Familia

“Mi madre ahora es un colibrí”

Las cenizas de Cony les fueron entregadas en una agencia funeraria con un jardín muy. bonito; algo muy significativo porque Cony amaba la naturaleza y le había pedido a su hija que cuando muriera le gustaría estar en un jardín o en la playa.

Fotos cortesía de la familia García González.

Fotos cortesía de la familia García González.

Por Darwin Franco

Este es el primer perfil del proyecto de Zona Docs “COVID-19: Historias de vida y memoria”, donde se da rostro y vida a cada una de las personas que, lamentablemente, perdieron la vida a causa del COVID-19, enfermedad que causa el coronavirus.

Esta primera historia es la de Cony, una mujer de 72 años que abrazó al feminismo como una forma de vida y se sujetó amorosamente a la sororidad que construyó con su madre e hija. Incansable con la lectura y preocupada porque otros conocieran el mundo, hizo de la educación un estandarte y de su labor como terapeuta, una forma de cambiar la vida de las personas. En ESPEJO publicamos esta historia como un acto de solidaridad y memoria con las víctimas de esta pandemia.

Su historia es narrada por su hija Estefanía.

“Mi mamá fue una mujer irreverente, feminista y transgresora; siempre iba en contra de todas las normas y todo el tiempo se cuestiona las cosas… era muy inteligente, y desde que yo la recuerdo siempre vivió rodeada de libros”, fueron las primeras palabras con las que Estefanía se refirió a su madre.

En sus vivencias y recuerdos, no hay manera de no pensar a su madre sin recordar a su abuela, Conchita; quien lamentablemente falleció hace un año y 10 meses. Ambas, insiste Estefanía, fueron mujeres trasgresoras y adelantadas a su tiempo. 

Pero también fueron resilientes, porque lograron reponerse del sismo del 19 de septiembre de 2017, el cual destruyó su departamento ubicado en los multifamiliares de Tlalpan en la Ciudad de México.

“Yo tengo 37 años, pero desde que tengo memoria y uso de razón, siempre la recuerdo con un libro, recuerdo mi casa llena de libros. Ella siempre estaba investigando o preparando sus clases; le encantaba enseñar. De hecho, el día en que fue internada y para sacarnos el estrés le pregunté qué era lo más le gustaba de dar clases, ya que ese día era el día del maestro… ella me contestó que lo que más le gustaba era enseñar y que lo que más le preocupaba eran aquellos alumnos que no deseaban estudiar. A ella, eso le preocupaba mucho”.

Otra de las cosas que también le preocupaban mucho a Cony, eran los problemas que tenían las personas que acudían con ella a terapia en la Clínica de Detección y Diagnóstico Automatizados (CLIDDA) del ISSSTE.

“Mi mamá dio a manos llenas y ayudó a todas las personas que acudieron a ella por consejos; ahora que falleció muchas personas me han escrito o hablado para contarme todo lo que mi mamá hizo por ellos y los agradecidos que estaban por eso… Mi madre dejó un gran legado en sus alumnos porque no sólo les enseñaba sino también sabía escucharlos”. 

Esa escucha la llevó a saber dudas sobre los contenidos de clase, pero también problemas familiares o de pareja que Cony, igualmente, escuchó para ofrecer siempre un consejo.  

En su faceta de madre, Cony es descrita por su hija como una mujer intensa, explosiva y con una capacidad inmensa para amar.  

“Ella es una de las personas que más he amado en la vida… perder a una madre es un dolor indefinible y más por este piche virus silencioso, ya que así fueron las cosas. Mi mamá tenía hipoxemia feliz que es cuando tu respiración baja, pero tú no te das cuenta. Cuando ella empezó con síntomas, llamamos a la Línea COVID, mi mamá ya tenía fiebre y dolores de cabeza y estomago; en la asesoría le pusieron a hacer algunos ejercicios de respiración y ella, a simple vista, respiraba perfectamente y jalaba aire súper bien, no estaba morada y esto nos hizo relajarnos un poco… yo pensaba positivamente que estaría bien, pero el siguiente día me di cuenta que no fue así”.

