasionando cada vez mayor descontento y temor entre la población capitalina.

Siendo la Ciudad de México el centro estratégico del país, se podría consolidar como un laboratorio natural de innovación para combatir este problema desde la raíz: la desigualdad de género, aprovechando el desarrollo y la democratización de las nuevas tecnologías para especializar el análisis de los factores sociales y económicos relacionados con este delito e implementar medidas preventivas que reduzcan el riesgo de la población femenina de ser víctima de sucesos violentos justificados en su sola condición de ser mujer.

Es urgente una estrategia de combate integral que parta del origen de la violencia: desde los casos más sencillos y aparentemente irrelevantes para evitar que escalen a este nivel. El feminicidio es la máxima expresión de la violencia de género, un fenómeno que encuentra su origen en una desensibilización que facilita la espiral de la violencia.

El camino que culmina en los feminicidios comienza con faltas de respeto hacia la mujer, adoptando una postura de superioridad con el pretexto del género, justificando el maltrato tras una fachada paternalista donde el hombre sabe lo que es mejor para la mujer y, por tanto, tiene “el derecho y la responsabilidad” de educarla. Se esconde detrás de una postura de propietario, donde es el hombre quien debe cuidar y decidir sobre la mujer. El feminicidio comienza mucho antes del asesinato, tan sutilmente que muchas veces lo ignoramos y justificamos, buscando normalizar en la vida cotidiana reclamos e insultos que pronto escalan a agresiones físicas hasta estallar en sangre, muerte y dolor.

Por tanto, el feminicidio no se combate con policías, ni en las calles. Se combate en los hogares, en las relaciones. Se combate desde el respeto y la equidad, desde el entendimiento de la independencia de las personas independientemente de su género, desde la autonomía y la libertad del individuo. Se vence esta realidad al entender que el género femenino no es una sentencia de sumisión, sino una cualidad biológica que no hace ni más ni menos humano a la persona. El feminicidio acaba donde comienza un mundo justo y equitativo donde hombres y mujeres por igual podamos caminar libremente por la calle sin temor, celebrando nuestras diferencias para fortalecer a nuestra sociedad.

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