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Cae en Sinaloa otro héroe de blanco… Y el gobierno como si nada

Aún en las crisis más severas, la obligación cardinal del Estado es salvar las vidas humanas, no se diga acorazar al ejército de blanco que tiene a su cargo lo más fundamental de esta labor.

Capítulo sombrío añadido a la historia de muerte que han escrito alrededor de 40 trabajadores de la salud en Sinaloa, el deceso del doctor José Ernesto Leyva Bacasegua posee características propias que describen las condiciones de desprotección y vulnerabilidad en todos los sentidos en que los ahora llamados “héroes de blanco” libran en los hospitales la guerra contra la enfermedad Covid-19, que persiste en consecuencias sociales y económicas, así como en desatinos políticos.

Esta otra página de dolor para el gremio de la medicina y los sinaloenses en general, comenzó el 13 de julio cuando el joven médico sintió los síntomas del coronavirus y solicitó atención médica en el Hospital General de Culiacán, en el cual laboraba atendiendo a infectados por SARS-CoV-2 y donde supuestamente se contagió, negándosele el servicio. Causó indignación en redes sociales y medios de comunicación que se le diera ese trato al que con toda la vocación posible se sostuvo hasta el final en la primera línea de combate a la pandemia.

Los médicos y enfermeras compañeros de Leyva Bacasegua lo ingresaron contrariando la orden del hospital y, de acuerdo a la versión de la familia, no le fue asignado a tiempo el apoyo especializado ni medicamentos hasta que por la presión ciudadana intervinieron las autoridades estatales de Salud. El miércoles el joven galeno, de 34 años de edad y que estudió la carrera con grandes limitaciones económicas, murió luego de tres meses de haber ingresado al nosocomio reclutado por el programa federal implementado debido a la emergencia sanitaria.

Con la aflictiva realidad que deriva de este caso se identifican el gremio de la salud y los sinaloenses en general que han sufrido la pérdida de vidas humanas en condiciones de impotencia, con las agravantes de no poder darles el último abrazo a los seres queridos, tampoco brindarles el adiós como debiera ser y con el virus amenazando al resto de las familias o sectores. Y por si eso fuera insuficiente dolor, la insensibilidad gubernamental que ve números donde hay víctimas y deudos que necesitan de la solidaridad del Estado.

Los programas y protocolos de atención a la actual emergencia sanitaria llevan 5 meses con la actitud gubernamental que maneja la situación desde un enfoque científico-político que además de enfermos, decesos y casos activos contiene la parte de la sensibilidad, emociones y acciones de la población que no quiere ni merece como respuesta oficial el indolente exhorto a aprender a convivir con la pandemia. Aún en las crisis más severas, la obligación cardinal del Estado es salvar las vidas humanas, no se diga acorazar al ejército de blanco que tiene a su cargo lo más fundamental de esta labor.

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