Cony también padecía de hipertensión; sin embargo, había mantenido a raya a la enfermedad porque era una mujer que se cuidaba mucho. Estefanía recuerda que su madre era muy estricta con la limpieza y con su alimentación, nunca comía en la calle.

Cuando inició la pandemia de coronavirus, Cony incrementó sus cuidados, aunque recuerda Estefanía que su madre siempre fue así de cuidadosa desde que ella era pequeña:

“Mi madre siempre cargaba cloro y alcohol para desinfectar los juegos en los que jugaba en el parque o era de esas que lavaba los baños cuando dormíamos en algún hotel”.

¿Qué pasó entonces? Estefanía no lo sabe, ni quiere entrar en esos detalles porque cansada está del morbo que tienen las personas que a fuerza quieren saber cómo y en dónde su madre contrajo el maldito coronavirus. Pero eso nadie lo sabe y poco importa ahora.

Cony cuando era niña, Estefanía cuenta que las fotos de su infancia o juventud son las que sí le gustaba mostrar.

“Yo ya no pude abrazar a mi madre desde marzo. Ella por sus cuidados extremos no dejaba que nadie la abrazara o le diera la mano, así que nos saludábamos con los codos y siempre utilizábamos el cubrebocas. Cuando salía al súper a las compras, regresaba a casa y lavaba todo con cloro, no fuera a ser. Mi cumpleaños fue el 8 de marzo y ese día nos dimos el último abrazo. Mucha gente me pregunta: ¿cómo se contagio? Y no sé, no tengo idea”.

En esta pandemia, dice Estefanía, ni los médicos supieron decirle. Lo que sí supo, como hija, es que a su madre la querían un montón de personas; y no se trata, asegura, de “alabar a quienes perdieron la vida para decir que fueron perfectos” sino de señalar todo lo que ha estado aprendiendo desde que falleció su madre, a quien también describe como una mujer dramática, intensa, gritona y directa; por ello, relacionarse no era nada fácil

“Hoy que ya no está y que he recibido tantas muestras de apoyo he ido comprendiendo más esa forma de ser de mi madre. Yo estoy impactada por ese amor que le tienen los demás y como eso se ha traducido en apoyo para mí, pues por el tema de la enfermedad yo también me tuve que hacer la prueba y espero de verdad no tener COVID, pero sí eso pasara muchos están dispuestos a apoyarme por el amor que le tenían a mi mamá. Yo soy ahora un reflejo de lo que ella fue”. 

Lo que Cony es, porque se sigue siendo pese a la muerte, es el resultado de luchar contra las injusticias sobre todo aquellas que provienen del machismo. Estefanía asegura que si algo odiaba su madre era el machismo y las dependencias que éste genera en la vida de las mujeres.  

Desde que se separó del padre de Estefanía, Cony decidió que no dependería de ningún hombre y, por ello, luchó porque ninguna otra mujer tuviera que vivir bajo el yugo del patriarcado.

Donde también peleó fue en la arena político-social, pues Cony participó en el movimiento estudiantil de 1968 y estuvo a nada de acudir a la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco aquel fatídico 2 de octubre, pero el destino y uno de sus principales defectos, la impuntualidad, le salvaron la vida.

Vida que empleó para manifestarse cuantas veces le fue posible, ya sea por el terrible incendio en la Guardería ABC o por la violencia que dio pie a la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad que encabezó el poeta, Javier Sicilia, en 2011. A esas marchas acudió con Estefanía porque siempre le inculcó que uno no puede quedarse quieto ante el dolor.

Esas mismas inconformidades, Cony las trasladaba a sus clases donde invitaba a sus alumnas y alumnos a reflexionar sobre lo que estaba ocurriendo:

“Mi mamá era buenísima dando clases o pláticas, ella trabajaba con mujeres adultas a quienes les hablaba del climaterio y menopausia, todo lo vinculado con la vida sexual y los cambios hormonales en las mujeres, pero de esta faceta de su vida tenemos pocas fotografías porque no le gustaba que le sacarán fotos… ella decía, sí les doy la charla, pero que no me graben”.

