Opinión

El final de todos los tiempos | La reflexión del Doctor José Gaxiola López

De las ideas catastrofistas surgidas por la pandemia coronavirus aceptemos que son muy poco probables y, si suceden nada podemos hacer…

Por José Gaxiola López | Investigador invitado

Los mayores de mi pueblo decían que los años bisiestos eran de mal agüero. El 2020, los es, y peor que aquel “Año Terrible”, de Víctor Hugo. Las patrañas propagadas lo hacen ver más vil. La actual pandemia, dicen, es señal del fin del Mundo, una turbación histórica recurrente que nos persigue desde hace más de 15 siglos. La humanidad llegará a su fin, no hay duda, primero que la Tierra, que el Mundo. Pero mucho antes se extinguirán varias especies. Es la Apocalipsis, en unos, el Complot en otros. Los últimos afirman que el coronavirus es una bomba bacteriológica de EU o China. Que fue creado por la industria farmacéutica a fin de vender más o, inventado por los medios para distraer. Que se fabricó para exterminar minorías. Que migrantes, médicos y enfermeras son causantes de su propagación. Que viaja en mercancías chinas por todo el mundo. Etc., etc.. Para los conspiradores nivel 5, el SARSCoV2 se encuentra en la red de telefonía celular 5G transmitido a través de sus torres de comunicación. De aquí son, quienes sostienen que un virus creado por Microsoft brincó de la informática a los humanos. Los fanáticos a filmes de ficción creen que el cine explica origen y fin del virus. Otros apuntan que el COVID19 llegó en meteoritos caídos en China. Que las vacunas causan más mal que bien. Estos intrigantes atizan odio, queman antenas de transmisión, agreden a personal e instituciones de salud. En los apocalípticos hay los: a) religiosos y, b) falsoprofetas (científimalos). Los religiosos (idealistas-futuristas) intérpretes del apocalipsis de Juan de Patmos. Un escrito de protesta, resistencia y libertad cristiana ante las opresiones romanas del siglo I d.C., bajo el emperador Domiciano, que impuso el culto divino a su persona, se autoproclamó hijo de dios, imprimió monedas con su efigie y exigió adoraran sus estatuas en todo el imperio. Los cristianos, se negaron, originando el escrito de Juan. Que fue aceptado por la iglesia 300 después años bajo decreto del PAPA Dámaso I, y como obra divina definitiva del nuevo testamento unos mil años delante. Estos apocalípticos se baten espiritualmente entre el bien y el mal, sostienen que se cumple el plan maestro de Dios para la historia. Creen ver en cualquier mal, nacional o mundial, el apocalipsis, desde que el PAPA Gregorio Magno dijo “El fin del mundo no es una mera profecía, sino está revelándose”. Han incluso calculado que durará 42 meses. De un año bisiesto a otro. Que la boca se les haga chicharrón. Los seudocientíficos, hay quienes dan valor a profecías negadas científicamente por más de 100 años, creen encontrarlas en piedras (ordenadas o no), en petroglifos, en cualquier cosa. Confunden a Malthus con Nostradamus, la magnesia con la gimnasia, ni vale la pena ocuparse de ellos, son ignorantes confesos promotores del anticristo. Otros, que si trataré, pretenden vincular el fin del mundo con posibilidades de sucesos; astronómicos, físicos y geológicos. Una perturbación en la inclinación del eje de la Tierra; una alteración en su campo magnético; buscan relaciones causales de una serie de terremotos y erupciones en el cinturón volcánico, desde el Krakatoa hasta cualquier parte del mundo donde ocurran brotes o vaivenes; ven amenazas por meteoritos, por hoyos negros y de extraterrestres. M. Milankovitch, en el siglo pasado sostuvo que, una inclinación del eje de rotación de la Tierra respecto a su plano de traslación alrededor del sol y la coincidencia de invierno en el hemisferio norte, cuando la Tierra está más lejos del Sol, puede ocurrir. Es más fácil ganarse la lotería sin comprar billete, que estos parámetros coincidan. La excentricidad más elíptica de la traslación de la tierra ocurre cada 100 mil años; la variación de su ángulo de rotación respecto a su perpendicular elíptica ocurre cada 41 mil