Culiacán

Jesús Alfredo venció al COVID-19: “Sí, se piensa en la muerte. Cómo no…”

“Se siente un desespero y miedo. Piensas en la muerte, claro. El mental es el duelo más fuerte. Es en sí una convivencia con la muerte”.

La despedida con su esposa fue a los lejos, con una seña. Así nomás como quien le dice adiós a aquel con el que apenas ha cruzado unas palabras, un casi desconocido.

En aquella extraña despedida no mediaron el abrazo ni la frase de aliento. Nada se prometieron. Ni un encargo marcó la separación que podía ser temporal, que podía ser definitiva, irreversible.

Allá a la distancia vio la cara de su mujer, el ademán esbozado por la angustia. Fueron gestos efímeros, nacidos desde la intranquilidad de ambos, desde la zozobra compartida. Una cosa de esas sin nombre que solo generan la incertidumbre y el miedo.

Entonces Jesús Alfredo Lerma ingresó al área especial para los pacientes con COVID-19 del Issste en Culiacán. Sabía que si le hacían la prueba marcaría positivo. Llevaba todos los síntomas acalambrándole el cuerpo; llevaba con ellos varios días.

En el pasillo pensó en su familia, en sus dos hijos y mujer. Tanto tiempo juntos y todo podía acabarse así, sin más. Porque el coronavirus (COVID-19) impone sus condiciones.

Porque la pandemia actual ha creado este factor de no acompañamiento del paciente. Enfermo contra virus; el primero queriendo expulsar al segundo, y el segundo pretendiendo entrar, contaminarlo todo. El duelo es desigual porque el paciente lo enfrenta en soledad.

Y allí entró Jesús Alfredo Lerma, con esa tos que todavía lo tropieza al hablar. E inevitablemente pensando en la muerte.

“Sí, se piensa en la muerte. Cómo no…”, dice Jesús Alfredo Lerma a unos días de haber sido dado de alta, resguardado en su casa de la colonia 5 de Mayo de Culiacán.

LA INFECCIÓN

El martes 7 de abril empezaron a brotarle los primeros síntomas. Por lógica sospechó que se trataba de COVID-19. Porque a Culiacán y al mundo, en estos días, no se le cae de la boca la enfermedad. Todo es COVID-19, contagios y muerte.

Tenía una tos insistente, calentura y le dolía el cuerpo. Respiraba bien, con normalidad pero se sentía mal. Acudió al Issste. Los médicos lo regresaron a casa con algunas recomendaciones: tomar esto, lo otro, y aislarse, encerrarse en su casa.

Podía estar contagiado. Y podía desparramar el virus entre su familia, sus amigos, sus vecinos… Lo mejor era tomar en serio las medidas de prevención anunciadas por las autoridades de Salud.

En esa primera visita obligada al Issste no le practicaron la prueba aunque todo pintaba a COVID-19. En alguna parte había agarrado el bicho. Le dijeron que en caso de tener complicaciones en las vías respiratorias de inmediato regresara a revisión médica.

Jesús Alfredo Lerma se regresó a su casa en la colonia 5 de Mayo igual de enfermo, con la misma tos picándole el pecho y la garganta, con esos dolores inusuales en todo el cuerpo. Y volvió a casa con más preocupación.

Esa era su nueva realidad. Los garfios de la pandemia lo habían alcanzado. Solo había que esperar qué tan fuerte le habría de pegar.

En esas condiciones, con la zozobra encima, pasó cuatro días: miércoles, jueves, viernes, sábado…

INGRESO

El domingo a mediodía las cosas se complicaron. El escenario que deseaba no llegara, se le plantó: no alcanzaba el aire, le faltaba el oxígeno. No soportó el embate. Era hora de volver al Issste y que fuera lo que tenía que ser.

Tras la breve e inusitada despedida de su mujer, Jesús Alfredo Lerma, de 36 años de edad, padre de dos hijos y mánager de la Selección Mexicana de Softbol, fue ingresado a la zona COVID-19 del hospital.

