Salud

Desabasto criminal | Jesús Alexander, caricias que duelen

Niñas y niños vulnerables por la enfermedad y la falta de medicina para sus tratamientos. Vulnerables por partida doble.

Ellos no sabían nada de tragedias cuando la propia empezó a contaminarles la sangre. La sangre mala de los niños buenos puede ser tan terrible como el peor calvario. Los debilita, los tumba, arrasa, hiere, les cambia la vida y los hace llorar.

Y el calvario puede ser peor, si es que tal cosa es posible. En la actualidad esos niños están parados en un precipicio, casi empujados por un desabasto de medicamento en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS).

Niñas y niños enfrentados a una vida cuesta arriba, ante la agria prueba en una compleja etapa que a golpes buscan entender. Niñas y niños en la ruta de un descuido oficial que los pone en riesgo.

Vulnerables por la enfermedad y el desabasto. Vulnerables por partida doble.

Y sus madres y padres han organizado protestas por la falta de medicinas; escriben exigencias en cartulinas coloridas y las sostienen en alto con enojo y desespero.

Y hablan y cuentan lo que batallan con los sobreprecios de las medicinas que tienen que comprar porque el Seguro no surte.

Y hablan y cuentan el miedo que llevan consigo.

JESÚS ALEXANDER: CARICIAS QUE DUELEN

Hubo un tiempo en que a Jesús Alexander una caricia de su madre le dolía hasta el alma. Nadie podía tocarlo. Un simple roce le provocaba el llanto. Todo le dolía. Y si se movía ahí estaba de nuevo el dolor, punzante, artero, intenso.

Carolina, su mamá, no daba crédito. No podía creerlo. Eran los inicios de 2019. Se apagaba viendo cómo todo era dolor en su hijo de 9 años de edad en ese entonces.

La leucemia linfoblástica aguda le provocaba dolores por todo el cuerpo. Una crueldad intrazable de la sangre mala de los niños buenos.

“Era muy sano. Jamás se nos había enfermado, solo lo común: tos y gripe. Pero nada más. Hasta que enfermó de la noche a la mañana. No se podía mover. Era un dolor inmenso. Su vida cambió drásticamente. Es algo muy delicado pero Dios nos tiene de la mano y hemos salido adelante”, dice Carolina Rivera, su madre.

A Jesús Alexander la enfermedad le brotó en un tobillo. Como a diario, al salir de la escuela, iba a jugar futbol, su madre pensó que se trataba de una lesión leve. Un golpe intrascendente. El dolor siguió unos días.

Carolina no dejó de preocuparse. Decidió llevarlo al médico. Le colocaron una férula y regresaron a casa, en Escuinapa.

El dolor desaparecía dos, tres días y retornaba. Y un día el dolor apareció en la rodilla. Luego fue en las muñecas. Igual de agudo, mordiente. Iba y volvía. Arreciaba.

La maestra de la Primaria le hablaba a Carolina: Jesús Alexander se ha puesto mal. Así estuvo durante medio año, con las intermitencias de un dolor desconocido, de una enfermedad agazapada.

Algo no andaba bien. La sangre mala daba avisos, se anunciaba en el cuerpo del niño. Lo hospitalizaron en el Seguro Social de Mazatlán. Estuvo un mes internado. Vinieron los diagnósticos médicos, los estudios clínicos.

Sin embargo, ningún médico le hablaba claro a Carolina. Ella le sobaba los pies a su hijo para desentumirlo. Lo veía quejarse todos los días en su cama de hospital. No lo notaba bien; sentía que empeoraba. Solo le decían que posiblemente se trataba de artritis. En realidad no le decían nada, no sabía nada de lo que pasaba con la salud de su hijo.

Y la sospecha de posible artritis fue descartada por una biopsia. El análisis especializado arrojó leucemia linfoblástica aguda. De inmediato lo programaron para tratamiento de quimioterapia.

“Es un niño muy alegre. Él a pesar de su enfermedad siempre ha estado con esa gracia que me encanta y siempre con esa alegría que contagia. Ellos no merecen pasar por esta etapa tan dura”, dice Carolina.

Y la etapa tan dura de la que habla Carolina se complica más con el desabasto de medicamento para las quimioterapias de los niños buenos.

“La falta de medicina en el Seguro viene de diciembre, enero. Realmente siento que nos dejan a un lado. Uno como madre se preocupa por el medicamento de su hijo. Por eso nos ponemos ahí con las cartulinas (manifestaciones). En mi caso es muy pesado comprar la medicina para las quimios”.

Carolina es trabajadora de la empresa Elektra en Escuinapa. Para cada sesión de Jesús Alexander pide permiso de faltar. Hasta la fecha no ha tenido problemas.

El problema es conseguir dinero para comprar las medicinas por el desabasto en el Seguro Social de Culiacán. Ha tenido que adquirirlas por fuera, pagar el doble. “Un medicamento de 700 pesos lo encuentras en 2 mil, 2 mil 500”.

Y ha sabido de gente que ha pagado hasta 7 mil pesos por unas pastillas. Y ha visto la solidaridad entre los padres de los niños buenos, que se regalan el medicamento, se lo pasan, comparten.

Señala que el personal del Seguro les comenta que no está en ellos si llega o no la medicina. Que no pueden hacer más. Solo cumplen con solicitarla. “Me da miedo que no haya porque las recaídas para estos niños son más peligrosas…”

Allá salen de Escuinapa, cada que está programada una quimioterapia, Jesús Alexander y su mamá. A las 5 de la mañana abordan el camión con rumbo a Culiacán. Pasaje: 350 pesos por adulto, 200 por niño. Todo sale de su bolsa. Porque el Seguro Social también ha suspendido los viáticos.

“Es muy complicado para nosotros. Ahora ni viáticos nos dan. Antes nos ayudaban. Ahora ni con eso nos están apoyando, con los boletos de camiones, con el traslado. Nos dicen que eso se suspendió hasta nuevo aviso”.

Y allá volverán, a Escuinapa, hasta las 7 de la tarde-noche. Quizás con la quimio aplicada. Y quizás no.

“Me dice que por qué a él… Que qué ha hecho para estar enfermo. A veces realmente no sé ni qué comentarle. Le pido a Dios que me dé fuerzas para que él no me vea débil, que no me estoy doblando”, dice Carolina atorada por las lágrimas.

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