Opinión

Cincuenteando V, encerrona virulenta

Sí, aquí cincuenteando. No, ¿cómo cree?, nadie ha dicho cincuentena, es apenas una cuarentena. Tú cuántos tienes. Veintiseis, pero ¿y eso qué? Entonces te faltan veinticuatro.

Que le digo que es una cuarentena, nada que ver con los años; nos tenemos que encerrar cuarenta días, ¿qué no sabe del virus? Claro que sé del virus, lo que tú no tienes ni idea es de la cincuentena. Haga lo que quiera, yo cumplí con avisarle. Consternado se dio la vuelta y me dejó allí con los cincuenta en la cara. Él, como todos los del edificio, también pensaba que yo estaba medio tocada. Le habían mandado a darme el recado del resguardo, pues últimamente me habían visto salir con maleta y perderme por algunos días. ¿Qué sabían ellos de la del 15?, que traía pleito con los dueños de mascotas pues la loca decía que era la mayor crueldad, esa de encerrar a un animal y darle vida a capricho de los amos. Yo pensaba lo mismo de todos ellos. Si supieran realmente lo que ando haciendo —y mira que no tengo misión especial como dice Paty Navidad—, no darían crédito. Entonces sí creerían que perdí el tornillo.

La noche anterior, a causa de tantos mensajes que recibió para enfrentar el Covid19, le llegó el insomnio. No había manera de calmar los pensamientos, esos changuitos que brincan de una idea a otra para quitar la paz —según había aprendido en las clases de meditación—. Dejó de revoltearse en la cama y se levantó. Sabía que hacer eso le impediría salir a correr a las cinco de la mañana, y continuar su día normal; el día entero se le vendría abajo. Lo peor era que por la noche debía tomar el vuelo a ese lugar de niebla que cambió su vida.

Ya ni lamentarse, eso lo había aprendido bien, mucho menos parar por un virus al que pretenden espantar con harto papel de baño. No escucharía nada más. Abrió el cuento pendiente, La autopista del sur; seguramente la ruta vivida, muchas veces, por Julio y Carol en sus innumerables salidas para escapar de la caótica París. Un incomprensible embotellamiento, un atasco de autos que deja a todos indefensos cuando intentan regresar a París luego de un descansado domingo. Días y noches donde los automovilistas intercambian víveres, saberes, frustración, temores, amores; una situación que asemeja lo vivido en cualquier comunidad, que contrasta con el caótico día a día de las metrópolis, “… esa carretera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante”

En pleno interior, vivió la angustia de los automovilistas en La autopista del sur. Se sintió encerrada en un tren de departamentos donde cada uno mostraba la codicia, el hartazgo, la cerrazón… internada en el 15 escuchaba el aviso de un mensajero que le daba razón de las novedades, donde éste asumía que moriría desolada en pleno departamento. El cándido veinteañero ignoraba que ella ya andaba cincuenteando y que, en ese momento, su único pendiente era que sus bochornos alertaran las termocámaras del aeropuerto, y que, como presumible portadora del Covid19, interrumpieran su ensoñado camino…

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