años y, la variación de la posición la Tierra durante un perihelio cada 23 mil años. Cuando coincidan, no será el fin del mundo, sino de otra glaciación. La especulación en torno a la nulidad o disminución de la intensidad del campo magnético de la Tierra, aunque ya sucedió en las últimas docenas de millones de años, no provocó extinciones extraordinarias de especies. Es posible que vuelva ocurrir, pero poco probable. Este campo se extiende por arriba de la ionósfera a más de 500 Km de altura para protegerla de las partículas de los rayos cósmicos, desviándolas o restándoles fuerza. Sí disminuye, aumenta la incidencia de los rayos cósmicos sobre la superficie y la vida de la tierra. Sí este campo no hace esa función, por algunos años, la capa de ozono podría debilitarse facilitando la entrada de radiación ultravioleta, alterando el ritmo genético y matando vidas. El escudo del campo magnético de la Tierra puede ser rebasado si la supernova más cercana a nosotros explotara, nos chocarían un torrente de partículas cósmicas provocando grandes extinciones. Alpha Centauri, la más cercana, está 1.35 parcecs, unos 4500 años luz. Una variación drástica del campo magnético de la Tierra ocurrió hace 780,000 años. Un estudio de 2012 señala otra de hace 41,000 años, casando con la última glaciación. El pronóstico de que una vuelva ocurrir, es dentro de unos 4 mil años. Y no será el fin del Mundo. El irresponsable actuar de nuestra civilización contra el ambiente provocará nuestra extinción. Sin duda. Los paleontólogos al estudiar registros fósiles reportan períodos en los que las extinciones fueron elevadas, particularmente ligadas a las glaciaciones. La tierra, en equilibrio con la litósfera y la biósfera, autorregula sus constantes físicas; temperatura, salinidad del mar, concentración de oxígeno y crea condiciones para mantener la vida a largo plazo. E. Lorenz al explicar la actividad atmosférica encontró una dinámica caótica de atracción y repulsión. La atracción confina la atmósfera en una región y la repulsión a no pasar dos veces por el mismo sitio. Bajo su teoría hay conciencia de que el clima terrestre es altamente sensible, una leve perturbación podría expandirse exponencialmente. Es el presagio del atractor de Lorenz, ícono universal del caos, conocido como “efecto mariposa”. Preocupa, la alteración del equilibrio terrestre. En 1896, S. Arrhenius, descubrió el gas causante del calentamiento atmosférico: el CO2. Según él, sí la concentración de CO2 disminuyese a la mitad, la temperatura terrestre descendería 5º C., suficiente para provocar una glaciación. Sí la concentración se duplicara, la temperatura subiría hasta 6º C. Su teoría convergió en la conocida ley del efecto invernadero. Si el CO2 aumenta en progresión geométrica, la temperatura se incrementará aritméticamente. En 1956, M. Swing y W. Donn, afirmaron que de fundirse el ártico, se evaporaría tanta agua provocando fuertes nevadas desencadenando una glaciación. Disminuiría el nivel del mar, cesarían las corrientes marinas. La cinta transportadora de estas corrientes conectadasforman la gran corriente marina planetaria que gira en la misma dirección y, sostuvo W. Broecker, socorre al equilibrio climático, sí se detiene el flujo de tal cinta se modificaría el clima de la tierra. La vida está protegida por una delgada capa de ozono que hace la función de espejo para regresar o desviar las radiaciones que la dañan. De romperse, la biósfera, ocupada por la materia viva corre gran peligro. J. Lovelock descubrió en 1970 el compuesto CFC-11 de los clorofluorocarbonos (CFC) producido por muchas industrias. S. Rowland y M. Molina demostraron que éstos se han acumulado en la atmósfera, permanecen unos 50 años y destruyen la capa de ozono. En los polos se han descubierto agujeros en esa capa. La real amenaza para la humanidad, es el calentamiento global y la eliminación de la capa de ozono. Provocarán mutaciones en especies, enfermedades, competencia por recursos, selección entre especies y desastres diversos. Si las bacterias patógenas siguieran el patrón