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La incómoda normalidad: desidias ciudadanas y negligencias gubernamentales

Una realidad es que los informes diarios sobre el comportamiento de la Covid-19 dan evidencia de una emergencia de salud pública todavía preocupante, con todo y que los manejos estadísticos han sido erráticos y abonan a la confusión.

En sincronía aunque sea en lo referente a justificar por qué el coronavirus continúa con altos índices de contagios y decesos en México y Sinaloa, los secretarios de Salud federal, Hugo López-Gatell, y el estatal, Efrén Encinas Torres, insisten en que los ciudadanos debemos aprender a vivir con la Covid-19, sin embargo, cada vez informan menos de cómo el gobierno está actuando para atenuar los estragos de dicha enfermedad.

Con la reiterada convocatoria a “cuidarnos unos a otros”, llamado que por cierto desatiende un sector importante de la población, el responsable de la estrategia local contra el SARS-CoV-2 insiste en que “todos queremos ya que esto termine, que esto salga, pero la pandemia continúa, esto es importante que sigamos teniendo en nuestras mentes que sigamos reforzando las acciones de prevención”.

Por su parte, el jefe del protocolo nacional anti coronavirus señala en la misma línea del discurso gubernamental “que nuestras prácticas diarias nos ayuden a que la enfermedad no afecte, a pesar de que la enfermedad estará presente por años, muchos, muchos años; la nueva normalidad implica retomar nuestras actividades públicas, económicas y sociales de manera cuidadosa”.

A ciencia cierta las instituciones federales y estatales desconocen la dimensión actual de la pandemia porque se sostienen en la decisión de no aplicar las pruebas suficientes para el mejor monitoreo y atención de los contagiados. Expertos en salud pública, como es el caso de José Ángel Córdova Villalobos, quien fuera secretario de Salud en el gobierno de Felipe Calderón, persisten en alertar que resulta suicida reanudar las actividades económicas y sociales en la situación actual sin hacer los test endémicos masivos que permitan encontrar casos positivos, seguir a sus contactos y evitar una mayor diseminación.

Una realidad es que los informes diarios sobre el comportamiento de la Covid-19 dan evidencia de una emergencia de salud pública todavía preocupante, con todo y que los manejos estadísticos han sido erráticos y abonan a la confusión. Otra autenticidad se ve en la aglomeración de personas que sin ningún cuidado se exponen a los contagios. ¿Ésta es la nueva normalidad? ¿Cada quién debe hacerse cargo de las consecuencias de sus desidias sin que las autoridades se hagan responsables de las propias?

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