Culiacán

Historias de Histeria | Reparador de punteros

—¡Baldoooooo! — sonaba afuera, como si lo conocieran.

En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En ‘Historias de histeria’ hacemos un recuento de aquellos sucesos que nos hablan de la necesidad de emprender acciones para devolver la paz y tranquilidad a todos los ‘culichis’.

Baldomero recién se había graduado, ni siquiera había completado el internado cuando regresó al pequeño pueblo cerca de Pueblos Unidos en el que había crecido. Era el primero en su familia en terminar la universidad, el orgullo de su abuela porque había cumplido esa extraña fantasía de todas las madres de tener un hijo médico.

Le faltaban entonces un par de meses para irse a una comunidad cercana a San Ignacio a comenzar con la siguiente fase de sus estudios cuando pasó el pequeño gran suceso que marcaría su destino.

Era octubre de 2009, lo recuerda porque fue el mismo año en que se graduó, estaba en su casa viendo la televisión como a eso de las 10 de la noche cuando tocaron a su puerta de manera estruendosa, se levantó asustado y abrió sin preguntar siquiera quien era.

Se trataba de Armida, una de sus tías quien al entrar lo abrazó llorando y lo llevo jalando hasta su camioneta sin decirle nada, quería enseñarle algo.

Mientras más se acercaba a la camioneta más se escuchaba el llanto, como de un niño, era Ubaldo, el hijo más pequeño de Armida, quien no dejaba de sangrar de una de sus piernas. Rápidamente lo cargó a como pudo y lo metió a la sala de su casa, en donde comenzó un proceso de curación.

Le había sacado una bala de la pierna a su primo de 15 años, todo sin hacer preguntas, porque ya sabía que estaban de más, Ubaldo andaba mal y ese chisme ya rondaba por toda la familia. Le dio los cuidados necesarios esa noche y le recomendó a su tía llevarlo al día siguiente al hospital de la sindicatura.

Pensó que esa sería solo una historia chusca e incómoda de familia, pero sería el pequeño comienzo de sus hazañas cerca de los alrededores, puesto que Ubaldo había pasado la voz entre camaradas que su primo el médico les echaba la mano cuando tuvieran algún percance.

En menos de 2 semanas ya le había echado la mano como a 6 morros de los ejidos cercanos, todos con heridas de bala o de golpizas de las que jamás le explicaban nada, los papas de estos niños le dejaban quinientos o a veces mil pesos y eso lo veía como un ahorro para cuando se fuera a su internado.

Ese jueves, estaba en casa cenando con su familia cuando su casa comenzó a ser rodeada por al menos 5 camionetas más grandes que el cuarto en el que dormía.

Las luces de las Silverado se colaron para las enormes ventanas de la casa y la noche parecía hacerse día, mientras la madre de Baldo se metía a su habitación como siempre que le llegaban con encargos.

Los golpeteos en la puerta eran tan agresivos como los gritos que sonaban afuera gritándole al joven.

—!Baldoooooo! — sonaba afuera, como si lo conocieran.

Corrió a ver quién era y se metieron a su casa cuatro fornidos hombrees cargando un cuerpo moreteado y con la carne viva en algunas zonas.

—Es el Toño— Le dijeron, sabiendo que él entendería.

Antonio fue compañero de Baldo en la primaria, fueron muy amigos hasta que salieron de la prepa y Baldomero se fue a Culiacán a estudiar la universidad y Antonio se quedó atendiendo el negocio de la familia.

El padre de Baldomero sacó un colchón individual de una de las habitaciones y lo tendieron en la sala. Ahí comenzó el proceso de curación y de las dos balas clavadas, una en un brazo y la otra cerca del hombro de Toño.

Mientras extraía las balas los hombres que llevaron el cuerpo bromeaban con el futuro de Baldo si es que Antonio no la libraba, poniendo más presión en el joven que apenas y entendía la magnitud del resultado.

Como pudo le sacó las balas y con alcohol y otros materiales que tenía en casa la limpió las heridas y le vendó algunas marcas. Les dijo que lo llevaran a una clínica en Culiacán en la que atendían esos problemas, garantizándoles que si alcanzaba a llegar a ciudad.

Nada más le dijeron gracias y se fueron.

Comenzó a limpiar el desastre de su sala, pero su madre salió y le dijo que dejara todo, que al otro día limpiaban. Esa noche cayó rendido.

En la mañana cuando se levantó y la sala estaba limpia, sus padres se desvelaron acomodando y desmanchando los muebles de sangre. Parecía que todo había terminado.

Una semana antes de irse, otra vez mientras cenaban se oyó un golpeteo en la puerta de su casa. Su padre salió para decir que Baldo no estaba, pero al abrir se encontró con uno de los hombres que llevaron a Antonio.

—Aquí le mandan al Baldito— Le dijo, poniendo un gesto amable.

Le dejó un sobre y se fue.

El padre le llevó el sobre a su hijo y al abrirlo encontró veinte mil pesos y una tarjeta que decía ‘gracias reparador’.

¿Será que la constante exposición a hechos de violencia, narcotráfico, corrupción e impunidad y muchos otros más que ocurren constantemente en Culiacán y Sinaloa empiezan a afectar el correcto funcionamiento de la psiqué de los sinaloenses?

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