Malthus de crecimiento poblacional, en 6 días nos hubieran comido a todos, pero viven en competencia y en limitaciones. Las especies se extinguen al competir por recursos, algunas pueden coexistir en el mismo nicho ecológico, pero otras no, que al final son eliminadas por exclusión competitiva, una forma de selección natural, donde las variables población y alimentación de cada especie juegan rol esencial. La competencia y selección natural tienen lugar a nivel macromolecular (genes) y celular (gametos); a nivel de organismos multicelulares y sus familias. La especie perpetuada depende jerárquicamente de la liga reproductora de sus miembros. Si la liga se rompe, la especie desaparece. En 2016, el Programa de la ONU para el Medio Ambiente alarmó sobre el aumento de las epidemias zoonóticas. Señaló que el 75% de las enfermedades infecciosas en los humanos son de origen animal y están estrechamente relacionadas con la salud de los ecosistemas. Los cambios climatológicos afectan la supervivencia de los microbios. Las evidencias sugieren que habrá más epidemias a medida que el clima siga modificándose, amplificando sus posibilidades de propagación. Los virus, que por exclusión perdieron a sus huéspedes originales, migran a las plantas y a los animales y sirven de puente epidemiológico para llegar a nosotros, como en el caso de la gripe aviar. Los primeros casos de SARS se asociaron con civetas, el MERS con camellos y dromedarios y el ébola con gorilas y orangutanes. El COVID19 con el pangolín (no comprobado). Los murciélagos son determinantes en la biodiversidad, igual trasmiten coronavirus a otros animales. No a los humanos, claramente. La buena es que todos los virus mueren. En cuanto a la extinción por asteroides, se comprobó la teoría de W. Álvarez de que uno muy grande impactó a la tierra hace 65 millones de años, produciendo una gran nube de polvo con iridio que extinguió a los dinosaurios y muchos otros. Hay miles de telescopios, como el mío, buscando que esta amenaza pueda volver a ocurrir, pero no se acabará el mundo. De las ideas catastrofistas surgidas por la pandemia coronavirus aceptemos que son muy poco probables y, si suceden nada podemos hacer; sí choca un asteroide contra la tierra; sí esta cambia su órbita de traslación respecto al sol; si nulifica su campo magnético; que la absorba un hoyo negro; que explote una supernova vecina; que el Sol se apague y; que nos devore la galaxia Andrómeda dentro de 4700 billones de años. Pero SÍ podemos: parar la infodemia; eliminar la posibilidad de guerras nucleares y bacteriológicas; combatir cambio climático; proteger las corrientes oceánicas; proteger la capa de ozono y, sobre todo, apoyar investigaciones sobre los virus, las enfermedades endémicas, el hambre, la pobreza, la violencia, la insalubridad y la injusticia. Los apocalípticos nos quieren en-red-ar que caminemos sobre la navaja de Ockham. Pero es mejor aceptar el miedo de que dentro de 100 años o, en este siglo, habrá extinciones sucesivas de especies y disminuir poco a poco nuestra humanidad. En lo anterior hay alternativa y, NO pensar en la existencia de un virus exterminador, como si fuera un nuevo bosón contrario al de Higgs, una nueva partícula del “diablo” que viene a desarmar la materia viviente. Hay agobio, ante expectativas poco esperanzadoras a consecuencia de muchas decisiones políticas que conducen a más muerte. Duda de que los liderazgos no puedan apartarnos de esta amenaza viral, porque varios ya fracasaron y deben ser enjuiciados. Otro nos desilusionaron porque no han logrado el objetivo más preciado para la sociedad: Una Salud Para Todos. Citando a Heidegger parece que “estamos sostenidos dentro de la nada”. La muerte es lo único que carece de sentido. Queremos existir, ser en la vida y, decidimos estar aquí para recomponer (en lo que nos toque) el rumbo que hasta hoy lleva la humanidad.

SOBRE EL AUTOR:

El Doctor José Gaxiola López es miembro Fundador Titular de El Colegio de Sinaloa e Investigador del IPN | Julio 1 de 2020.

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