Entre las fotos que Estefanía nos compartió para este perfil, se le ve a Cony rodeada de su madre y de su familia, se le ve sonriente y plena, incluso, en aquella foto donde estaba desalojando su departamento en los multifamiliares de Tlalpan.

“La muerte es terrible, nunca estamos preparado para ello. Mi abuela murió hace un año y 10 meses, tenía 98 años y tuvo una vida plena, pero su muerte fue muy terrible para mi mamá. En ese entonces, yo estaba más preparada y consciente; mi abuela murió en la casa rodeada de flores, le pusimos sus canciones favoritas, pero esto no pasó con mi mamá… algo que es muy jodido del COVID es que ya no puedes verlos, ya no puedes tocarlos, yo no pude estar con mi mamá en su último suspiro; me la quitaron, me la arrebataron de una cápsula y todo se lo tuve que decir a través de una puerta donde le grite que la amaba, que no tuviera miedo y que todo iba a estar bien: ella sólo me decía sí nena, sí”.

Esta terrible situación se prolongó después de la muerte de Cony, Estefanía ya no pudo verla ni despedirse porque era muy peligroso; incluso, recuerda que los médicos le sugirieron que lo podría hacer usando un traje especial, pero era bajo su propio riesgo:

“Al final lo pensé porque mi mamá era mucho más que eso, mucho más que un cuerpo, pero con todas esas restricciones, incluso, después de su muerte yo no he podido estar con nadie más que con Jesús, mi novio, quien me ayudó a llevar a mi mamá al hospital; ambos estamos en resguardo esperando los resultados de las pruebas de COVID, pero a mi mamá no pudimos hacerle un velorio ni hemos podido recibir un abrazo de mi familia por su ausencia, nada”. 

Las cenizas de Cony les fueron entregadas en una agencia funeraria con un jardín muy. bonito; algo muy significativo porque Cony amaba la naturaleza y le había pedido a su hija que cuando muriera le gustaría estar en un jardín o en la playa.

Ahí en ese jardín, Estefanía y Jesús, decidieron realizar un acto funerario para despedirla junto con su familia, a través de una video llamada, y con la música de Janis Joplin, ya que Cony amaba a la cantante texana. 

En un marco nada halagador y con una video llamada inestable, un colibrí se posó ante ellos. Jesús, al verlo le dijo a Estefanía: “Es Cony”.

Algunas leyendas dicen que los colibríes tras una muerte vienen a los seres humanos para decirles que el alma de quienes aman está bien y en paz; en esas mismas historias orales se asegura que cuando a un ser humano le llega la hora de su muerte, su alma se desprende de su cuerpo y vuela libremente hasta posarse en una flor.

Allí, oculta y a salvo, espera, pero un día llega a ella un colibrí y la descubre entre los pétalos. Si es la elegida y le ha llegado su momento, amorosamente la recoge y la lleva sobre su cuerpo volando hacia el paraíso.

Estefanía no sabe si todo esto es realmente cierto, pero le reconforma pensar que lo es, y no sólo por el colibrí que llegó ese día en la funeraria sino por el par de colibríes que ahora llegan hasta el jardín de su casa y que le recuerdan a su madre y abuela, las cuales ahora están juntas como lo estuvieron por muchos años.

Cony y Conchita, de cariño Cony le decía a su madre: “Mamichi”.

***

Aquí todos los detalles para formar parte de este proyecto periodístico de memoria y vida.

ESTE CONTENIDO ES PUBLICADO COMO PARTE DE UNA ALIANZA PERIODÍSTICA DE LA CUAL FORMAMOS PARTE LOS MEDIOS LA VERDAD JUÁREZ, ZONA DOCS Y REVISTA ESPEJO CON EL OBJETIVO DE AMPLIAR LA DIFUSIÓN DE INFORMACIÓN ALREDEDOR DE LA PANDEMIA DEL CORONAVIRUS EN EL NOROESTE DEL PAÍS. VER ORIGINAL AQUÍ.

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