Derechos Humanos

Las Colectivas | Cuando la maternidad se convierte en desobediencia

Conscientes de que las sociedades contemporáneas de Sinaloa, México y el mundo viven una revolución política sin precedentes en la cual las mujeres y su exigencia de respeto a sus derechos humanos son las protagonistas, en ESPEJO decidimos abrir un espacio a colectivos feministas de Culiacán para que, con sus propias palabras, pusieran a nuestra audiencia de frente a sus luchas por alcanzar una sociedad equitativa y, sobre todo, segura para el género femenino. Así, durante esta semana estaremos publicando colaboraciones de distintos colectivos de Culiacán como una manera de acompañarles y darles voz previo al Día Internacional de la Mujer y el Paro Nacional de Mujeres convocado para el 9 de marzo.

“Un hijo es una parte de ti que te está gritando, que te dice búscame, búscame. Dice: no me hallaste hoy, ven mañana y sigue, no te canses”.
Diana, Rastreadora con un hijo desaparecido.

Karla Galindo Vazquez*

Las mujeres somos educadas para ser madres, nos asignaron el trabajo de cuidado como mandato de género, nos toca el cuidado de las hijas e hijos, el bienestar de la familia, de las personas de la tercera edad y las enfermas o enfermos. Estos cuidados se fueron convirtiendo en algo “natural”, al grado que asocian los cuidados con el amor que se tiene mayormente a las hijas e hijos. La maternidad se convirtió en destino y sinónimo de realización.

En Sinaloa como en todo el resto del país, la idea de la maternidad está ligada a entrega absoluta, amor incondicional, sumisión y entrega. No es casual que el Estado galardone el sacrificio de las mujeres con una emblemática medalla de “Agustina Ramírez”, una mujer sinaloense considerada heroína por haber parido y enviado a 12 de sus 13 hijos a la guerra, enalteciendo en las mujeres la maternidad como rasgo heroico.

El ejercicio de la maternidad se torna compleja cuando se entrelaza con una dolorosa realidad, la desaparición forzada o involuntaria de personas que les arrebata a sus hijos e hijas. Sinaloa, ocupa el cuarto lugar nacional con mayor número de desapariciones forzadas e involuntarias, con la complicidad y/o la pasividad del Estado frente a este delito.

Particularmente Ahome y El fuerte, municipios ubicados al norte del Estado, se convirtieron en terreno fértil para las transacciones y actos delictivos de diferentes cárteles y, según la organización A dónde van los desaparecidos, hasta hoy,  Ahome tiene la desastrosa suma de 65 fosas clandestinas y el Fuerte 25, ello los convierte en los municipios con mayor número de fosas en Sinaloa.

Frente ese panorama, la respuesta de la sociedad civil no se hizo esperar y surgen las organizaciones civiles lideradas por mujeres que han accionado formas de afrontamiento, desde mecanismos de investigación, búsqueda y rastreo de personas, hasta procesos de acompañamiento a familiares de otras víctimas del mismo delito.

“Yo en un principio hasta a casas de seguridad me metía buscando yo a mi hijo, íbamos en un carro, en otro, me disfrazaba como pordiosera, donde sabía que había casas de seguridad ahí iba” (Carmen)[1].

En este contexto se constituyen en Sinaloa, las Rastreadoras de El Fuerte y con ellas, a la fecha más de 18 grupos de búsqueda de personas desaparecidas.

¿Quiénes son las Rastreadoras de El Fuerte?

Son una organización de mujeres con familiares desaparecidos, en el norte de Sinaloa, su ámbito de acción se centra principalmente en los municipios de Ahome y El Fuerte, pero su labor ha trascendido ya que brindan apoyo también a otros organismos similares en el resto del estado y Sonora.

El colectivo se constituye, motivado en un inicio por la desaparición de Roberto Corrales Medina, el 14 de julio de 2014, cuando su madre, Mirna Nereida Medina Quiñonez ante la negativa de las autoridades a buscar a su hijo, decide adentrarse en parcelas, y terrenos, donde ella creía que podía estar enterrado el cuerpo de su hijo. Al enterarse, otras madres en la misma situación se fueron uniendo, hasta conformar el grupo.

Lo importante son los logros obtenidos, y Las Rastreadoras de El Fuerte, hasta hoy, han recuperado 196[2] cuerpos. Su labor no termina ahí, en colaboración con otros colectivos de búsqueda, lograron que en Sinaloa se instalara un laboratorio de genética, un georadar y que les asignara una unidad canina de búsqueda. Tienen además incidencia en las decisiones en el tema y han influido políticamente para poner en discusión las problemáticas en torno a la desaparición de personas.

En su andar, Las Rastreadoras se convirtieron en expertas en antropología forense, ahora son capaces de realizar excavaciones con mayor precisión y detectar con facilidad los cambios en el terreno como hundimientos artificiales y/o concentración de materiales, procesos claves para la localización de restos óseos,  sus Tesoros, como ellas amorosamente les llaman.