Le asignaron su cama en una sala llena de pacientes. Jesús Alfredo calcula que había entre 25 y 30 enfermos. Los médicos le colocaron la mascarilla del oxígeno, el suero y empezaron a suministrarle el tratamiento contra el virus.

Luego le practicaron la prueba del coronavirus. En dos días, el martes 14, le anunciaron el resultado positivo.

Había enfermos como él, que solo requerían el oxígeno; de esos con los que el virus no se ensaña. Y había de los contagiados críticos, los intubados, los que no pueden respirar por sí solos. De todas las edades.

EL MIEDO

Desde que llegó el virus le mostró los dientes. Jesús Alfredo Lerma asistía a una sala donde la muerte ejercía su arte con una facilidad sorprendente. A diario vio salir cadáveres, víctimas del COVID-19.

Sintió miedo. Qué más. Estaba en el vestíbulo de la terminación de muchos y pensó que hasta de su propio fin. Estaba en medio de una lucha física y mental.

En lo físico iba abajo en el score contra el COVID-19. En lo mental no podía dejarse vencer, era una carrera parejera.

“Se siente un desespero y miedo. Piensas en la muerte, claro, porque todos los días los pasé viendo pacientes fallecer. A diario salían casos de fallecimientos ahí en el hospital. Imagínate eso. Algo duro, muy duro. Todo ese lugar es impactante, te impacta mentalmente. El mental es el duelo más fuerte. Es en sí una convivencia con la muerte”.

Allí estuvo cinco días, con esa vecindad, en esa convivencia indeseable. Solo escuchaba los reportes rutinarios de los médicos, cómo iba eso de su evolución, si había alguna mejora, si se estaba complicando. Él tenía el privilegio de saber, pero los intubados no, a varios de ellos les llegaría la muerte sin tener conciencia de sí mismos ni del final.

EL ALTA

Jesús Alfredo Lerma empezó a mejorar. Respiraba por su propia cuenta. Empezó a alejarse del uso de la mascarilla. Hasta que ya no necesitó el oxígeno.

El jueves 16 su evolución, su mejoría, era notable. A las 18:00 horas de la tarde del viernes 17 le autorizaron el alta médica. Y volvió a su casa, con su mujer e hijos aún pequeños.

Por recomendación se mantiene aislado en la planta alta de su casa.

“Solo bajo a cenar. Me siento en un extremo de la mesa y mi familia en el otro. Así convivimos un poco, por prudencia. En dos semanas más me recuperaré. Aún me siento débil de las piernas”.

La realidad, abunda Jesús Alfredo, es que uno puede agarrar la enfermedad en cualquier lugar. Creo que yo me infecté en el súper, en una gasolinera, no sé, donde sea. Pudo haber sido en cualquier lugar.

Un hermano de Jesús Alfredo también está contagiado. Y sus suegros, aunque el virus no les golpeó como a él. A ellos no les afectó las vías respiratorias.

Sobre el personal médico que lo atendió solo tiene agradecimiento.

“Mis respetos para todos ellos. Se la están jugando en serio. Me trataron más que excelente. Me dieron palabras de aliento en un momento muy complicado para mí. Solo eso, agradecerles”.

Jesús Alfredo Lerma es presidente de la Asociación Estatal de Softbol de Sinaloa y mánager de la Selección Mexicana de Softbol. Ahora solo piensa en recuperarse y volver a los entrenamientos con sus jugadores.

Tiene en mente los Juegos Panamericanos que aún no tienen fecha definida a causa de la pandemia del COVID-19, que habrían de realizarse en noviembre próximo en Argentina.

También piensa en los Juegos Olímpicos del próximo año. En una de sus fotos la frase es concluyente: “Te toca demostrar qué tan fuerte eres porque hoy esa es tu única opción”.

La de Jesús Alfredo Lerma es una historia de esperanza en tiempos de pandemia.

Y desde la segunda planta de su casa en la colonia 5 de Mayo ve cómo anochece sobre su ciudad. Esos atardeceres que, cuando todo termine, ya no volverán a ser los mismos en Culiacán.

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