Salud

Desabasto criminal | El soldado Mauricio

Niñas y niños vulnerables por la enfermedad y la falta de medicina para sus tratamientos. Vulnerables por partida doble.

Ellos no sabían nada de tragedias cuando la propia empezó a contaminarles la sangre. La sangre mala de los niños buenos puede ser tan terrible como el peor calvario. Los debilita, los tumba, arrasa, hiere, les cambia la vida y los hace llorar.

Y el calvario puede ser peor, si es que tal cosa es posible. En la actualidad esos niños están parados en un precipicio, casi empujados por un desabasto de medicamento en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS).

Niñas y niños enfrentados a una vida cuesta arriba, ante la agria prueba en una compleja etapa que a golpes buscan entender. Niñas y niños en la ruta de un descuido oficial que los pone en riesgo.

Vulnerables por la enfermedad y el desabasto. Vulnerables por partida doble.

Y sus madres y padres han organizado protestas por la falta de medicinas; escriben exigencias en cartulinas coloridas y las sostienen en alto con enojo y desespero.

Y hablan y cuentan lo que batallan con los sobreprecios de las medicinas que tienen que comprar porque el Seguro no surte.

Y hablan y cuentan el miedo que llevan consigo.

EL SOLDADO MAURICIO

Aquí está Mauricio. Desde abril de 2019 su calamidad se llama leucemia. ¿Qué tanto puede llegar a entender un niño de ocho años cuando le dicen que tiene la sangre infectada, que la sangre mala no es cosa de juego?

Y por si la enfermedad fuera poco, como si el golpe fuera cosa menor, el 15 de febrero pasado vio morir a Rodolfo, su padre.

A Mauricio la sangre mala empezó a cambiarle el tono de la piel. Lo veían amarillento, mermado. Se fatigaba con facilidad. Ese cansancio tan impropio para un chico de tan solo ocho años de edad.

Carmina, su madre, una mujer que trabaja en el campo plantando cebolla o en el corte de calabaza, empezó a notarle el cambio de color. Se preocupó. Entonces lo llevó al médico, allá en Guamúchil.

“De pronto se puso muy pálido, muy amarillo. Nunca me dijo ‘me siento mal’, ‘me duele esto’. Nunca”, recuerda Carmina.

Quedó internado por más de un mes en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Le hicieron estudios y lo descubrieron anémico. Pero la anemia era nada en comparación con lo que los médicos ya sospechaban.

Siguieron los análisis clínicos hasta que la suspicacia se confirmó: leucemia. Había que ver el mundo de otra manera. Había que vivir de otro modo, con otras prioridades.

Y había que pelear. Carmina y Rodolfo y él. Pero ahora Rodolfo ya no está ahí. Ahora son dos: su madre y él. Dos contra una especie de suerte que nadie quisiera desafiar.

Cada mes sale de su casa en la comunidad de La Esperanza, Angostura, con rumbo a Culiacán. Viene a sus quimioterapias en el Seguro Social. Su madre lo trae en ese viaje mensual que la leucemia les ha obligado a emprender hacia la capital. Una cosa de esas de vida o muerte.

La Esperanza se llama el pueblo de Carmina y Mauricio.

“Tenemos la esperanza de que todo saldrá bien. Que mi niño algún día se aliviará. El niño tiene toda fe que se va a aliviar. Dice que ya que se alivie podrá jugar como antes y dice que irá a la secundaria como su hermano; de grande quiere ser militar”, dice Carmina pensando en la próxima cita. 

Con los mil pesos de pensión que le quedó por la muerte de su padre se defienden de todo. Porque Carmina no trabaja; no es temporada de cebolla ni calabaza. Y hay que pagar los pasajes y la comida del viaje.

“Me da miedo que me encuentre con que no hay medicina. Eso es lo que se dice en las noticias, que no hay medicamento. Y me da miedo porque yo no tengo dinero para comprar. ¿Y si no tengo para comprar?”

Comentarios

Reflexiones

Ver todas

Especiales

Ver todas