“Todo lo he aprendido desde aquí y me ha servido de mucho… conozco de forense, cómo manejar la tierra… cómo distinguir un hueso humano de animal” (Aleida).

Si el crimen organizado y el Estado se han encargado de la desaparición, son ellas quienes están conformando la geografía de la aparición, son el bastión de una lucha contra el olvido y la impunidad.

La búsqueda de personas desaparecidas obedece a la importancia que tiene contar con un cuerpo, ya que sin él; no existe legalmente prueba de un crimen y, para las familias, significa cancelar la posibilidad de elaborar un duelo, no se puede marcar el fin de una vida, es como dejar en puntos suspensivos. No hay vida, pero tampoco llega la certeza de la muerte.

“Las madres somos las que los vamos a traer de regreso, no me importa si está muerto. Yo acepto la voluntad de Dios, lo quiero de regreso, quiero la tranquilidad de saber dónde está, dónde va a quedar” (María)

Quienes desaparecieron, se llevaron consigo su realidad y al pensamiento de las mamás llegan muchas preguntas que las atormentan y que no tienen respuesta:

“Cómo murió, o sea, todo lo que sufrió… me imaginé a mi hijo sin un dedo… te imaginas a tu hijo sufriendo todo eso y como mamá de un hijo desaparecido eso es lo que te va atormentando y que en la noche no duermes pensando qué le harían a mi hijo” (Carmen)

La desobediencia se convirtió en parte esencial de su andar, confrontaron al mandato social que las confinaba al espacio privado y salieron para traer de regreso a sus hijas e hijos a casa: “me volví bien perra para buscar… por eso siempre voy al frente en las búsquedas” (Aledia).

Volverse “muy perra”, la desvincula de la identidad tradicional de género; ir al frente la sitúa en una posición de liderazgo, visible y con el poder de guiar a un equipo.

Los calificativos como mandona, culera, perra, al igual que las labores públicas que realizan las Rastreadoras, son transgresores y se contraponen a la visión tradicional de ser madre.

Alzaron la voz e irreverentes, desobedecieron al marido “yo le digo a ti que te valga, si no te gusta vete a chingar a tu madre de aquí, yo voy a seguir buscando a mi hijo” (Ana). Desobedecieron al Estado, políticamente opusieron resistencia al olvido, “no me van a callar, me partía el alma de ver a esas madres también dije cómo es posible no soy la única sufriendo” (Laura).

El dolor que paraliza a muchas víctimas, Las Rastreadoras lo transformaron en un motor colectivo, lo politizaron. En torno a él, generan alianzas, producen historias de resistencia y las víctimas se convierten en agentes políticos que provocan la transformación en su entorno. Forman redes de mujeres que son soporte para otras mujeres y tienen base en la sororidad. Además, ese dolor individual se torna colectivo cuando rebasa la frontera de lo privado, se vive en grupo.

“Se hicieron mis hermanas de dolor, se hicieron alguien con quien yo sí puedo hablar, gritar, llorar y contarles mi dolor, porque ellas si me entendían en realidad cual es mi dolor” (Diana).

La maternidad cambió de forma, por contradictorio que parezca, ahora es un acto político. Las mujeres construyen desde ella respuestas colectivas a las violencias ejercidas por el estado, ya sea por omisión o por participación directa en la desaparición de sus hijas e hijos. Ellas toman la palabra en la esfera pública, desde su discurso construyen una visión de su realidad social y llaman a la concientización:

“Yo me siento bien de participar en las marchas y las pláticas en las escuelas, que la gente sepa lo que sufrimos, lo que se padece, lo que hay, tratar de darles un mensaje a los jóvenes a ver si no tuercen el camino” (Rosa).

En el proceso de transformar la maternidad privada en un acto político, ganaron autonomía en la toma de decisiones, y no es un proceso que resulte fácil para ellas, pues les genera fricción en ese contexto de opresión. Se ve amenazado el poder androcéntrico y en ocasiones tiende a crear contradicciones y conflictos al interior de su familia.

Un hecho traumático las convirtió en víctimas, ellas transformaron su identidad y se convirtieron en protagonistas de sus luchas con voz y acción propia. Esta configuración de la maternidad no tiene ya forma pasiva, subvierte la norma y las mujeres construyen formas alternativas de ser mamás, alejándose del estereotipo patriarcal imperante que las sumergía en el no protagonismo, y que ahora se apropian del espacio público y desarrollan conciencia social y política.

 ¡Gracias Guerreras por no cansarse de buscar, por mostrarnos que la rabia digna transforma… HASTA ENCONTRARLOS!


[1] Todos los nombres de las mujeres entrevistadas fueron cambiados para proteger su identidad.

[2] Dato actualizado a febrero de 2020.

*Karla Galindo es activista feminista y académica.

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