Artes

“Las flores de Roberto”

¿Qué sería un teatro sin quien lo custodie?

Texto: Juan Esmerio Navarro.

¿Qué sería un teatro sin quien lo custodie? Tal vez un cascarón. Porque antes y después de una función hay una persona para el que el edificio lo es todo. Roberto Flores fue el nombre de la persona para el que el teatro Pablo de Villavicencio lo era todo. Él fue su fiel custodio. Él traía el mazo de llaves que siempre manejó con responsabilidad. Sorprendía el respeto con que se dirigían a él los artistas durante los ensayos.

A primera vista tenía la salud de hierro de un templetero. Tenía además un gusto exquisito para leer filosofía. Esas lecturas lo mantuvieron en pie en los malos momentos.

Todo espacio del ISIC fue digno para él. Así que cuando trabajó en la sala Socorro Astol lo hizo con la misma devoción de siempre. Desde ahí se dedicó, en silencio y con entereza, a ver el teatro Pablo de Villavicencio, su gran amor profesional. Descuida, hermano, fuiste bien correspondido: el teatro te ha hecho suyo. Cuando entremos te vamos a recordar junto a la puerta, atento siempre, vestido con pulcritud y decoro. Vamos a recordar tu figura, que encarnaba la prudencia y la discreción misma. Vamos a decir tu nombre y, con el rabillo del ojo, te vamos a buscar en los camerinos, en el escenario, en la butaca de al lado. Vamos a decir tu nombre, Roberto Flores, como decimos el de Rosa María Peraza y el de Itzel Navidad. Porque si ellas le dieron vida al teatro, tú te encargaste de cuidar esa vida. No en vano llegabas antes que nadie y te ibas después que todos.

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